Un andar diferente
A punto de cerrarse el aniversario de los nueve años de gestión, el Gobierno afronta problemas que antes nunca había tenido y que alteran el ritmo de funcionamiento. La Nación que mima menos, los bancarios que dicen "no" y la indefinición del futuro frenan las ruedas Federico van Mameren | LA GACETA fmameren@lagaceta.com.ar
El gobierno de José Alperovich camina con el paso sereno, pero vacilante, del viejo que teme caerse a causa de la próxima baldosa floja. No tiene el descontrol ni la mirada perdida del boxeador grogui; sí afronta, sin embargo, la incomodidad de quien no sabe hacia donde ir.
Mañana se cumplirá el noveno aniversario de su llegada al poder. Por aquellos tiempos Alperovich ni soñaba con que existiría un alperovichismo y, menos aún, con el control que ejerce actualmente en poderes y en las instituciones ajenos. Como esos defensores que suben al área rival para cabecear, ponía los codos, esquivaba empellones y a los manotazos se desprendía de los que le agarraban la camiseta. No sabía en qué equipo jugaba... o sí. Era un duhaldista, que aspiraba a manejar el peronismo o, por lo menos, a ser socio del que maneje el peronismo. El ex gobernador Julio Miranda era su padre político; y el bancario Carlos Cisneros, su enemigo. Ambos le dejaron el campo orégano. "Vamos juremos rápido antes que el ruso se arrepienta", dijo Miranda cuando apenas entregó la banda se fue corriendo a jurar como senador nacional en el Congreso. "Me voy a Buenos Aires a mirar el horizonte", podrían haber sido las palabras de quien había quedado caracterizado como el más revoltoso de aquella gestión.
Billetera, abrazo fácil y un gran aparato publicitario de su despliegue físico para trabajar en la gestión fueron los motores de la consolidación del alperovichismo, que nueve años después tiene todo en su puño. ¿Tiene todo?
Al poco tiempo de haber caminado como gobernador, Alperovich entendió que no podía solo y que necesitaba de la Nación. Inesperadamente, un diciembre de 2004 dijo: "soy el primer kirchnerista"; y se olvidó de Eduardo Duhalde, el político que le desplegó la alfombra de la política de primera que se juega en Buenos Aires. En muy poco tiempo comprendió que debía ser pragmático si quería perdurar. ¿Comprendió que debía ser pragmático?
En aquellos primeros años había alguien que transpiraba más que ninguno: el sociólogo Hugo Haime. Él encuestaba todo. Una de las máximas que le transmitió al entonces gobernador principiante era que la gente esperaba un andar seguro, una voz de mando fuerte y un hombre de decisiones que no dudara. Alperovich se miraba en el espejo y ensayaba ese estereotipo. En poco tiempo le alcanzó para dar vuelta todo como a una media y para ir por todo. El peronismo, acostumbrado a acomodarse donde calienta el sol, se cobijó bajo la sombra alperovichista y hasta toleró que la parentela gubernamental se aferrara al poder.
Un amigo menos
A 24 horas de que se cumplan los nueve años en el poder, el paso no tiene la firmeza de antaño. Resulta vacilante, porque por primera vez le han dicho no. Alperovich se había acostumbrado a que se haga su voluntad a como dé lugar. Y si alguien no estaba totalmente de acuerdo, lo convencía. Reapareció La Bancaria y por primera vez se sintió presionado. Alperovich sólo había sacrificado gente porque Néstor Kirchner se lo había pedido; sólo por eso. La pelea contra Cisneros y los suyos lo obligó a sacar a Eduardo El Eter, su amigo de siempre. Esto demostró que el combate de la Caja Popular no es menor. El viernes fue tema de debate central en el núcleo del alperovichismo. La acostumbrada salida de Alperovich a visitar obras -ritual que tiene toda una "puesta en escena", que parte desde su casa luego de un alargado desayuno- ese día sufrió demoras. El tema principal fue estrategias a seguir en la Caja. Allí es donde se decidió profundizar los cambios gerenciales y darle pelea a los bancarios que se oponen a la ley que autoriza al Poder Ejecutivo a pedir fondos de aquella entidad. El interventor, Armando Cortalezzi -un advenedizo alperovichista-, fue elegido para subirse al ring. Hasta ahora la lucha parece desigual: Cisneros es un experto en estas guerras de guerrillas, y Cortalezzi ni siquiera tiene al alperovichismo encolumnado detrás de sí. Los "amigos" de la primera hora y de los primeros años dan buenas referencias del ex legislador. Durante estos años, él se mantuvo en las acolchadas cunas del alperovichismo; y nadie le acercó una crítica. El nuevo interventor, que gozó de paz por convivir con una oposición adormecida, se prepara para tiempos turbulentos.
