LA GACETA / FOTO DE INéS QUINTEROS ORIO
MUSEO LILLO
He tenido el placer de visitar el Museo Miguel Lillo. Es un paseo agradable porque las salas tienen aire acondicionado, están muy bien iluminadas, acompañadas de un sonido acorde con cada tema que se contempla. Donde vemos un bosque, escuchamos el ruido de los animales y el canto de los pájaros. Al ver las montañas tucumanas, se escucha el dulce zumbido del viento entre los cerros. El recorrido es entretenido y con muchas sorpresas y el material en muy buenas condiciones. Al terminar de visitar las salas, se puede recorrer el parque que lo rodea. Se inicia en un pequeño estanque donde se ven nadar varias tortugas acuáticas. Se continúa por un camino empedrado, que hace un circuito sinuoso bajo la copa de los árboles, con suficientes bancos para sentarse y disfrutar sintiendo el aliento de la selva. Como postre del paseo, hay un palomar enorme, igual a los que tenían las estancias antiguamente, para refugio y reproducción de las palomas, lo que los proveía de abundante carne blanca y gratuita. Es un emblema histórico, y sería más visible si lo despejaran de las enredaderas que lo cubren. Resumiendo: este museo merece conocerse, y sobre todo promocionarlo en los hoteles y agencias de turismo, porque más que museo, es un paseo de muy buen nivel.
Hugo J. Herrera
literato23@hotmail.com








