Ciudad en caos y abandono

La Municipalidad capitalina muestra una inercia pasmosa ante el desorden y el deterioro que se observa todos los días.

08 Octubre 2003
Desde hace ya varios años, la ciudad de San Miguel de Tucumán exhibe un cuadro de desorden y de deterioro que pareciera de imposible reversión. Las intendencias municipales se suceden y esa realidad, lejos de siquiera detenerse, no hace sino crecer. Cada día nuestra capital está más sucia, más abandonada y más desordenada, a pesar de las manifestaciones de mejoría que hacen periódicamente los funcionarios responsables. Y a ese cuadro coopera, como es por demás evidente, la cultura del incumplimiento de las normas, que ha arraigado fuertemente en el vecindario y frente a la cual la Municipalidad muestra una inercia pasmosa.
Lo que está ocurriendo en estos días en el casco céntrico es por demás revelador. En la mañana de ayer, las personas que conducían vehículos de todo tipo (desde los ómnibus de transporte hasta los autos particulares) se encontraron con una multiplicación en los cortes de tránsito suscitados por los trabajos que se realizan en las calles, y en cuyo trámite -digamos de paso- distan de observarse, además, ciertos recaudos elementales. Como -por ejemplo- sería buscar otro horario para hacer funcionar esos sopletes que depositan un malsano polvillo en los pulmones de las personas.
Resulta imaginable que, si nuestra circulación es siempre dificultosa y anárquica (por las estrechas calles y por la inconducta de choferes y peatones), ello se potencia fuertemente cuando la mayoría de los accesos al centro se encuentra clausurada, como sucedió ayer. Las únicas arterias francas estaban absolutamente embotelladas, sin que se haya advertido que los inspectores multiplicasen, como hubiera sido lógico, una acción capaz de encauzar de alguna manera el caos. Esta situación, por cierto muy perjudicial para muchas personas, como todas las que -por ejemplo- se vieron forzadas a llegar con retardo a su trabajo a causa del bloqueo.
Hubiera sido elemental, asimismo, que la Municipalidad cuidara de informar puntualmente, cada día, acerca de la localización exacta de las interrupciones del tránsito, de manera que los conductores pudieran tomar recaudos que les evitaran quedar encerrados en los embotellamientos. Esto no se hizo, con resultados dañosos para algo de extrema importancia como significa, en una capital que tiene más de medio millón de habitantes y un enorme parque automotor, tener su circulación en estado de mínima fluidez.
Con ser por demás expresivo, este rubro dista de resultar el único que testimonia la grave pasividad del municipio frente a los requerimientos de la capital cuyos intereses administra y cuyas normas reguladoras tiene obligación de hacer cumplir.
En nuestra edición de ayer hemos informado sobre las fallas en la recolección de residuos, lo que da lugar a la acumulación de desperdicios en las calles y en las plazas. En los barrios, la cuestión adquiere alarmantes características. Está de más ponderar el riesgo sanitario que de esa manera se crea para la población.
A esto debe agregarse la total inobservancia de las disposiciones referidas al estacionamiento. En nuestra ciudad, cada conductor coloca su vehículo en el sitio donde le da la gana, sin que los inspectores municipales parezcan incomodarse en absoluto por la transgresión. El respeto por las indicaciones de los semáforos es asimismo inexistente. A ello deben sumarse las plazas con sus instalaciones destrozadas, las veredas rotas que jamás se arreglan, los baldíos y construcciones ruinosas cubiertos de yuyales, el ningún control de los ruidos molestos y del expendio de alcohol a menores, y un largo etcétera.
Nos parece que es hora de modificar de raíz esta involución de la ciudad de San Miguel de Tucumán, involución cuyas características ya resultan francamente alarmantes para todos.

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