Un escándalo mediático explotó esta semana luego de que discriminaran a una chica en un boliche tucumano. Aseguran que le "cortaron el rostro", que la tacharon por "portación de cara". Es complejo debatir públicamente sobre la discriminación, porque desenmascara al ser frente al deber ser. Aprobar cualquier forma de discriminación es políticamente incorrecto y socialmente mal visto. Es comparable con decir "está bien que haya pobres". Pero es que sin pobres no habría ricos...
Hay minorías que piensan así y lo dicen. Los nazis, por ejemplo. También hay fundamentalistas que discriminan por raza, religión, sexo, y otras no tan minorías que discriminan por ideología, nacionalidad, dinero, clase social, peso, equipo de fútbol, porteños o provincianos, blanco o tinto, dulce o amargo y así hasta las fronteras aún no descubiertas de la estupidez humana.
Afirma el dicho popular que recién "saltamos cuando nos tocan". Saltamos, del verbo reaccionamos, hacemos algo, nos quejamos, nos enojamos. Miles, dos, tres, diezmiles de jóvenes son testigos cada fin de semana del filtro de la "dedocracia" en la puerta de los boliches. Y no dicen nada.
"Es que no me señalaron, ufff, me salvé". Algunos ingresan con el pecho henchido luego de que fueron "aprobados", mientras miran a chicos iguales a ellos -o casi- que rebotan y tragan la saliva de la vergüenza infinita.
Unos orgullosos y otros humillados porque una masa de músculo con cara de portero decide quién vale y quién no. Pero la cruda realidad es que la inmensa mayoría calla, mira para otro lado y acepta jugar ese juego de las elites de la frivolidad. Claro, hasta que le toca a uno.
El sector VIP de un boliche o de cualquier lugar encuentra su sentido en el sector normal. Si no hay normal no hay VIP. Y cómo medir a los normales si no existieran los anormales. Los anormales son los que se quedan afuera del boliche para que cobre sentido la normalidad de los que ingresan. Y los que están adentro, obvio, se sienten los mejores.
El Consejo Publicitario Argentino lanzó en 1992 un spot multipremiado de concientización sobre el sida, enfermedad que recién se conocía y era motivo de enorme discriminación y vergüenza, el cual, en la voz de la genial actriz Cipe Lincovsky, decía: "Primero se llevaron a los homosexuales, pero yo no me preocupé porque yo no era homosexual. Después se llevaron a los drogadictos, pero yo no me preocupé, porque yo no era drogadicta. Luego siguieron los hemofílicos, pero yo no me preocupé, porque yo no era hemofílica. Ahora ya es tarde, están tocando a mi puerta".
El aviso estuvo basado en un poema -por error atribuido al dramaturgo Bertolt Brecht- del pastor y teólogo alemán Martin Niemöller (1892-1984) que en 1946 habría escrito (algunos dicen que en realidad fue un sermón) lo siguiente: "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó, porque yo no era. En seguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó, porque yo tampoco era. Después, detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó, porque yo no soy sindicalista. Luego, apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó. Ahora, ahora me llevan a mí, pero ya es muy tarde".
Discriminamos en boliches, en clubes, en bares, en restoranes. Discriminamos en el trabajo todos los días, en el semáforo cuando cerramos la ventanilla, en la cama cuando pagamos, en la cancha cuando insultamos, y cuando mentimos casi siempre discriminamos. Discriminamos cuando vemos que discriminan y no hacemos nada, hasta que un día, hasta que un día nos toca a nosotros y ya es demasiado tarde.
Hay minorías que piensan así y lo dicen. Los nazis, por ejemplo. También hay fundamentalistas que discriminan por raza, religión, sexo, y otras no tan minorías que discriminan por ideología, nacionalidad, dinero, clase social, peso, equipo de fútbol, porteños o provincianos, blanco o tinto, dulce o amargo y así hasta las fronteras aún no descubiertas de la estupidez humana.
Afirma el dicho popular que recién "saltamos cuando nos tocan". Saltamos, del verbo reaccionamos, hacemos algo, nos quejamos, nos enojamos. Miles, dos, tres, diezmiles de jóvenes son testigos cada fin de semana del filtro de la "dedocracia" en la puerta de los boliches. Y no dicen nada.
"Es que no me señalaron, ufff, me salvé". Algunos ingresan con el pecho henchido luego de que fueron "aprobados", mientras miran a chicos iguales a ellos -o casi- que rebotan y tragan la saliva de la vergüenza infinita.
Unos orgullosos y otros humillados porque una masa de músculo con cara de portero decide quién vale y quién no. Pero la cruda realidad es que la inmensa mayoría calla, mira para otro lado y acepta jugar ese juego de las elites de la frivolidad. Claro, hasta que le toca a uno.
El sector VIP de un boliche o de cualquier lugar encuentra su sentido en el sector normal. Si no hay normal no hay VIP. Y cómo medir a los normales si no existieran los anormales. Los anormales son los que se quedan afuera del boliche para que cobre sentido la normalidad de los que ingresan. Y los que están adentro, obvio, se sienten los mejores.
El Consejo Publicitario Argentino lanzó en 1992 un spot multipremiado de concientización sobre el sida, enfermedad que recién se conocía y era motivo de enorme discriminación y vergüenza, el cual, en la voz de la genial actriz Cipe Lincovsky, decía: "Primero se llevaron a los homosexuales, pero yo no me preocupé porque yo no era homosexual. Después se llevaron a los drogadictos, pero yo no me preocupé, porque yo no era drogadicta. Luego siguieron los hemofílicos, pero yo no me preocupé, porque yo no era hemofílica. Ahora ya es tarde, están tocando a mi puerta".
El aviso estuvo basado en un poema -por error atribuido al dramaturgo Bertolt Brecht- del pastor y teólogo alemán Martin Niemöller (1892-1984) que en 1946 habría escrito (algunos dicen que en realidad fue un sermón) lo siguiente: "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó, porque yo no era. En seguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó, porque yo tampoco era. Después, detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó, porque yo no soy sindicalista. Luego, apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó. Ahora, ahora me llevan a mí, pero ya es muy tarde".
Discriminamos en boliches, en clubes, en bares, en restoranes. Discriminamos en el trabajo todos los días, en el semáforo cuando cerramos la ventanilla, en la cama cuando pagamos, en la cancha cuando insultamos, y cuando mentimos casi siempre discriminamos. Discriminamos cuando vemos que discriminan y no hacemos nada, hasta que un día, hasta que un día nos toca a nosotros y ya es demasiado tarde.