Otro más
No fue el único síntoma de reflejos tardíos del mandatario. La renuncia de Miguel Brito -el ex titular de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo- hubiese sido una decisión que le habría llevado segundos a aquel Alperovich. En esta oportunidad dudó más de una semana. Brito es un amigo de José; siempre lo protegió el mandatario, al que no le importaba que aquel ocupara una banca. Se evaluó, sin embargo, qué dirá la Nación si un ex bussista se iba a sentar en la poltrona que dejaba Cortalezzi. También se analizó que a Brito no le sobran fans en el bloque Tucumán Crece. Brito habría hecho algunos pedidos a la hora de escuchar cómo el gobernador le indicaba que renuncie a la banca y que la deje para que Dante Loza cumpla su sueño legislativo. Si bien no fueron pedidos de clemencia, sí de que su deteriorada imagen reciba algunos retoques de pintura. El gobernador habría prometido estar atento a lo que pase en la Justicia y en la propia DAU. Aquel viejo Alperovich era un protector, pero no habría hecho concesiones.
A seguro lo llevaron preso
En este mes que se despide el Gobierno contó con orgullo que tenía los dólares para pagar y para respaldar los títulos de deuda que había emitido. De esa manera mostraba una gestión -y una provincia- fuerte y robusta frente al Chaco marchito de Capitanich, que pesificaba sus títulos de un día para el otro. Luego, el ministro de Economía tucumano advirtió que la provincia podía honrar sus deudas en dólares -tal cual se había comprometido-, salvo que la Nación opinara contrariamente. Finalmente, esta semana terminaron de torcerle el brazo y cambió todo porque la Nación lo dispone. Alperovich siempre se sintió fuerte; y al igual que Kirchner, monitoreó las cuentas día por día. Era una cancha en la que siempre se sintió local. Sin embargo, esta semana, el árbitro que dirige desde la Casa Rosada le recordó que "a seguro lo llevaron preso".
Esta es una de las cosas que más incomoda al gobernador. Ha perdido autonomía en su propia casa. Cuando Néstor vivía, los ministros de la Nación respondían a cualquier pregunta: "hablen con José". Ahora es al revés: antes de responderle a José le preguntan a La Cámpora o al más cercano a Cristina. Alperovich siempre se rió y advirtió que el federalismo se asemejaba a una ficción, ahora lo sufre.
Dos no
Los primeros párrafos de estas líneas quedaron las preguntas: ¿Tiene todo? ¿Comprendió que debía ser pragmático? Hoy, la respuesta a ambas cuestiones es "no". A Alperovich le faltan certezas y, por lo tanto, no puede caminar seguro. No sabe si quiere volver a ser reelecto. No tiene claro si su sucesora es Beatriz Rojkés, aunque ella haga campaña para serlo todos los días de su vida. El "hombre que él inventó" tiene deudas con la Justicia. No sabe si la Nación lo quiere o le desconfía. Si lo quiere, no tiene claro el rumbo; porque sus convicciones -principalmente, económicas- están lejos de las de Kicillof. Y si le desconfían, está en problemas; porque la Provincia, después de nueve años, no ha logrado la mayoría de edad para ser independiente de la Rosada. Cristina cada vez está más segura de que los votos son de ella y no de los gobernadores. Seguramente Alperovich no está de acuerdo; pero nunca lo dirá.
