Quienes estamos acostumbrados a trabajar el séptimo día de la semana, también sufrimos esa suerte de languidez espiritual que los psicólogos denominan "síndrome del domingo por la tarde". Y esa sensación se ve materializada en la disminución del flujo informativo. Se generan menos hechos que de costumbre, y la reducción del pulso noticioso hace que nuestra mente se pueda dar el lujo de abrir una ventana al pensamiento, a la reflexión. Meditamos sobre las obligaciones que nos deparará durante la semana y exploramos en aquellas cosas que no hicimos bien y que deberíamos cambiar. Proyectamos ideas y nos proponemos objetivos. Cuando cae la noche, el "síndrome de domingo por la tarde" tiende a desaparecer. Finaliza con la primera luz del lunes. Es la señal que nos indica que en cualquier momento ocurrirá eso que todos llamamos noticia.







