26 Mayo 2002 Seguir en 
Sin el trabajo realizado en conjunto con otros, ningún sujeto económico logra satisfacer la inmensa mayoría de sus necesidades y deseos. Es por eso que la cooperación y la coordinación de la actividad económica de los individuos aparece como una necesidad de primer orden para lograr el funcionamiento exitoso de una economía.
Ahora bien, la cooperación con otros y el trabajo en común no ocurren en las sociedades modernas de manera total y de forma espontánea, sino que responden a la existencia de precondiciones sociales que pueden englobarse en la fórmula del capital social. Es, precisamente, la existencia del capital social, nacido de la confianza mutua entre los sujetos económicos de una determinada sociedad, lo que permite que la gente trabaje en conjunto con el fin de conseguir resultados ventajosos para todos o en aras del bien común.
El capital social puede definirse, en consecuencia, como la capacidad para la cooperación y la coordinación del trabajo común que logran las comunidades caracterizadas por un alto nivel de confianza. Esta, a su vez, nace en el sujeto económico cuando este espera que la conducta futura de los otros responda de manera regular al cumplimiento y respeto de normas compartidas por todos los integrantes de la sociedad.
Una exigencia de la hora
Una expectativa de tal naturaleza (regularidad y previsibilidad en el cumplimiento de las normas compartidas) únicamente puede aparecer cuando cada uno confía en que los otros tendrán no sólo la capacidad, sino también la firme voluntad de contribuir de manera efectiva y regular al logro del bien común.
Esa clase de confianza es lo que la sociedad argentina está reclamando hoy a gritos ante una crisis tan profunda, en la que cada actor socioeconómico y político parece estar mirando sólo el estricto interés individual inmediato, despreocupándose olímpicamente de todo atisbo que se acerque a la noción de bien común o general.
Para empezar a recuperar un nivel mínimo de confianza y para empezar a reconstruir el capital social dilapidado es necesario empezar por decir la verdad.
La cooperación que la sociedad necesita no se juega sólo en la acción sino también en la palabra, sobre todo cuando forma parte del discurso de los dirigentes políticos y económicos. Unicamente sobre esta base seremos capaces de proponer nuevas reglas de juego y garantizar la estabilidad institucional que la reconstrucción de nuestra economía requiere como prerrequisito esencial para poder desarrollarse.
Ahora bien, la cooperación con otros y el trabajo en común no ocurren en las sociedades modernas de manera total y de forma espontánea, sino que responden a la existencia de precondiciones sociales que pueden englobarse en la fórmula del capital social. Es, precisamente, la existencia del capital social, nacido de la confianza mutua entre los sujetos económicos de una determinada sociedad, lo que permite que la gente trabaje en conjunto con el fin de conseguir resultados ventajosos para todos o en aras del bien común.
El capital social puede definirse, en consecuencia, como la capacidad para la cooperación y la coordinación del trabajo común que logran las comunidades caracterizadas por un alto nivel de confianza. Esta, a su vez, nace en el sujeto económico cuando este espera que la conducta futura de los otros responda de manera regular al cumplimiento y respeto de normas compartidas por todos los integrantes de la sociedad.
Una exigencia de la hora
Una expectativa de tal naturaleza (regularidad y previsibilidad en el cumplimiento de las normas compartidas) únicamente puede aparecer cuando cada uno confía en que los otros tendrán no sólo la capacidad, sino también la firme voluntad de contribuir de manera efectiva y regular al logro del bien común.
Esa clase de confianza es lo que la sociedad argentina está reclamando hoy a gritos ante una crisis tan profunda, en la que cada actor socioeconómico y político parece estar mirando sólo el estricto interés individual inmediato, despreocupándose olímpicamente de todo atisbo que se acerque a la noción de bien común o general.
Para empezar a recuperar un nivel mínimo de confianza y para empezar a reconstruir el capital social dilapidado es necesario empezar por decir la verdad.
La cooperación que la sociedad necesita no se juega sólo en la acción sino también en la palabra, sobre todo cuando forma parte del discurso de los dirigentes políticos y económicos. Unicamente sobre esta base seremos capaces de proponer nuevas reglas de juego y garantizar la estabilidad institucional que la reconstrucción de nuestra economía requiere como prerrequisito esencial para poder desarrollarse.