El martes comienza el décimo año de alperovichismo en Tucumán y su conductor se va quedando cada vez con menos tiempo para adoptar decisiones trascendentales para el futuro.
Mañana se cumplirá el noveno aniversario de su llegada al poder. Por aquellos tiempos Alperovich ni soñaba con que existiría un alperovichismo y, menos aún, con el control que ejerce actualmente en poderes y en las instituciones ajenos. Como esos defensores que suben al área rival para cabecear, ponía los codos, esquivaba empellones y a los manotazos se desprendía de los que le agarraban la camiseta. No sabía en qué equipo jugaba... o sí. Era un duhaldista, que aspiraba a manejar el peronismo o, por lo menos, a ser socio del que maneje el peronismo. El ex gobernador Julio Miranda era su padre político; y el bancario Carlos Cisneros, su enemigo. Ambos le dejaron el campo orégano. "Vamos juremos rápido antes que el ruso se arrepienta", dijo Miranda cuando apenas entregó la banda se fue corriendo a jurar como senador nacional en el Congreso. "Me voy a Buenos Aires a mirar el horizonte", podrían haber sido las palabras de quien había quedado caracterizado como el más revoltoso de aquella gestión.
Billetera, abrazo fácil y un gran aparato publicitario de su despliegue físico para trabajar en la gestión fueron los motores de la consolidación del alperovichismo, que nueve años después tiene todo en su puño. ¿Tiene todo?
Al poco tiempo de haber caminado como gobernador, Alperovich entendió que no podía solo y que necesitaba de la Nación. Inesperadamente, un diciembre de 2004 dijo: "soy el primer kirchnerista"; y se olvidó de Eduardo Duhalde, el político que le desplegó la alfombra de la política de primera que se juega en Buenos Aires. En muy poco tiempo comprendió que debía ser pragmático si quería perdurar. ¿Comprendió que debía ser pragmático?
En aquellos primeros años había alguien que transpiraba más que ninguno: el sociólogo Hugo Haime. Él encuestaba todo. Una de las máximas que le transmitió al entonces gobernador principiante era que la gente esperaba un andar seguro, una voz de mando fuerte y un hombre de decisiones que no dudara. Alperovich se miraba en el espejo y ensayaba ese estereotipo. En poco tiempo le alcanzó para dar vuelta todo como a una media y para ir por todo. El peronismo, acostumbrado a acomodarse donde calienta el sol, se cobijó bajo la sombra alperovichista y hasta toleró que la parentela gubernamental se aferrara al poder.
Un amigo menos
A 24 horas de que se cumplan los nueve años en el poder, el paso no tiene la firmeza de antaño. Resulta vacilante, porque por primera vez le han dicho no. Alperovich se había acostumbrado a que se haga su voluntad a como dé lugar. Y si alguien no estaba totalmente de acuerdo, lo convencía. Reapareció La Bancaria y por primera vez se sintió presionado. Alperovich sólo había sacrificado gente porque Néstor Kirchner se lo había pedido; sólo por eso. La pelea contra Cisneros y los suyos lo obligó a sacar a Eduardo El Eter, su amigo de siempre. Esto demostró que el combate de la Caja Popular no es menor. El viernes fue tema de debate central en el núcleo del alperovichismo. La acostumbrada salida de Alperovich a visitar obras -ritual que tiene toda una "puesta en escena", que parte desde su casa luego de un alargado desayuno- ese día sufrió demoras. El tema principal fue estrategias a seguir en la Caja. Allí es donde se decidió profundizar los cambios gerenciales y darle pelea a los bancarios que se oponen a la ley que autoriza al Poder Ejecutivo a pedir fondos de aquella entidad. El interventor, Armando Cortalezzi -un advenedizo alperovichista-, fue elegido para subirse al ring. Hasta ahora la lucha parece desigual: Cisneros es un experto en estas guerras de guerrillas, y Cortalezzi ni siquiera tiene al alperovichismo encolumnado detrás de sí. Los "amigos" de la primera hora y de los primeros años dan buenas referencias del ex legislador. Durante estos años, él se mantuvo en las acolchadas cunas del alperovichismo; y nadie le acercó una crítica. El nuevo interventor, que gozó de paz por convivir con una oposición adormecida, se prepara para tiempos turbulentos.
