Subí a un taxi.
- A Monteagudo y Sarmiento, por favor.
- ¡Ah! ¿Vive ahí?
- Mñsí...
(me molesta que un desconocido pregunte esas cosas)
- Porque esa es la esquina del Patito.
- Ah... (no sé qué es Patito; no me importa)
- Patito le dicen. El verdadero nombre no lo sé.
- ... (¿no se da cuenta de que no quiero hablar?)
- Es un pobre chico ese. Lo llaman así porque él cuidaba un pato. En la peatonal Muñecas lo tenía.
- ¿Ajá?
(por primera vez despego los ojos de la ventanilla y miro al espejo retrovisor)
- Sí, una cosa rara. Se tiraba con él en una lona y así pedía monedas. A veces se lo veía al chico dormido y al animal dándole vueltas. Eran amigos, supongo. ¡Já!
- (me esfuerzo en sonreír) ¿Y qué, ya no está con el pato?
- Ya no. Se lo robaron. Ni a los patos los perdonan los ladrones. Así que ahora pide en esa esquina. A veces se lo ve hasta tarde, hasta la madrugada. ¿Usted nunca lo vio?
- No, la verdad no sé. Son tantos chicos los que se ven pidiendo... (qué estúpida, qué vacua suena esa frase)

- Y claro. Yo le doy monedas al Patito. A veces lo veo muy sucio y le digo "no se deje estar, papito". Y él me cuenta que a la madre no se le antoja lavarle las zapatillas, pero que ya lo hará esa semana. Es un chico muy ingenuo. Inofensivo.
- Ajá... (pienso que también yo necesito un baño, uno que me saque otro tipo de costras)
- Pero mejor no hablar de cosas tristes, ¿no? Total ya llegamos. Parece cansada.
- Sí. Algo así.
Pagué.








