Hay muchas maneras de entender el compromiso, pero sólo una de ejercerlo. Esa única manera tiene que ver más con cumplir la palabra empeñada que con lanzar promesas al viento. Si, porque el compromiso es hermano de la honestidad y primo de la virtud. La Grecia antigua, por ejemplo, basaba su vida urbana en el compromiso, no sólo de los funcionarios y políticos, sino también del pueblo. De la gente. De todos. Así, esa esquiva palabra que deriva del latín compromissum y que significa palabra dada, es tal vez uno de los valores menos respetados y ejercidos de nuestro tiempo.
Compromiso es, por ejemplo, el que tuvo Manuel Belgrano, que con sus rebeldías efectivas (y no declamadas) consiguió motorizar nada menos que la Independencia argentina. O el que ejercitó José de San Martín, que dio todo sin pedir nada a cambio. También es un ejemplo de compromiso el que tuvo esa generación de tucumanos ilustres que iluminó el centenario con leyes, emprendimientos y mejoras sociales que hoy gozamos todos sin detenernos a pensar siquiera en lo que costó conseguirlas. Compromiso es el que tienen hoy muchos tucumanos anónimos que trabajan dignamente para mejorar el azaroso destino de nuestra sociedad. Personas como las que ayudaron en forma anónima a que la pequeña María José Radis pudiera viajar a Buenos Aires para empezar a tener esperanza. Compromiso es el que ejercen esos maestros casi invisibles de las escuelas marginales, que intentan enseñar a vivir en un ambiente chato, gris, desprovisto de colores y alegrías. Son esos mismos trabajadores los que, sin embargo, son cacheteados por una clase dirigente que no tiene escrúpulos a la hora de llevar agua para su propio molino. Aún más: para una gran porción de esta clase dirigente el compromiso es una cuestión individual, no colectiva. Casi un sálvese quien pueda. No importa el haber jurado ante la Biblia como servidores públicos. Lo que importa es aparentar lo que nunca se podrá ser. Por eso, hoy el pueblo vive de las promesas y los dirigentes, de sus victorias. De lo contrario... ¿cómo se entiende que en la calle haya cada vez menos solidaridad y más individualismo? ¿Cómo se puede aceptar que en la puerta de los bancos haya familias enteras estirando las manos por unas monedas? ¿Cómo es posible que no se haga nada para detener el descenso a los infiernos de aquellos que nada tienen? ¿Cómo se hace para seguir andando después de ver a esos niños que comen y duermen en los cajeros de los bancos? Ernesto Sábato, en "La resistencia", hace un aporte interesante. Dice, por ejemplo: "
el hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, sin el cuidado que esos años requieren y que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días. Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones
". Es decir que lo que Sábato nos pidió antes de morir es mayor compromiso. Ni tanto, ni tan poco. Un compromiso similar al que tuvieron nuestros próceres y que hoy tienen esos seres anónimos que sostienen nuestra humanidad. Un compromiso que nos haga sentir orgullosos de ser hombres que pisan estaa tierra. Un compromiso que, en definitiva, nos permita redimirnos de esta indiferencia social. Porque de nuestro compromiso ante la orfandad del prójimo puede surgir una nueva manera de vivir. Una manera donde el replegarse sobre sí mismo sea un escándalo y el olvido del otro, un pecado mortal.
Compromiso es, por ejemplo, el que tuvo Manuel Belgrano, que con sus rebeldías efectivas (y no declamadas) consiguió motorizar nada menos que la Independencia argentina. O el que ejercitó José de San Martín, que dio todo sin pedir nada a cambio. También es un ejemplo de compromiso el que tuvo esa generación de tucumanos ilustres que iluminó el centenario con leyes, emprendimientos y mejoras sociales que hoy gozamos todos sin detenernos a pensar siquiera en lo que costó conseguirlas. Compromiso es el que tienen hoy muchos tucumanos anónimos que trabajan dignamente para mejorar el azaroso destino de nuestra sociedad. Personas como las que ayudaron en forma anónima a que la pequeña María José Radis pudiera viajar a Buenos Aires para empezar a tener esperanza. Compromiso es el que ejercen esos maestros casi invisibles de las escuelas marginales, que intentan enseñar a vivir en un ambiente chato, gris, desprovisto de colores y alegrías. Son esos mismos trabajadores los que, sin embargo, son cacheteados por una clase dirigente que no tiene escrúpulos a la hora de llevar agua para su propio molino. Aún más: para una gran porción de esta clase dirigente el compromiso es una cuestión individual, no colectiva. Casi un sálvese quien pueda. No importa el haber jurado ante la Biblia como servidores públicos. Lo que importa es aparentar lo que nunca se podrá ser. Por eso, hoy el pueblo vive de las promesas y los dirigentes, de sus victorias. De lo contrario... ¿cómo se entiende que en la calle haya cada vez menos solidaridad y más individualismo? ¿Cómo se puede aceptar que en la puerta de los bancos haya familias enteras estirando las manos por unas monedas? ¿Cómo es posible que no se haga nada para detener el descenso a los infiernos de aquellos que nada tienen? ¿Cómo se hace para seguir andando después de ver a esos niños que comen y duermen en los cajeros de los bancos? Ernesto Sábato, en "La resistencia", hace un aporte interesante. Dice, por ejemplo: "
el hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, sin el cuidado que esos años requieren y que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días. Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones
". Es decir que lo que Sábato nos pidió antes de morir es mayor compromiso. Ni tanto, ni tan poco. Un compromiso similar al que tuvieron nuestros próceres y que hoy tienen esos seres anónimos que sostienen nuestra humanidad. Un compromiso que nos haga sentir orgullosos de ser hombres que pisan estaa tierra. Un compromiso que, en definitiva, nos permita redimirnos de esta indiferencia social. Porque de nuestro compromiso ante la orfandad del prójimo puede surgir una nueva manera de vivir. Una manera donde el replegarse sobre sí mismo sea un escándalo y el olvido del otro, un pecado mortal.








