Es un instante devastador. Tu mirada se clava en esos malditos números y no se despega de ahí. La mandíbula se tensa y tus dientes mastican bronca. Sentís un calor que te sube desde los pies hasta la punta de las orejas, evaporando todos tus pensamientos. Suspirás fuerte. Tus pasos pierden ritmo; avanzás como podés. Como en una película de terror: la escena es desagradable pero no podés dejar de verla. Perdés contacto visual, tragás saliva y seguís, pero la amargura ya no se va de tu boca.
Quizá también te pasó y lo sentiste así. Luego de tanto ahorrar, te decidiste y compraste ese abrigo, calzado o electrodoméstico que tanto deseabas, a pesar de su elevado precio. Una sensación de felicidad te invade desde ese momento. Al fin podés disfrutar de lo que tanto querías. Pero ese bienestar materializado se esfuma, sin dejar rastros, días después, cuando descubrís que lo que te tenía marvillado ahora está en liquidación y vale entre un 20 y un 40% menos de lo que pagaste. Así, en un instante, el brillo que te tenía encandilado se oscurece al ver tachada la suma que salió de tu bolsillo con tanto esfuerzo.
Si sólo algún vendedor verborrágico se hubiera solidarizado con vos y te hubiese recomendado que esperés unos días, quizá ahora estarías celebrando la rebaja con una luminosa sonrisa de pasta dental blanqueadora. Pero no, nadie te avisó de la liquidación. La dulce transacción ya no tiene el mismo sabor. Los billetes que se fueron ya no volverán. Estás liquidado.
Quizá también te pasó y lo sentiste así. Luego de tanto ahorrar, te decidiste y compraste ese abrigo, calzado o electrodoméstico que tanto deseabas, a pesar de su elevado precio. Una sensación de felicidad te invade desde ese momento. Al fin podés disfrutar de lo que tanto querías. Pero ese bienestar materializado se esfuma, sin dejar rastros, días después, cuando descubrís que lo que te tenía marvillado ahora está en liquidación y vale entre un 20 y un 40% menos de lo que pagaste. Así, en un instante, el brillo que te tenía encandilado se oscurece al ver tachada la suma que salió de tu bolsillo con tanto esfuerzo.
Si sólo algún vendedor verborrágico se hubiera solidarizado con vos y te hubiese recomendado que esperés unos días, quizá ahora estarías celebrando la rebaja con una luminosa sonrisa de pasta dental blanqueadora. Pero no, nadie te avisó de la liquidación. La dulce transacción ya no tiene el mismo sabor. Los billetes que se fueron ya no volverán. Estás liquidado.
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