Antes de continuar leyendo estas lineas, recordá por un instante esa vez en la que donaste una bolsa con ropa que dejaste de usar a esa persona que golpeó la puerta de tu casa y te la pidió. O rememorá a ese chico al cual le diste una moneada en un semáforo, después de que te negaste a que limpiara el parabrisas del auto. O a esa viejita a la que ayudaste a bajar del colectivo. O a ese no vidente al que guiaste por la senda peatonal para cruzar hasta la otra acera.
¿Ya lo hiciste? Bien.
Pensá ahora qué fue lo que sentiste en ese momento. Puedo inferir, casi con precisión, que afloró en tu ser una sensación de plenitud. Podría decirte, también, que un imperceptible nudo en la garganta hizo humedecer tus ojos, aunque sea por un instante. Estoy casi seguro de que te emocionaste.
¿Es así? Bien. Sigamos.
Cuando experimentaste esa sensación, ¿te invadió la dicha por el hecho de que realizaste un acto de caridad o porque con tu acción ayudaste a esa persona que lo necesitaba?
Aunque parezca un juego de palabras no es lo mismo. Porque si bien las dos acciones responden materialmente a un acto de entrega, la pureza de esa obra es indirectamente proporcional al grado de satisfacción personal que cada uno pudiera llegar a experimentar.
Si cuando ayudamos a alguien, nos hace sentir mejores personas y con ello pensamos que pagamos una cuota de nuestra eterna estadía en el más allá, el egoísmo contamina esa acción.
La infecta.
La emponzoña.
Ahora, si sentimos plenitud porque el beneficiario que recibió la ayuda estará, aunque sea un poquito mejor que antes, es un acto puro de bondad hacia el otro.
Hay una verdad de perogrullo: la caridad y el egoísmo nunca podrán ir de la mano. ¿Ustedes creen lo mismo?
¿Ya lo hiciste? Bien.
Pensá ahora qué fue lo que sentiste en ese momento. Puedo inferir, casi con precisión, que afloró en tu ser una sensación de plenitud. Podría decirte, también, que un imperceptible nudo en la garganta hizo humedecer tus ojos, aunque sea por un instante. Estoy casi seguro de que te emocionaste.
¿Es así? Bien. Sigamos.
Cuando experimentaste esa sensación, ¿te invadió la dicha por el hecho de que realizaste un acto de caridad o porque con tu acción ayudaste a esa persona que lo necesitaba?
Aunque parezca un juego de palabras no es lo mismo. Porque si bien las dos acciones responden materialmente a un acto de entrega, la pureza de esa obra es indirectamente proporcional al grado de satisfacción personal que cada uno pudiera llegar a experimentar.
Si cuando ayudamos a alguien, nos hace sentir mejores personas y con ello pensamos que pagamos una cuota de nuestra eterna estadía en el más allá, el egoísmo contamina esa acción.
La infecta.
La emponzoña.
Ahora, si sentimos plenitud porque el beneficiario que recibió la ayuda estará, aunque sea un poquito mejor que antes, es un acto puro de bondad hacia el otro.
Hay una verdad de perogrullo: la caridad y el egoísmo nunca podrán ir de la mano. ¿Ustedes creen lo mismo?
Temas
Tucumán








