En estado de shock quedó el estado mayor del mirandismo tras el abucheo generalizado que soportó el gobernador en Tafí Viejo, en la cálida tarde del martes.
A tan sólo 26 días de la elección general y en las narices del presidente Néstor Kirchner, Julio Miranda pagó un costo político altísimo de imprevisibles proyecciones. Las fotos que se sacó en Buenos Aires, junto al jefe de Estado, no le sirvieron de nada al candidato a senador. El pueblo separó la paja del trigo, al abochornar al anfitrión y encumbrar al santacruceño. José Alperovich zafó, sin mayores problemas, del entrevero.
La protesta, en rigor, se preparó el lunes pasado, con tres blancos fijos: Miranda, el diputado nacional Roque Alvarez y el intendente Alejandro Martínez. Se los acusó de no hacer nada por la reapertura de los talleres ferroviarios y de pretender obtener réditos políticos de la popularidad del Presidente. Y lo que parecía limitarse a una rechifla de activistas de las fuerzas vivas de Tafí Viejo, se transformó en una demostración de repudio colectivo.
Con espanto, el entorno mirandista comprobó que la gente movilizada por los dirigentes se pasó al bando de los contestatarios.
El mismo martes, en algunos despachos de la Casa Rosada, hubo comentarios acerca de lo que había constatado Kirchner personalmente horas antes. Asesores ministeriales refirieron desde Buenos Aires que el político patagónico se había sorprendido por la explosión de ira que se focalizó inequívocamente en Miranda.
Las teorías conspirativas emergieron tras la inesperada borrasca política. En algunos círculos áulicos se responsabilizó a la diputada Stella Córdoba por el papelón que sufrió Miranda. Si alguien no puede sabotear al gobernador es la diputada, porque a ella le interesa vitalmente ganar la elección.
Si Miranda no se consagrara primero en las urnas, Stella Córdoba no entraría al Senado, por ser la segunda postulante. La hipótesis cae por su propio peso. La mirada se desvió a la pelea lugareña de Alvarez y Martínez con el intendente electo Javier Pucharras, vencedor con la sigla del Partido de los Trabajadores, en los comicios municipales del 29 de junio. Este se impuso, entonces, al oficialista Francisco Toledo -apadrinado por Martínez y Alvarez-.
Tras las cavilaciones de ayer, se aprobó un cambio de estrategia electoral en resguardo de la imagen del gobernador. Así las cosas, se quiere evitar que el 17 de octubre, conocido como el "Día de la Lealtad", se vuelva el "Día de la Deslealtad" con Miranda. Para ese entonces se estaría a 9 días de los comicios. Y un golpe como el de Tafí Viejo podría resultar muy duro para el estado anímico del aspirante a senador.
La barahúnda de Tafí Viejo no acaparó totalmente la atención de otros actores de la vida política.
El control del escrutinio de la elección del último domingo de octubre empezó a preocupar seriamente a las fuerzas de la oposición. La modalidad puesta en práctica para designar los presidentes de mesa -mediante registro de interesados- encendió una luz de alerta. Se teme, en efecto, que la maquinaria peronista oficial, con su gigantismo y movilidad, provea todo el cupo de autoridades de mesa. Estas, según ese razonamiento, carecerían de la imparcialidad necesaria en toda disputa electoral.
El fantasma del controvertido recuento del 29 de junio se agita detrás de esas suposiciones. Con presidentes de mesa adictos o cercanos a la coalición oficialista, perdería transparencia y credibilidad el recuento de los sufragios.
Justamente, la polémica por los resultados obtenidos en cada mesa genera un clima de sospecha que termina dañando a todo el proceso. La lucha por la claridad de los cómputos es un elemento esencial para la democracia.
02 Octubre 2003 Seguir en 
Por Carlos Abrehu







