Un “Chivo” que pudo ser “Bardo”

El músico tucumano Rolando Valladares fue inscripto originalmente con otros nombres

ACTA DE NACIMIENTO. El 11 de marzo de 1918 inscribían a Dante Guido Valladares. ACTA DE NACIMIENTO. El 11 de marzo de 1918 inscribían a Dante Guido Valladares.
22 Junio 2014
Tal vez le dirían “El bardo”. O quizás “El versilisco”. Y si se tratara de buscarle un equivalente zoológico, es posible que lo llamaran “El bagre” para ser consecuente con el sino acuático paterno, o mejor “coyuyo” o “grillo” porque su destino seguiría anudado al canto.

¿Qué fibra íntima le habrá latido a don Delfín ese 11 de marzo de 1918 cuando esperaba el turno en el registro civil, amansando el humo de una pipa, para anotar a su hijo? Con los vahos de alegría frescos o de un bienbec regado en los versos del vate florentino que soñó una Comedia, recordó el soneto: Fiel corazón y amor son igual cosa, tal como dice el sabio en su canción, y el uno sin el otro ser no osa, como alma racional sin la razón…

Damas con vestidos amplios y capelinas, hombres de sombrero y bastón, canillitas, mateos, uno que otro automóvil sobresaltan la mañana plomiza. El empleado ha tenido que salir un momento. “Ya vuelvo, voy ahicito nomás”, le dice.

Este “dulce estilo nuevo” se trepa con fervor a la azotea de su alma. Escribe en las volutas de tabaco: Nos precede en la vida la inconsciencia del llanto que en la cuna vertemos, sin saberlo por qué… El alma es la Divina conciliación del todo: Idea, sentimiento, tristeza o emoción; en lírico conjunto se aparta de este lodo o anima la plegaria de nuestro corazón… algunos de estos versos que verán la luz años después en su libro Vendimias del ensueño. Ernesto Méndez Saravia lo sorprende con un abrazo: “¡Salute por la vida y el changuito!” Jorge Manuel Terán se suma a la algarabía: “¡Qué honor ser testigos de tan magno acontecimiento!” “Me juego que el nuevo crédito de la Monteagudo va a ser escribano y escribidor como su tata”, acota Ernesto. El padre sonríe. Los ecos del Infierno y el Purgatorio le generan dudas, pero decide hacerle caso a su impulso.

La puerta de la oficina se abre y los invita a pasar. El mostacho los saluda y mira el papel: “En Tucumán, a 11 de Marzo de 1918, ante mí Jorge Montenegro, Encargado de la Sección Nacimientos del Registro Civil Sección Norte de esta Capital, compareció: Delfín Cristóbal Valladares, de 30 años, argentino, domiciliado en Monteagudo 82, hijo de Amadeo Valladares y de Delia Pacini y declaró: Que el día 10 del corriente a las 10 y 40 minutos de la noche, nació una criatura del sexo masculino… que recibió el nombre de Dante Guido, hijo legítimo del declarante y de su esposa Aurora Frías, de 28 años… hija de Luis Frías y de Paula Jiménez…”

¿Qué habrá sucedido en los días siguientes? ¿Arrepentimiento por exceso de admiración poética? ¿Nombres dantescos? ¿Enojo de doña Aurora? ¿Discusión conyugal? ¿Ella insistió con su deseo y en la negociación aceptó que el segundo nombre fuera el de su suegro? ¿Habrá sido que donde manda capitana no manda marinero? Lo cierto es que a una semana o un poco más del alumbramiento, lo ven a Delfín ingresar al Registro Civil. Intercambia unas palabras con Montenegro. Este habla con su jefe. Le alcanza un tomo. En la margen izquierda de la partida de nacimiento, Domingo F. Herrera, jefe interino del Archivo General de la Provincia, estampa su firma, bajo el texto de rectificación: “Corresponde al acta Nº 461… En el sentido de que el nombre del inscripto es: Rolando Amadeo, debiendo figurar en lo sucesivo como Rolando Amadeo…”

“Él tocaba la guitarra y era poeta. Yo lo escuchaba con unción. Tenía una cosa muy hermosa que subyugaba: era la forma en que decía sus versos y del mismo modo expresaba el canto. Tal vez esa expresión que doy a mis cosas es la herencia que me dejó, ese erizamiento infantil que fue creciendo conmigo”, me contaba de su tata en 1994. “El canto requiere una meditación, una maduración. Es como una aloja, que tiene que fermentar y recién, después de ciertos trámites, se produce la maduración. Y esa maduración creo que falta. Cada palabra debe adecuarse a cada sonido y si no hay una tremenda unión entre lo que se dice y lo que expresa el canto, la canción no se concreta”, agregaba.

¿Qué hubiese sido de su destino si Dante Guido se hubiera llamado? ¿Vate o músico? ¿O un machimbre de ambas cosas? ¿Acaso dos palabras podrían haber cambiado el sentido de la vida del “Chivo” Valladares, poeta de la vidala?

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Roberto Espinosa - Periodista de LA GACETA, escritor.

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