Siempre los hay, aunque pocas veces dan la cara, por aquello de echarles la culpa a los otros, o de ser “todos culpables de lo que nos pasa”, con lo cual no hay uno, dos o 20 responsables; somos todos, por lo tanto inimputables (¿a quién vamos a juzgar si somos todos?), una antigua fórmula sobre la cual se ha cimentado una gran parte de la historia argentina. Los hechos reflejan la realidad, cada cual les da la interpretación, según dónde esté parado. Las acciones no mienten, son la resultante de una acción, toda causa provoca un efecto, es un principio tan lógico y elemental que hasta la naturaleza nos “lo” recuerda cuando reacciona ante la agresión del hombre.
Nos hemos convertido en especialistas en meter la basura bajo la alfombra cuando las papas queman, a mirar para otro lado, a patear la pelota para adelante –expresión típicamente argentina-, en definirnos por lo opuesto, por lo que no somos y desearíamos (¿deseamos?) ser: afirmar históricamente que somos un país federal, cuando siempre hemos sido unitarios. Depositamos en salvadores de la patria la construcción de una nación, develando una escasa conciencia de compromiso social, es mejor que otro intente trabajar por nuestro bienestar, si fracasa -o lo hacemos fracasar con la indiferencia o la nula participación-, ya tenemos a quién criticar o culpar: el que hace pierde.
Estamos hechos de palabras, esperamos que los problemas los resuelvan otros y estos se creen tanto su papel, que la omnipotencia o la soberbia terminan provocando su caída, pero también la de todos. Si ocupamos en educación el puesto 59 de 65, significa que algo no se hizo ni se viene haciendo bien. Si en 30 años de democracia, los saqueos han reaparecido con virulencia, atentando contra comprovincianos, en una pelea de unos contra otros, que parte de la ciudadanía se arme para defenderse de otros que son delincuentes, que una policía especule con la violencia social y la abone, que un gobierno que se haya mostrado ausente en este brote de canibalismo, demore 24 horas en decir algo y que no haya habido ningún consuelo a los damnificados, a esos comerciantes que han perdido todo -incluso el inodoro-, que tienen a su cargo empleados con familias, como si la única preocupación hubiese sido arreglar con la Policía; con un arzobispo a quien un periodista televisivo tuvo que pedirle en el aire que fuera a interceder en el conflicto con los agentes para actuar en consecuencia (un día después), significa que algo muy grave nos pasa como dirigencia, como sociedad.
Cabe preguntarnos qué hicimos mal en tres décadas para que en el día de los 30 años de la histórica recuperación de la democracia y de los derechos humanos, la realidad nos abofetee con esta violencia, desigualdad, delincuencia, los saqueos, el odio entre hermanos, racismo, venganza, la furia irracional de los que pisan a otros, valiéndose de la masa. Luego de un traspié, de una desgracia, siempre se habla de hacer una autocrítica que nunca llega, porque no tenemos conciencia ética. Si alguien nos dice ladrón, la respuesta es: “pero mi vecino también roba”. Cuántas veces hemos escuchado aquello de “¡roba pero hace!” Nos preguntemos qué hacemos con esta realidad, qué estamos dispuestos a hacer para modificarla. Para ello hay que sacarles el disfraz a las causas, sino no queremos el efecto Sísifo. Querer ver los errores, aceptarlos, analizarlos, hacerse cargo de la responsabilidad, decir públicamente: “perdón, me equivoqué”, puede ser un punto de partida.
Nadie quiere hacerse cargo cuando se arrebata el asado. Para que una autocrítica sea posible, sirva y nos permita intentar cambiar el rumbo que la realidad nos está señalando como equivocado y despiadado, hace falta humildad, sinceridad. Seguramente, esta democracia no se siente orgullosa de nosotros. Dejemos de mentirnos, nos miremos en el espejo como somos.
Hace más de un siglo venimos buscando el ser nacional y aún no lo podemos encontrar.
Nos hemos convertido en especialistas en meter la basura bajo la alfombra cuando las papas queman, a mirar para otro lado, a patear la pelota para adelante –expresión típicamente argentina-, en definirnos por lo opuesto, por lo que no somos y desearíamos (¿deseamos?) ser: afirmar históricamente que somos un país federal, cuando siempre hemos sido unitarios. Depositamos en salvadores de la patria la construcción de una nación, develando una escasa conciencia de compromiso social, es mejor que otro intente trabajar por nuestro bienestar, si fracasa -o lo hacemos fracasar con la indiferencia o la nula participación-, ya tenemos a quién criticar o culpar: el que hace pierde.
Estamos hechos de palabras, esperamos que los problemas los resuelvan otros y estos se creen tanto su papel, que la omnipotencia o la soberbia terminan provocando su caída, pero también la de todos. Si ocupamos en educación el puesto 59 de 65, significa que algo no se hizo ni se viene haciendo bien. Si en 30 años de democracia, los saqueos han reaparecido con virulencia, atentando contra comprovincianos, en una pelea de unos contra otros, que parte de la ciudadanía se arme para defenderse de otros que son delincuentes, que una policía especule con la violencia social y la abone, que un gobierno que se haya mostrado ausente en este brote de canibalismo, demore 24 horas en decir algo y que no haya habido ningún consuelo a los damnificados, a esos comerciantes que han perdido todo -incluso el inodoro-, que tienen a su cargo empleados con familias, como si la única preocupación hubiese sido arreglar con la Policía; con un arzobispo a quien un periodista televisivo tuvo que pedirle en el aire que fuera a interceder en el conflicto con los agentes para actuar en consecuencia (un día después), significa que algo muy grave nos pasa como dirigencia, como sociedad.
Cabe preguntarnos qué hicimos mal en tres décadas para que en el día de los 30 años de la histórica recuperación de la democracia y de los derechos humanos, la realidad nos abofetee con esta violencia, desigualdad, delincuencia, los saqueos, el odio entre hermanos, racismo, venganza, la furia irracional de los que pisan a otros, valiéndose de la masa. Luego de un traspié, de una desgracia, siempre se habla de hacer una autocrítica que nunca llega, porque no tenemos conciencia ética. Si alguien nos dice ladrón, la respuesta es: “pero mi vecino también roba”. Cuántas veces hemos escuchado aquello de “¡roba pero hace!” Nos preguntemos qué hacemos con esta realidad, qué estamos dispuestos a hacer para modificarla. Para ello hay que sacarles el disfraz a las causas, sino no queremos el efecto Sísifo. Querer ver los errores, aceptarlos, analizarlos, hacerse cargo de la responsabilidad, decir públicamente: “perdón, me equivoqué”, puede ser un punto de partida.
Nadie quiere hacerse cargo cuando se arrebata el asado. Para que una autocrítica sea posible, sirva y nos permita intentar cambiar el rumbo que la realidad nos está señalando como equivocado y despiadado, hace falta humildad, sinceridad. Seguramente, esta democracia no se siente orgullosa de nosotros. Dejemos de mentirnos, nos miremos en el espejo como somos.
Hace más de un siglo venimos buscando el ser nacional y aún no lo podemos encontrar.
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