Kafka y la pregunta adolescente

28 Febrero 2016

Novela

La pregunta de mi madre

Luis Mey(Alfaguara - Buenos Aires) 

Cuando se habla de la obra de Franz Kafka los temas rondan la alienación, la modernidad y la burocracia. Sin embargo La Metamorfosis habla también del mundo adolescente. Un mundo donde el cuerpo se percibe como un bicho monstruoso. La historia empieza cuando Gregorio Samsa despierta convertido en un insecto. Sale de un sueño para enfrentar una realidad compleja encerrado en el cuerpo de un monstruo ¿Qué adolescente no se sintió así alguna vez? ¿Todas las veces?

Dentro de un mundo absolutamente realista, el extraño es él. Vive encerrado en su cuarto en una casa de familia de clase media promedio. Porque en el mundo lo extraño es el adolescente o el bicho que no sabe o no quiere o no puede moverse como un adulto. Es un lugar común hablar, al referirse a este texto, de la sensación de alienación. No solo se aísla en su cuarto sino que empieza a perder contacto emocional con sus vínculos más cercanos: su familia. La paradoja es que a pesar de esa alienación depende físicamente de ellos para subsistir. Si no lo alimentan, se muere. A esta altura podría estar hablando de Gregorio Samsa o de un adolescente cualquiera. En realidad este rodeo es solo para hablar de La Pregunta de mi madre, la novela de Luis Mey. Matías -el protagonista- transita conflictos parecidos: alienación, extrañeza, culpa. También le cuesta pararse sobre sus patas nuevas, sensibles, perceptivas. Hay algo cándido en su mirada, que le da vergüenza. Y el mundo se convierte en un retrato adolescente.

Tanto se mimetiza el relato con la adolescencia que la vida de Matías es transformación. Un espacio que se mueve en tren o en palabras entre la verdad y lo que se percibe como cierto. Tan extraño como una mentira que borra la realidad o viceversa. Igual que el entorno de Gregorio, el de Matías es realista. Una zona cualquiera de la periferia de Buenos Aires o de la madurez donde es él quien se percibe extraño. Piensa y siente para contar su transformación constante.

VERÓNICA BOIX
© LA GACETA

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