En Villa Chicligasta arreglan todo a puñaladas o a tiros

Varios factores convierten al pueblo tucumano en un lugar peligroso. Las rotas relaciones familiares aportan más dramatismo.

CONTRASTES. La aparente pasividad del pueblo se contrapone con la violencia de las reyertas.
CONTRASTES. La aparente pasividad del pueblo se contrapone con la violencia de las reyertas.
23 Noviembre 2003
CONCEPCION.- El consumo excesivo de alcohol, viejos rencores, los litigios por propiedades, el cuatrerismo y la inseguridad se revelan en la antigua Villa de Chicligasta como los condimentos básicos que transforman al pueblo en una de las comunidades más violentas del sudeste tucumano.
Cualquier cuestión se define a puñaladas o a tiros. En lo que va del año se registraron cuatro homicidios, todos perpetrados durante beberajes en los que el alcohol estimuló el salvajismo. En dos de estas muertes están involucrados parientes directos de las víctimas. En 2002 hubo otros hechos de sangre en los que murieron otras tres personas.
El último asesinato de este año se registró el domingo pasado en el paraje Ampata. Néstor Rivadeneira recibió tres impactos de bala durante una reunión familiar. Por el caso están detenidos su hermano Miguel y otro vecino. Una discusión por tierras habría sido el detonante de la violencia.
La serie de crímenes de este año se inició en febrero con la muerte de Julio Rodríguez, de 35 años, a manos de un grupo de lugareños alcoholizados durante una fiesta. El hombre recibió varias puñaladas.
El hermano de este, Baldomero, también recibió "puntazos", pero se salvó de milagro. Otro hermano, llamado Pedro, logró escapar de la trifulca.
En mayo apareció muerto a puñaladas en un camino del lugar el joven Luis Luna. Al parecer fue asesinado durante una fiesta y luego abandonado en donde se lo encontró.

"Tierra de nadie"
En agosto la desgracia recayó en Néstor González, un joven de Rodeo Grande que fue asesinado a tiros por su propio primo. También el alcohol y viejas rencillas alentaron este trágico desenlace.
"El pueblo parece tierra de nadie. En la comisaría hay siempre un solo efectivo de guardia que carece de movilidad. No puede hacer nada frente a las trifulcas frecuentes. Aquí todos los lunes, día de feria, hay gente que llega de distintas zonas y bebe hasta el otro día. Después aparecen las novedades", comentó Pedro Rodríguez, hermano de Julio, el hombre asesinado en febrero.
"Recuerdo que salí corriendo de la pelea. Los atacantes me perseguían muy de cerca con cuchillos en las manos. A duras penas llegué a la comisaría y salió a atenderme un guardia vestido de short. Le conté lo que había pasado en la fiesta, pero no quiso intervenir por miedo a ser agredido. Estaba solo y los otros eran una pandilla como de cuatro borrachos", añadió.
Agregó que los asesinos siguieron bebiendo hasta el otro día. Recién fueron aprehendidos un mes después. Baldomero, el otro herido en la pelea, alcanzó a llegar hasta la casa de la enfermera Aída Romano, quien le brindó los primeros auxilios y luego gestionó su traslado hasta un hospital de la capital. Luego de ser dado de alta se fue a vivir a Buenos Aires, por temor a ser atacado nuevamente. (C)

Nadie logra tranquilizar a los agresivos
La Virgen de la Candelaria, patrona del lugar, nunca logró aquietar los ánimos de los vecinos de esta villa. La violencia tiene historias viejas. Como la de Bernardo Salina, quien fue asesinado hace 19 años durante una reunión de lugareños. El homicida fue precisamente uno de los hermanos de Néstor Rivadeneira, la última víctima de Ampata.
"Tras esa desgracia quedé desamparada con mis tres hijos pequeños. Tuve que hacer frente a la situación y salir a trabajar. A mi esposo lo mataron sin que tuviera nada que ver en una pelea. El alcohol y el instinto criminal se encargaron de hacer todo. Al asesino jamás le guardé rencor. La justicia la dejé en manos de Dios", relató doña María Yolanda Lazarte, esposa de la víctima.
"A mis hijos nunca les confesé cómo había muerto su padre, para evitar crearles rencor o sed de venganza. Es probable que ahora que son grandes alguien les haya revelado el episodio y el nombre del asesino. Por eso yo siempre les hablo de lo malo e inútil que es odiar o pretender hacer justicia uno mismo", apuntó la mujer.

Faltan policías
En la Villa de Chicligasta la gente perdió la cuenta de la cantidad de crímenes que se cometieron desde hace 20 años hasta ahora.
"Si aquí hubiera más policías y seguridad, muchos homicidios se habrían evitado. La mayoría actuó envalentonada por el alcohol. Después, cuando están tras las rejas y se les pasa, toman conciencia de lo que hicieron. Algunos, entonces, llegan a llorar como criaturas. Sanos, son incapaces de matar una mosca", opinó finalmente Aldo Leiva, cuñado del difunto Julio Rodríguez. (C)

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