19 Diciembre 2013 Seguir en 
El mundo se paralizó para Alejandra cuando el teléfono sonó y le dijeron que su hija había sido secuestrada. Durante tres horas, la mujer no pudo despegarse de su celular. La permanente amenaza de que no volvería a ver a la adolescente de 15 años la obligaba a no cortar la llamada y a conseguir $ 5.000 en efectivo.
Alejandra salió con su hija el viernes a la mañana. La mujer se dirigía al hotel donde trabaja como encargada y su hija iba al colegio a buscar los programas de las materias que debía rendir. Unos 15 minutos después sonó el teléfono del hotel. Un hombre con tonada cordobesa preguntó por “la encargada” y escuchó cuando el telefonista gritó: “¡Cuqui, teléfono!”. A partir de entonces, se dirigió a ella por su apodo como un recurso para otorgarle credibilidad a su discurso.
“Primero me dijeron que eran de la Policía y querían avisarme que mi hija había tenido un accidente”, relató Alejandra y agregó que le pidieron el número de su celular. “Me llamaron a mi teléfono y me dijeron que en realidad la tenían secuestrada”, contó la mujer. Para probar la veracidad de lo que decía, el hombre le permitió escuchar a su hija. “Hola, má”, fue lo único que Alejandra pudo oír, después no se entendía nada.
“Pregunté por qué no la escuchaba bien -recordó la mujer- y me contestaron que tenía un ataque de nervios”. A partir de entonces comenzó una odisea que parecía no tener fin. El supuesto secuestrador le pidió que se calmara y que realizara una carga virtual por el monto de $ 350 a un número de teléfono de Córdoba con línea de Movistar. “No me cortes porque no la ves más”, le advertían todo el tiempo.
El rescate
Alejandra estaba con Ariel, un compañero de trabajo que la acompañó permanentemente. El cordobés que hablaba por teléfono le pidió el número de Ariel para controlar que el hombre mantuviera apagado su celular. “Nunca corté durante tres horas, no tenía cómo probar si era verdad y tampoco me imaginé que fuera mentira”, explicó Alejandra.
Tal como le indicaban por teléfono, la mujer consiguió los $ 5.000 y se dirigió a la sucursal del Correo Argentino de 25 de Mayo y Córdoba. El presunto secuestrador le prohibió cortar la llamada y le pidió escuchar cada movimiento que realizaba frente a los empleados de “Western Union”. Alejandra contó que, después de hacer una cola de una hora, depositó el dinero a nombre de Anabel Fernanda Ávalos, de la provincia de Córdoba.
Cuando concluyó el trámite, la voz que le hablaba por celular le prometió que la adolescente secuestrada estaría frente al correo. Alejandra salió con el corazón en la boca, enloquecida por ver a su hija. Pero no la encontró en toda la cuadra. Cada vez más nerviosa y envuelta en llanto, la mujer le pedía al secuestrador que por favor le devolviera a su hija.
Las instrucciones de hacia dónde debía dirigirse para encontrarla cambiaban constantemente. Alejandra y Ariel caminaron por toda la ciudad sin poder encontrarla. “Les pedí que me pasaran con ella para saber que estaba bien y escuché una voz que decía ‘gracias mamita por liberarme’, ahí me di cuenta de que no era mi hija, los comencé a insultar y me cortaron”, relató.
Entonces la mujer llamó al celular de su hija. La adolescente la atendió con normalidad y le dijo que estaba a media cuadra del hotel, a punto de bajarse del colectivo que la traía del colegio.
Una grabación
Después de abrazar a la adolescente, que no entendía qué estaba ocurriendo, la mujer denunció el hecho en la seccional 2ª. “Me tomaron declaración y me dijeron que no podían hacer nada”, aseguró Alejandra. Luego regresó al correo, les explicó a los empleados lo que acababa de suceder y le respondieron que el dinero ya había sido cobrado en Córdoba.