Otro más
No fue el único síntoma de reflejos tardíos del mandatario. La renuncia de Miguel Brito -el ex titular de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo- hubiese sido una decisión que le habría llevado segundos a aquel Alperovich. En esta oportunidad dudó más de una semana. Brito es un amigo de José; siempre lo protegió el mandatario, al que no le importaba que aquel ocupara una banca. Se evaluó, sin embargo, qué dirá la Nación si un ex bussista se iba a sentar en la poltrona que dejaba Cortalezzi. También se analizó que a Brito no le sobran fans en el bloque Tucumán Crece. Brito habría hecho algunos pedidos a la hora de escuchar cómo el gobernador le indicaba que renuncie a la banca y que la deje para que Dante Loza cumpla su sueño legislativo. Si bien no fueron pedidos de clemencia, sí de que su deteriorada imagen reciba algunos retoques de pintura. El gobernador habría prometido estar atento a lo que pase en la Justicia y en la propia DAU. Aquel viejo Alperovich era un protector, pero no habría hecho concesiones.
A seguro lo llevaron preso
En este mes que se despide el Gobierno contó con orgullo que tenía los dólares para pagar y para respaldar los títulos de deuda que había emitido. De esa manera mostraba una gestión -y una provincia- fuerte y robusta frente al Chaco marchito de Capitanich, que pesificaba sus títulos de un día para el otro. Luego, el ministro de Economía tucumano advirtió que la provincia podía honrar sus deudas en dólares -tal cual se había comprometido-, salvo que la Nación opinara contrariamente. Finalmente, esta semana terminaron de torcerle el brazo y cambió todo porque la Nación lo dispone. Alperovich siempre se sintió fuerte; y al igual que Kirchner, monitoreó las cuentas día por día. Era una cancha en la que siempre se sintió local. Sin embargo, esta semana, el árbitro que dirige desde la Casa Rosada le recordó que "a seguro lo llevaron preso".
Esta es una de las cosas que más incomoda al gobernador. Ha perdido autonomía en su propia casa. Cuando Néstor vivía, los ministros de la Nación respondían a cualquier pregunta: "hablen con José". Ahora es al revés: antes de responderle a José le preguntan a La Cámpora o al más cercano a Cristina. Alperovich siempre se rió y advirtió que el federalismo se asemejaba a una ficción, ahora lo sufre.
Dos no
Los primeros párrafos de estas líneas quedaron las preguntas: ¿Tiene todo? ¿Comprendió que debía ser pragmático? Hoy, la respuesta a ambas cuestiones es "no". A Alperovich le faltan certezas y, por lo tanto, no puede caminar seguro. No sabe si quiere volver a ser reelecto. No tiene claro si su sucesora es Beatriz Rojkés, aunque ella haga campaña para serlo todos los días de su vida. El "hombre que él inventó" tiene deudas con la Justicia. No sabe si la Nación lo quiere o le desconfía. Si lo quiere, no tiene claro el rumbo; porque sus convicciones -principalmente, económicas- están lejos de las de Kicillof. Y si le desconfían, está en problemas; porque la Provincia, después de nueve años, no ha logrado la mayoría de edad para ser independiente de la Rosada. Cristina cada vez está más segura de que los votos son de ella y no de los gobernadores. Seguramente Alperovich no está de acuerdo; pero nunca lo dirá.
El martes comienza el décimo año de alperovichismo en Tucumán y su conductor se va quedando cada vez con menos tiempo para adoptar decisiones trascendentales para el futuro.







