A juzgar por el hambre que tienen las hormigas en la plaza Alberdi, hace varios años que nadie la usa para hacer un picnic.
Uno se sienta, improvisa un mantel con una remera que encuentra en la mochila, y antes de abrir el papel de almacén que envuelve las seis fetas de jamón y las seis de queso, las hormigas ya están alrededor, esperando agazapadas el momento en que se caiga la primera miga. Y como usted se ha olvidado el cuchillo, debe recurrir a los dedos para cortar el pan y entonces las migas que caen son muchas, tal vez una gran parte de su almuerzo. Sus compañeros miran para otro lado.
Ya con el almuerzo solucionado y con las cuestiones territoriales con las hormigas bien claras, uno piensa: ¿hace cuánto que no hacía un picnic? ¿En qué momento he perdido esta costumbre que tanto alegra un mediodía cualquiera?
La última vez habrá sido hace unos 10 años. ¡10 años! Fue en Yerba Buena, en una plaza cerca del parque Percy Hill. Pasamos por ahí y lo miramos con la cara larga: sus rejas eran tan infranqueables... Seguimos de largo, porque nada podía arruinar nuestra brillante decisión de hacer un picnic.
A algunos primero les pareció una locura. Un picnic, ¡pero qué pavada es esa! Comamos al lado de la pileta, o en la galería debajo del ventilador. Que las moscas, que el calor, que la conservadora. No, hagamos un picnic. ¿Hace cuánto no hacemos un picnic? Bueno, está bien, hagamos un picnic.
Antes de eso, habían pasado otros otros 10 años sin almuerzo improvisado al aire libre. Porque el picnic tiene otro sabor cuando no se lo medita tanto. Ya mismo, listo, acá. No importa si no se tiene el mantel rojo a cuadros ni la canasta de Caperucita. No, por favor, no deje morir las ganas de hacer un picnic. Con lo que haya en la heladera o con lo que ofrezca la despensa del barrio.
Porque no hace falta que sea el Día de la Madre o el Día del Niño para salir a una plaza o a un parque a comer. Esos días llenos de gente y locura son anti-picnic, lo aniquilan. Porque Tucumán está lleno de lugares que son de todos y que están ahí, esperándonos para hacer un picnic y dejar por un rato la mesa en el cuarto piso y bajo llave. Porque es volver a revivir una salida y una sonrisa de niño, cuando el almuerzo era solamente una excusa para continuar con el juego. Y porque, vamos, las hormigas de las plazas también necesitan comer.
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