La mujer estimó que alguien pudo haber conseguido una grabación de su hija, que luego utilizó para extorsionarla. “La obligué a que cierre su cuenta de Facebook para que no se filtren más datos”, señaló, todavía asustada.
Alejandra salió con su hija el viernes a la mañana. La mujer se dirigía al hotel donde trabaja como encargada y su hija iba al colegio a buscar los programas de las materias que debía rendir. Unos 15 minutos después sonó el teléfono del hotel. Un hombre con tonada cordobesa preguntó por “la encargada” y escuchó cuando el telefonista gritó: “¡Cuqui, teléfono!”. A partir de entonces, se dirigió a ella por su apodo como un recurso para otorgarle credibilidad a su discurso.
“Primero me dijeron que eran de la Policía y querían avisarme que mi hija había tenido un accidente”, relató Alejandra y agregó que le pidieron el número de su celular. “Me llamaron a mi teléfono y me dijeron que en realidad la tenían secuestrada”, contó la mujer. Para probar la veracidad de lo que decía, el hombre le permitió escuchar a su hija. “Hola, má”, fue lo único que Alejandra pudo oír, después no se entendía nada.
“Pregunté por qué no la escuchaba bien -recordó la mujer- y me contestaron que tenía un ataque de nervios”. A partir de entonces comenzó una odisea que parecía no tener fin. El supuesto secuestrador le pidió que se calmara y que realizara una carga virtual por el monto de $ 350 a un número de teléfono de Córdoba con línea de Movistar. “No me cortes porque no la ves más”, le advertían todo el tiempo.
El rescate
Alejandra estaba con Ariel, un compañero de trabajo que la acompañó permanentemente. El cordobés que hablaba por teléfono le pidió el número de Ariel para controlar que el hombre mantuviera apagado su celular. “Nunca corté durante tres horas, no tenía cómo probar si era verdad y tampoco me imaginé que fuera mentira”, explicó Alejandra.
Tal como le indicaban por teléfono, la mujer consiguió los $ 5.000 y se dirigió a la sucursal del Correo Argentino de 25 de Mayo y Córdoba. El presunto secuestrador le prohibió cortar la llamada y le pidió escuchar cada movimiento que realizaba frente a los empleados de “Western Union”. Alejandra contó que, después de hacer una cola de una hora, depositó el dinero a nombre de Anabel Fernanda Ávalos, de la provincia de Córdoba.
Cuando concluyó el trámite, la voz que le hablaba por celular le prometió que la adolescente secuestrada estaría frente al correo. Alejandra salió con el corazón en la boca, enloquecida por ver a su hija. Pero no la encontró en toda la cuadra. Cada vez más nerviosa y envuelta en llanto, la mujer le pedía al secuestrador que por favor le devolviera a su hija.
Las instrucciones de hacia dónde debía dirigirse para encontrarla cambiaban constantemente. Alejandra y Ariel caminaron por toda la ciudad sin poder encontrarla. “Les pedí que me pasaran con ella para saber que estaba bien y escuché una voz que decía ‘gracias mamita por liberarme’, ahí me di cuenta de que no era mi hija, los comencé a insultar y me cortaron”, relató.
Entonces la mujer llamó al celular de su hija. La adolescente la atendió con normalidad y le dijo que estaba a media cuadra del hotel, a punto de bajarse del colectivo que la traía del colegio.
Una grabación
Después de abrazar a la adolescente, que no entendía qué estaba ocurriendo, la mujer denunció el hecho en la seccional 2ª. “Me tomaron declaración y me dijeron que no podían hacer nada”, aseguró Alejandra. Luego regresó al correo, les explicó a los empleados lo que acababa de suceder y le respondieron que el dinero ya había sido cobrado en Córdoba.
La mujer estimó que alguien pudo haber conseguido una grabación de su hija, que luego utilizó para extorsionarla. “La obligué a que cierre su cuenta de Facebook para que no se filtren más datos”, señaló, todavía asustada.
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