Nada somos sin palabras. Desde el "hágase la luz" del Génesis en adelante, nuestro Universo entero late a fuerza de palabras: la potestad de nombrar que se otorga a Adán y a Eva es, en realidad, la posibilidad de transformar el caos en cosmos. Y la palabra avanza: no hay historia hasta que la palabra no se escribe. A medida que el vocabulario va creciendo, algunas palabras se hacen sustantivas; esenciales (y eso, aunque suene poco gramatical, incluye el verbo). De esas palabras esenciales, algunas (como las del Génesis) tienen el poder de modificar la realidad. Y eso va desde el "abracadabra" y el "ábrete sésamo" de las cosmovisiones mágicas hasta las pronunciadas en la sesión analítica, pasando por el "sí, quiero" de los contrayentes, que hace desaparecer para siempre su soltería. Incluye también un "te amo" sin tapujos y hasta un "no te quiero más". A todos alguien, alguna vez, nos cambió la vida diciendo alguna de estas palabras. También cada uno de nosotros, a conciencia o sin ella -y eso es más grave-, ha puesto patas para arriba la realidad del prójimo, lo cual debería llevarnos a pensar cuán cuidadosos deberíamos ser con las palabras que decimos, o con las que mezquinamos La biografía de cada uno tiene, así, su propio diccionario. En el mío, la última entrada que me cambió la vida fue "abuela". Y hoy cumple años la mujer que, al dar a luz, la inscribió, indeleble, en mí.
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