Soledad Nucci
Por Soledad Nucci 20 Noviembre 2013
Hay veces en las que me cuesta vivir. Son unas pocas. Tal vez ocurre en una o en dos ocasiones al año. Hace unos días me pasó otra vez. Y fue como si durante una semana lloviera sobre mí. Lo bueno de esas lluvias es que, cuando paran, te dejan limpia. Fuerte. Te despejan el horizonte.

Este último temporal me enseñó a vivir con una enfermedad, una de esas en las que el cuerpo se vuelve una cárcel. Y el alma se despega de éste y nos demuestra su existencia.

Entonces he pensando en aquellas personas que viven así por mucho más que siete días. Durante una vida, tal vez. Cuán difícil debe ser la aceptación paciente. Y cuánto ha de fortalecer su espíritu esa condición.

Nadie está preparado para el sufrimiento diario, la fragilidad física, la vida contemplativa, la distancia con los otros. Nadie.

La tormenta también me enseñó que no importa la plata que tenemos, no se puede comprar vida.

Que los momentos felices son gratuitos.

Que hay rumbos que no valen la pena.

Que todo mal lleva el bien atado a la cola.

Y que debemos vivir como si tuviéramos fe, para que la fe nos sea dada.

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