TERCERA ETAPA DE CAMBIOS. El solar de la independencia ha cambiado de raíz y la tradicional exhibición de objetos históricos prácticamente ha sido desterrada.
De mi primera y lejanísima visita a la Casa Histórica, con los compañeros del Jardín de Infantes, guardo un recuerdo muy borroso. Pero me parece que tenía ese olor de los edificios recién construidos. Es bastante probable. Corría 1946, la casa llevaba tres años de inaugurada, y acaso los albañiles seguían ultimando detalles.
Desde entonces la visité muchas veces. Aunque no fueron tantas como hubiera debido, tengo una nítida idea de la evolución de su interior. Hasta comienzo de los años 1970, se presentaba muy austera y bastante vacía y aburrida para el visitante. Fuera del Salón de la Jura (con su mesa, sus sillones y los retratos de los congresales), tenía unos pocos muebles y cuadros, y me parece que ninguna vitrina. No se mostraban objetos y un par de empleados constituían su planta de personal.
Las cosas empezaron a mejorar en mayo de 1972, cuando el profesor Orlando Lázaro (director de la Casa, como delegado de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos) fundó una “Comisión Asesora Honoraria”. Este grupo se propuso enriquecer el interior del inmueble. Con bastante éxito, si se piensa que -informaba LA GACETA- en un año logró 225 donaciones y realizó 68 adquisiciones directas.
Pero el nítido vuelco se inició en diciembre de 1983. Asumió su dirección Sara Peña de Bascary, quien venía de realizar una brillante gestión en el Museo Provincial “Nicolás Avellaneda”. Empezó acometiendo un inventario total del patrimonio -en reemplazo del precario e incompleto que había- y pocos años más tarde, al crearse la Dirección Nacional de Museos, logró que la Casa tuviera una planta permanente de personal idóneo.
Reorganizó todos los ámbitos, y la “casa ambientada” pasó a convertirse en un verdadero museo. Sacó de los depósitos todo lo que merecía mostrarse y lo puso a la vista, así como gestionó y obtuvo numerosas y muy importantes donaciones. Unos pocos ejemplos son más que suficientes: la soberbia colección de muebles, pinturas coloniales y platería del doctor Ernesto Padilla; la “Biblioteca tucumana” de Miguel Alfredo Nougués, con libros inhallables; el traje de Juan Bautista Alberdi niño; el bastón con que Justo José de Urquiza juró la Constitución en 1853.
El patrimonio de la Casa se desplegó a los ojos del público, exhibido en numerosas vitrinas, paredes y rincones, todo dispuesto con impecable buen gusto y con la iluminación adecuada.
Cada sala se dedicaba a una época, en un proceso de constante renovación. Se organizaban exposiciones transitorias con gran eco público, a la vez que la Casa cumplía una inédita tarea de investigación: editó libros y catálogos, organizó un archivo gráfico, más un prologado etcétera. Armó también, en 1994, la Comisión de Amigos.
Cuando la señora de Bascary dimitió para jubilarse, en 1999, dejó armado un museo con todas las de la ley, y la forma de exhibir su patrimonio recibía innumerables felicitaciones de expertos y del público visitante en general. Ese nivel nunca retrocedió desde entonces.
De pronto, este año, la Casa ha cambiado de raíz, entrando en una tercera etapa. Ocurre que la tradicional exhibición de objetos prácticamente se ha desterrado. Desaparecieron las vitrinas y pasó al depósito la mayoría de los muebles y de los retratos.
Los ha reemplazado una cartelería de grandes dimensiones. Sus letras blancas sobre fondo azul tapizan las paredes, exponiendo un guión que arranca en “los tiempos de la colonización española y la resistencia indígena” y llega hasta “la Independencia y el desafío de crear un Estado”. En intervalos de esta gráfica monumental, se intercala una mínima cantidad de objetos y unos pocos retratos y réplicas.
Como opinión personal (que supongo compartible más o menos por cualquiera), pienso que un museo debe mostrar primordialmente objetos: esos “objetos museales”, como los llaman los expertos. Es lo que el público quiere ver, cuando ingresa a estos locales. Creo que el visitante aspira a que se le muestren tales testimonios del pasado, debidamente seleccionados y organizados, con tarjetas cuyas leyendas los expliquen y los comenten. La función de los carteles gigantes no es reemplazarlos, sino complementarlos.
Me parece que el defecto de este nuevo diseño es que no se ha cuidado que el vínculo guarde esa proporción. Si la Casa tiene tantos objetos y tan valiosos, se los debiera exhibir, de una manera rotativa, a fin de que todos, en algún momento, puedan ser apreciados por el visitante o por el donante. De otro modo, el público deambula leyendo grandes carteles (que, últimamente, podrían haberse desplegado en las paredes del patio trasero) y le falta esa impresión insustituible que depara la vista directa de un elemento original de época.
En suma, opino que debieran armonizarse carteles y objetos, y no que aquellos vengan a reemplazar a estos. No parece imposible ejecutar un rediseño que corrija el defecto actual.
Solicitarlo ante la autoridad nacional de la que depende la Casa (incluso elevándole un proyecto), sería más productivo, acaso, que atizar polémicas.
En cuanto al Salón de la Jura, no me parece desacertado que se hayan replegado los retratos de los congresales: antes se alineaban a lo largo y ancho de toda la pared, y ahora se concentran en torno a la puerta de ingreso. Me parece que el humilde ámbito resulta más majestuoso, con los muros limpios desde la mitad.








