Un rostro joven borró la carita infantil

Por Mirta Isabel Lazzaroni 07 Diciembre 2012
"Dejame que yo me ocupe de este asunto". Me lo dijo serio, tranquilo, convencido. Me di cuenta de que no estaba hablando un jovencito rebelde que se cree superior a sus mayores. Su actitud era la de un hombre joven que se siente capaz de afrontar determinadas circunstancias sin ayuda. Ha crecido, pensé mientras lo observaba. Casi la misma cara que hace 20 años, me dictaban los ojos de madre. Pero sé que no es así. Sé que también su rostro ha madurado. Sé que hace ya tiempo se ha soltado de mi mano aunque yo lo sentía todavía aferrado a mis dedos. Pura sensación nada más. Es hora de que empiece a tratarlo de otra manera, reflexioné. Porque si hay algo que nos cuesta a las madres -casi a todas- es dejar libres a los hijos sin desprotegerlos, lanzarlos al mundo sin abandonarlos, despegarnos de ellos sin desentendernos. Y en la búsqueda de ese equilibrio tan difícil suele ser habitual que sigamos exagerando su juventud y les adjudiquemos una supuesta falta de experiencia. Entonces seguimos protegiendo sin percatarnos de que, por ahí, los desacreditamos. Insistimos en guiarlos por la vida confundiendo su camino con el nuestro. Claro que una vez que se logrado el reconocimiento de que el hijo ha crecido, se experimenta una alegre liberación, porque ya podemos dedicarnos a solo estar cerca, para hablar, reír juntos o mirarnos en silencio.

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