Viejo, amarillo y sabio

Por Juan Manuel Asis 15 Noviembre 2012
Es viejo, sabio y democrático. Nació mucho antes de los dos últimos golpes militares, sus hojas están amarillas y resquebrajadas, a sus tapas las consumió el tiempo y hay que tratarlo con delicadeza. Lo que enseña es básico, inestimable y facilita la discusión. Y permite concluir, releyéndolo y a la luz de la disputa política nacional, que el pueblo

está con Cristina, más allá de los justificados cacerolazos, las denuncias sobre corrupción y la baja calidad institucional. "Claro, es obvio" dirán los apasionados K. "No es tan así", dirá el resto mostrando fotos del 8N y denostando la gestión nacional. ¿Por qué tan contundente la afirmación? Los que derramaron saber en libros facilitan definiciones que permiten sacar conclusiones y aportar a la polémica con algo de veracidad.

Hace dos siglos, en 1810, la frase revolucionaria era ¡el pueblo quiere saber de qué se trata! En octubre de 1945 el pueblo trabajador exigió por su líder. Hoy, después de mucha historia concentrada en 202 calendarios, cabe invertir y plantear: "de qué se trata el pueblo", porque la dirigencia arrastra el concepto de pueblo de aquí para allá y adorna cualquier escenario partidario. "Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?", suele cantarse en toda movilización callejera, numerosa o no. Entonces; ¿qué es y cuál es el pueblo?: ¿el 54% que votó a Cristina? ¿el de los caceroleros? ¿los que miraron por televisión las marchas? Dilucidar qué es el pueblo permitirá saber a quién le asiste la razón -por lo menos conceptual- en esta sociedad dividida y se dejaría de someter al ultraje y a la mezquindad sectorial esa palabra. El antiguo "Manual de Educación Democrática I-ciclo básico" nos da una mano. Define al pueblo como "la totalidad de las personas que conforman una Nación o un Estado". "Este es el concepto moderno de 'pueblo', opuesto a cualquier división de la sociedad por motivos raciales, económicos o de nacimiento", decía en el siglo pasado el texto. Explicaba que la Nación está compuesta por todos aquellos que reconocen un territorio común e iguales vínculos históricos. Consideraba que, desde lo institucional, al pueblo lo integraban los ciudadanos: es decir, aquellos que eligen a sus autoridades a través del voto. Ergo, la Presidenta tiene el aval del pueblo, el que le dio más de la mitad de los votos.

Vale para Alperovich, que ganó con más del 70%, aunque el gobernador tucumano no habla demasiado del pueblo sino más de trabajar. Su discurso es menos ideologizado que el de la jefa de Estado y su poder abarca tanto el plano político como el institucional. Así centralizó la conducción a un nivel hegemónico envidiable para un político ambicioso; es capaz de hacer y deshacer en segundos cualquier propuesta que no implique fortalecer su imagen. Amaya lo sufrió en carne propia. Nadie puede crecer sin su venia, nadie puede ser independiente ni atreverse a emular a Descartes: pensar y luego existir. Existe aquel que Alperovich no descarta. Ya no hay caudillos, sólo referentes territoriales. Alperovich puede alterar cursos de acción o imponerlos. Eso es poder real. Conceptualmente es un sistema verticalista; el exceso lo acerca al autoritarismo.

Más allá de las definiciones de secundario antiguo, cabe reflexionar sobre el 8N, porque los que salieron a la calle también votaron, también son pueblo, aunque sean los que perdieron, del 46%. Es un porcentaje como para escuchar; por gentileza. No son zombies. Piensan. Ningunearlos o pensar en jornadas anti 8N es seguir apostando a la división del país. Interesante para el análisis. Pero en esa línea se visualiza una triste definición para explicar a la Argentina actual: varios pueblos en una Nación dividida. ¿Cuál sería la utopía de hoy?: un pueblo unido en una Nación sólida.

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