Yerba Buena se está quedando sin sitios que reciban material reciclable

Sólo queda el ecopunto del hogar San Agustín, pero se convirtió en un basural. Voluntarios van a limpiar porque no quieren que cierre Bajos precios y costos altos, un combo que afecta a las empresas.

EN EL HOGAR SAN AGUSTÍN. El sábado, un grupo de voluntarios fue a limpiar el único ecopunto que queda en Yerba Buena, que está lleno de basura. EN EL HOGAR SAN AGUSTÍN. El sábado, un grupo de voluntarios fue a limpiar el único ecopunto que queda en Yerba Buena, que está lleno de basura.

Los pinos son los guardianes de la entrada del hogar San Agustín en El Corte. Todo es silencio cualquier día por la mañana en ese paraje verde con una vista privilegiada de la ciudad y las plantaciones de limón del piedemonte. Allí funciona el único ecopunto de Yerba Buena que sigue abierto. Es un sitio destinado a recibir el material reciclable (cartón, vidrio, plástico, aluminio y hierro), que después se vende para beneficio de la comunidad y la obra de los padres Rogacionistas. 


Este año se cerró el ecopunto que funcionaba en el predio de la Casa de la Cultura (Higueritas 1850) ¿La razón? Se había convertido en un basural. Los cartones y los plásticos se mezclaban con restos de comidas, pañales usados y todo lo que una familia descarta. “Era una apuesta arriesgada. Le habíamos pedido al municipio que reforzara la limpieza, porque cuando la gente ve que un basurero desborda, entonces, comienza a tirar cualquier cosa”, explicó Teresita Lomáscolo, una de las gestoras que se comprometió con el proyecto desde su espacio Bosque Modelo Tucumán, junto con Fundación Pro Yungas y el municipio de Yerba Buena.

Ver como el ecopunto se convertía en un basural obligó a los sacerdotes del hogar San Agustín a evaluar la posibilidad de cerrarlo. “Funciona hace más de cinco años y se lo abrió para colaborar con el medio ambiente y también para contar con un ingreso para la comunidad. Pero la gente entra en sus autos y tira cualquier cosa; hemos encontrado hasta animales muertos. En enero se gastó más de $2.000 para fumigar por las ratas que había”, explicó el padre Rogerio Antonio de Oliveira Lo poco que sacan con la venta del material reciclabe lo terminan gastando en limpieza, agregó.

El hogar no es el único espacio con perfil ecológico que tambalea. Hay otras iniciativas ciudadanas que se encuentran en peligro. Hace siete años que en el jardín de infantes Quiquines recibe las botellas de plástico que los niños traen. “Hace un mes y medio que no buscan el material que tenemos aquí. Quienes lo hacían y lo llevaban al Hogar San Agustín ya no pasan más y no podemos seguir acumulando tanto plástico”, explica la directora Paula D’Orta. Le duele enfrentarse a la posibilidad de pedirles a los papás que ya no manden plásticos. “El reciclado es importante en cualquier parte del mundo”, dice. Pero más triste es el mensaje contradictorio que los niños puedan llegar a interpretar.

Los vecinos de ocho barrios cerrados deYerba Buena -a la que le llaman “jardín”- también separaban sus residuos. Semanalmente, un servicio privado retiraba los desperdicios secos. Pero desde hace dos meses esto ya no sucede.

Efecto dominó

“La iniciativa de los ecopuntos surgió por una necesidad de hacer algo con el material reciclable”, explica Celeste Vales, subdirectora de Medio Ambiente de la Municipalidad. Pero no pasó mucho tiempo para que los dos puntos estratégicos se convirtieran en focos malolientes. “La idea era mejorar la calidad de vida y no generar un problema. Algunos no entendieron ese concepto”, remarca Vales.

Llama la atención lo que ocurre con los ecopuntos cuando se los compara con los canjes ecológicos que organizan el municipio y las ONG involucradas. En algunos casos llegaron a recibir hasta 1.800 kilos de plástico en una sola tarde.

