08 Octubre 2003 Seguir en 
En política no hay amistades, sólo conveniencias. Es una verdad palmaria. Lo saben Julio Miranda y José Alperovich, cuya relación transita hoy por el lado de los intereses personales. Aquel matrimonio por necesidad ahora se mira con desconfianza. El desencuentro estalló con la sanción de leyes porque, lo que favoreció a uno, perjudicó al otro en la misma proporción.
Alperovich festejó la aprobación por varios motivos. Primero, porque mostró que comenzó a incidir en las decisiones aun antes de ejercer el poder (aunque hay que convenir que es más fácil negociar con los legisladores que se van que con los que vienen, porque los actuales ya no tienen más imagen que perder). Segundo, porque expuso electoralmente a Miranda para que la oposición lo destruya. Si la intención del gobernador electo fue minar el poder político de Miranda y desviar hacia él las miradas de los que buscan nuevas jefaturas, la jugada fue excelente.
El poder no se comparte con nadie (ni con el hijo, según supo decir alguna vez Antonio Bussi). Es un principio básico en política. No puede haber dos cabezas en la conducción, menos en el peronismo, movimiento que hace gala de verticalismo. Miranda quiere conservarlo, Alperovich quiere apoderarse de él. Cada uno desplegó sus fichas para un juego que durará algunos años y en el que, seguramente, uno quedará en pie. El distanciamiento ya comenzó, y se encargó que alimentarlo el actual senador impulsando leyes que espantaron a los gremios y que alertaron a los mirandistas, quienes olfatearon una jugada maquiavélica por parte del gobernador electo.
En el mirandismo confesaron con desazón y con malestar que el clima adverso que generó Alperovich con sus leyes impide hacer campaña. Algunos lo llaman con ironía el "instaurador de las leyes" ya que lo comparan con Juan Manuel de Rosas, quien ejerció el poder con rigor en Buenos Aires y fue llamado el restaurador de las leyes. Eso es igual a decir que no pueden remontar electoralmente. Por eso, la intención de Miranda de impulsar el veto a algunas de las iniciativas del alperovichismo suena más a un intento desesperado por evitar un mayor desgaste político.
Anular leyes y aceptar renuncias (Ronal Bradis Troncoso) o rechazar otras (Antonio Guerrero) son señales un poco tardías. Debió haber frenado o consensuado con el senador.
¿Cabe esperar que Miranda le devuelva la "gentileza" a Alperovich? Tal vez no en forma inmediata. Muchas cosas pueden pasar en cuatro años, porque si hay algo que un político de raza no olvida son los favores recibidos y las piedras que le arrojaron. El senador podrá cansarse de gritar que "el Negrito" -como llama a Miranda- es su amigo, pese a todo. Pero, pruebas al canto, no se detuvo a pensar -¿o sí?- en las repercusiones adversas al gobernador a causa de sus leyes. El "instaurador" pudo haber esperado a negociar con la nueva Cámara, en la que, según dijo, tenía 33 y no 26 legisladores adictos.
La puerta de la ruptura de la sociedad se está entreabriendo. Si se produce, a Alperovich le quedan sólo dos alternativas para disputar el poder con Miranda. 1- pelear espacios por dentro del PJ. 2- imitar la transversalidad que impulsa Néstor Kirchner y hacerse fuerte desde afuera del PJ, en cuya estructura su ascendencia es casi nula.Para la primera le viene de perillas la posibilidad de intervenir comunas y municipios con 21 votos legislativos. Motivo por demás suficiente -en términos políticos, además de electorales- para que Miranda vete la ley. Además, en la nueva composición de la estructura peronista que se impulsa a nivel nacional, Alperovich, por ser gobernador, integrará el consejo nacional. Allí desplazaría al propio Miranda, lo que no es un dato menor. En este conflicto de intereses, lo seguro es que Miranda debe estar arrepintiéndose de no haber hecho coincidir la elección provincial con la nacional. Hoy nadie le disputaría el poder.
Alperovich festejó la aprobación por varios motivos. Primero, porque mostró que comenzó a incidir en las decisiones aun antes de ejercer el poder (aunque hay que convenir que es más fácil negociar con los legisladores que se van que con los que vienen, porque los actuales ya no tienen más imagen que perder). Segundo, porque expuso electoralmente a Miranda para que la oposición lo destruya. Si la intención del gobernador electo fue minar el poder político de Miranda y desviar hacia él las miradas de los que buscan nuevas jefaturas, la jugada fue excelente.
El poder no se comparte con nadie (ni con el hijo, según supo decir alguna vez Antonio Bussi). Es un principio básico en política. No puede haber dos cabezas en la conducción, menos en el peronismo, movimiento que hace gala de verticalismo. Miranda quiere conservarlo, Alperovich quiere apoderarse de él. Cada uno desplegó sus fichas para un juego que durará algunos años y en el que, seguramente, uno quedará en pie. El distanciamiento ya comenzó, y se encargó que alimentarlo el actual senador impulsando leyes que espantaron a los gremios y que alertaron a los mirandistas, quienes olfatearon una jugada maquiavélica por parte del gobernador electo.
En el mirandismo confesaron con desazón y con malestar que el clima adverso que generó Alperovich con sus leyes impide hacer campaña. Algunos lo llaman con ironía el "instaurador de las leyes" ya que lo comparan con Juan Manuel de Rosas, quien ejerció el poder con rigor en Buenos Aires y fue llamado el restaurador de las leyes. Eso es igual a decir que no pueden remontar electoralmente. Por eso, la intención de Miranda de impulsar el veto a algunas de las iniciativas del alperovichismo suena más a un intento desesperado por evitar un mayor desgaste político.
Anular leyes y aceptar renuncias (Ronal Bradis Troncoso) o rechazar otras (Antonio Guerrero) son señales un poco tardías. Debió haber frenado o consensuado con el senador.
¿Cabe esperar que Miranda le devuelva la "gentileza" a Alperovich? Tal vez no en forma inmediata. Muchas cosas pueden pasar en cuatro años, porque si hay algo que un político de raza no olvida son los favores recibidos y las piedras que le arrojaron. El senador podrá cansarse de gritar que "el Negrito" -como llama a Miranda- es su amigo, pese a todo. Pero, pruebas al canto, no se detuvo a pensar -¿o sí?- en las repercusiones adversas al gobernador a causa de sus leyes. El "instaurador" pudo haber esperado a negociar con la nueva Cámara, en la que, según dijo, tenía 33 y no 26 legisladores adictos.
La puerta de la ruptura de la sociedad se está entreabriendo. Si se produce, a Alperovich le quedan sólo dos alternativas para disputar el poder con Miranda. 1- pelear espacios por dentro del PJ. 2- imitar la transversalidad que impulsa Néstor Kirchner y hacerse fuerte desde afuera del PJ, en cuya estructura su ascendencia es casi nula.Para la primera le viene de perillas la posibilidad de intervenir comunas y municipios con 21 votos legislativos. Motivo por demás suficiente -en términos políticos, además de electorales- para que Miranda vete la ley. Además, en la nueva composición de la estructura peronista que se impulsa a nivel nacional, Alperovich, por ser gobernador, integrará el consejo nacional. Allí desplazaría al propio Miranda, lo que no es un dato menor. En este conflicto de intereses, lo seguro es que Miranda debe estar arrepintiéndose de no haber hecho coincidir la elección provincial con la nacional. Hoy nadie le disputaría el poder.
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