Están los que le hacen “cuernitos” a agosto, “el mes de las enfermedades, de las pestes” como dicen las vecinas. Otros le ponen tinta roja a diciembre “porque empieza a apretar el calor y después viene la locura de las Fiestas”. Digo yo, si de meses complicados hablamos, ¿por qué no mirar también con más que paciencia a enero?
Diga si no. Los excesos del 24 y del 31 de diciembre (y sus consecuencias del 25 del mismo mes y el 1° de enero) ya quedaron atrás, pero dejaron sus huellas. ¿Las más visibles? Lo de siempre: nervios en la cornisa; combates misilísticos en el sistema digestivo por tanto festejo y festín; bolsillos flacos por compras con pastillas de freno gastadas (incluyendo las de Reyes, claro).
Y si no bastara lo pisado pisado, hay que ver de frente esa hojita de almanaque que marca 31 días de (casi) seguro infierno tucumano bajo un sol que no inspira poetas y sí abre ríos y arroyos salados en la piel. No hay sombra ni acondicionar de aire que alcance. Ni bebidas, ni ventiladores, ni pantallas.
Y si no es el calor, el nene malo viene por el lado de las tormentas y los vientos que dejan calamidades a su paso y que, entre otras cuestiones, nos arrojan sin armaduras al combate contra sopores y mosquitos, cuando...se corta el suministro eléctrico.
Surgen luego cuestiones emocionales básicas. ¿Qué hacer con los chicos metidos en horarios AM/PM en casa? (ampliación, ¿y con invasión de tiempo completo de primos o amigos adueñándose de televisores, dvd’s, heladeras?) Y para quienes nos quedamos a trabajar: ¿cómo manejar la nave de la tarea diaria cubriendo lo mejor posible a los compañeros que SÍ están de vacaciones?
Como toda ley de la vida, hay remedio a tantos “males”. Para un enero tucumano largo y jadeante se anotan: piletas reparadoras; una escapada a Tafí, o a Raco; encontrarse con sitios públicos para compras y gestiones con menos concurrencia de lo habitual; transitar calles un poco menos desquiciadas; disfrutar que, este mes, no hay cuotas de los colegios; sentir que hay mejores chances de una cervecita bien fría con amigos (al menos con los que se quedaron).
Por si el efecto enero (más la mochila que se trae puesta de todo un año anterior) te tiene “ahí” del estrés, pensá que siempre hay una salida. Hay quienes simplemente le llaman febrero.
P/D: si sos de los que hiciste de enero tu vía de escape, volvé a leer el texto y adaptalo a tu caso, con una amplia sonrisa vacacional.
Diga si no. Los excesos del 24 y del 31 de diciembre (y sus consecuencias del 25 del mismo mes y el 1° de enero) ya quedaron atrás, pero dejaron sus huellas. ¿Las más visibles? Lo de siempre: nervios en la cornisa; combates misilísticos en el sistema digestivo por tanto festejo y festín; bolsillos flacos por compras con pastillas de freno gastadas (incluyendo las de Reyes, claro).
Y si no bastara lo pisado pisado, hay que ver de frente esa hojita de almanaque que marca 31 días de (casi) seguro infierno tucumano bajo un sol que no inspira poetas y sí abre ríos y arroyos salados en la piel. No hay sombra ni acondicionar de aire que alcance. Ni bebidas, ni ventiladores, ni pantallas.
Y si no es el calor, el nene malo viene por el lado de las tormentas y los vientos que dejan calamidades a su paso y que, entre otras cuestiones, nos arrojan sin armaduras al combate contra sopores y mosquitos, cuando...se corta el suministro eléctrico.
Surgen luego cuestiones emocionales básicas. ¿Qué hacer con los chicos metidos en horarios AM/PM en casa? (ampliación, ¿y con invasión de tiempo completo de primos o amigos adueñándose de televisores, dvd’s, heladeras?) Y para quienes nos quedamos a trabajar: ¿cómo manejar la nave de la tarea diaria cubriendo lo mejor posible a los compañeros que SÍ están de vacaciones?
Como toda ley de la vida, hay remedio a tantos “males”. Para un enero tucumano largo y jadeante se anotan: piletas reparadoras; una escapada a Tafí, o a Raco; encontrarse con sitios públicos para compras y gestiones con menos concurrencia de lo habitual; transitar calles un poco menos desquiciadas; disfrutar que, este mes, no hay cuotas de los colegios; sentir que hay mejores chances de una cervecita bien fría con amigos (al menos con los que se quedaron).
Por si el efecto enero (más la mochila que se trae puesta de todo un año anterior) te tiene “ahí” del estrés, pensá que siempre hay una salida. Hay quienes simplemente le llaman febrero.
P/D: si sos de los que hiciste de enero tu vía de escape, volvé a leer el texto y adaptalo a tu caso, con una amplia sonrisa vacacional.
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