Las (malas) acciones individuales (tirar todo tipo de residuos en los ecopuntos) se suman a la falta de políticas ambientales para fortalecer iniciativas de buena voluntad, coinciden los entrevistados. No se vieron hasta ahora grandes campañas para promover la separación domiciliaria y que sirvieran para que el vecino pudiera comprender la importancia de que el material reciclable no vaya al basural. Tampoco mejoró el servicio de recolección. Esto queda claro en las innumerables quejas de los vecinos.

Como si fuera poco, las empresas privadas tucumanas que recogían el material por los diferentes ecopuntos se enfrentaron con la realidad de que los precios que hoy se pagan por el plástico son muy bajos mientras que los costos operativos crecen cada vez más. Las empresas que compran el material están en Buenos Aires o en Rosario, y los fletes son caros. Esto los obligó a replantear el negocio y reducir costos. Esta es otra de las razones por las que se frenó la recolección diferencial.

Empezó como negocio y terminó siendo voluntariado

Daniel Castillo tiene como primer rubro la venta de baterías, pero desde 2001 comenzó con Castillo Reciclados: un galpón, una prensa, personas para separar los materiales y un camión para salir a recoger los desechos que se podían comercializar. Acordó con los municipios de capital y de Yerba Buena para comprar el material que se juntaba en algunas escuelas y en los ecopuntos. El primer eslabón -explica- de una cadena que necesitaba de políticas públicas para sostenerse.

“Yo pensé que el Gobierno iba a avanzar en un plan de selección de basura domiciliaria”, confiesa. No era una promesa, pero sí un paso lógico, según explica Castillo. “Llegué a recoger 30 toneladas de plástico al mes, pero Tucumán genera 600 toneladas de basura diaria de las cuales un 50% es material reciclable”, comenta.

Castillo hace las cuentas y dice que si se implementaran políticas estructurales de gestión de residuos secos se podría evitar que unas 250 toneladas diarias fueran a los basurales. “Lo mío era algo chico que terminó siendo un voluntariado porque daba pérdidas”, aseguró. “Hoy, el precio de la tonelada de PET (botellas) es la mitad de lo que valía en 2007, pero los costos subieron un 25% por año”, aclara. Esto pinchó el negocio; no recibía ningún subsidio estatal.

Además debía sumarle el “plus” que significaba clasificar y limpiar el material que llegaba contaminado con desechos comunes. “Del 100% de basura que recogía en los barrios cerrados, por ejemplo, un 30% era de restos de comida, pañales y otras cosas. Esto me obligaba a contratar un contenedor para separar esa basura”, detalla.

En el país, cuenta, al precio del plástico lo regulan dos grandes empresas: Reciclar SA y EcoPet. Según Castillo, ellas definen que hoy se pague por la tonelada de plástico cristal (botellas transparentes) $3.000 y por la la verde, $2.000. “Un camión puede llevar a Buenos Aires hasta 12.000 kilos y el flete cuesta alrededor de $16.000”. Pero hay que sumar que el material que mandan se lo compran al municipio y, además, debe correr con costos de personal, impuestos y retenciones. No lo vende en Tucumán porque no hay empresas que compren el plástico como materia prima.

“En un país en el que todos los días suben los precios –ironiza Castillo- lo único que baja es el plástico y esto sofoca el negocio”. Por eso, tuvo que tomar la decisión de cerrar una parte del servicio, que es la recolección. “Es difícil porque estás comprometido con personas que dependen de vos. Por eso digo que esto es un impasse hasta ver qué sucede con las nuevas gestiones”, aclara.

Selección domiciliaria, recolección diferencial (días para lo reciclable y otros para lo húmedo), la instalación de una planta de reciclaje con separación, compactación y trituración son medidas que hay que implementar de manera urgentes, según Castillo. “Con 250 toneladas diarias de material tenés trabajo para 250 personas”.

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