Si había alguien indiferente a lo que está ocurriendo con las tormentas, las crecidas de los ríos, los desbordes de los canales y la desgracia de la gente inundada, la realidad ahora lo ha convencido: la emergencia es tremenda y sacude de un modo u otro a todos. Ayer parecía un día de recuento de desgracias: de las 5.000 personas damnificadas se pasó a 10.000: de los cinco puentes destruidos se pasó a ocho (ayer a la mañana) y a nueve (ayer a la tarde); a las poblaciones inundadas y aisladas se sumaron ayer Monteagudo, Atahona y García Fernández, y las emergencias en Lules y los barrios cercanos al canal Sur y al camino de Sirga en el extremo sur de la capital. Las quejas de los afectados ya trasuntaban hartazgo: algunos entrevistados no querían colchones sino que despejen la calle, que saquen el barro y que limpien el basural. Pero nada estaba claro, y menos las acciones de los gobernantes: la temporada de tormentas sigue intensa y feroz y no parece tener intenciones de cesar. Es otra vez nuestro tema central de tapa y las otras noticias se subordinan a la emergencia meteorológica, convertida en un asunto crucial de la vida tucumana.








