Por un día, muchos muros de Facebook se tiñeron de política. Eso pasó el jueves, cuando las discusiones on line sobre el 8N desbordaron su hábitat natural, Twitter (repleta de políticos, militantes y periodistas), y en la previa de la movilización le subieron la temperatura a la red social de las fotos, los amigos y los "me gusta".
Muchas razones para ir, muchas para no ir, ríos de comentarios a favor y en contra, argumentos, ideas, enojos y aportes. En un ámbito tan individualista (donde uno elige a los amigos, selecciona qué pueden ver los demás y qué no y delimita tajantemente sus intereses) aquellos que se subieron con tolerancia a los debates sobre la marcha -de un lado, del otro o desde el medio- dieron una clase de democracia.
Los otros, los que insultaron, los que censuraron, los que despreciaron, los que descalificaron -de un lado, del otro o desde el medio- sólo lograron aportar un ladrillo más al muro de la intolerancia que se viene levantando desde hace tiempo entre los argentinos.
Fuera de las redes sociales, en la plaza Independencia, no hubo discusiones entre posturas políticas opuestas, sino tantos reclamos al Gobierno (nacional y provincial, y a la oposición, aunque algunos de sus representantes parecieron no darse cuenta) como personas que aplaudieron, que caminaron y que ejercieron su derecho a expresarse. Ojalá que esta movilización no genere antagonistas, sino interlocutores que se animen a derribar la pared de la intolerancia a fuerza de debates.
Muchas razones para ir, muchas para no ir, ríos de comentarios a favor y en contra, argumentos, ideas, enojos y aportes. En un ámbito tan individualista (donde uno elige a los amigos, selecciona qué pueden ver los demás y qué no y delimita tajantemente sus intereses) aquellos que se subieron con tolerancia a los debates sobre la marcha -de un lado, del otro o desde el medio- dieron una clase de democracia.
Los otros, los que insultaron, los que censuraron, los que despreciaron, los que descalificaron -de un lado, del otro o desde el medio- sólo lograron aportar un ladrillo más al muro de la intolerancia que se viene levantando desde hace tiempo entre los argentinos.
Fuera de las redes sociales, en la plaza Independencia, no hubo discusiones entre posturas políticas opuestas, sino tantos reclamos al Gobierno (nacional y provincial, y a la oposición, aunque algunos de sus representantes parecieron no darse cuenta) como personas que aplaudieron, que caminaron y que ejercieron su derecho a expresarse. Ojalá que esta movilización no genere antagonistas, sino interlocutores que se animen a derribar la pared de la intolerancia a fuerza de debates.







