Festejos importados

Por Gustavo Martinelli 26 Octubre 2012
"No desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las viejas guardan en la memoria cosas que los sabios de otro tiempo necesitaban saber", aseguraba el escritor y lingüista británico J.R.R. Tolkien, autor de la fantástica trilogía "El señor de los anillos". Y, tiempo antes, el mexicano Carlos Fuentes ratificó esta idea con una sugestiva frase: "Para crear debes estar consciente de las tradiciones, pero para mantener las tradiciones debes de crear algo nuevo. Una advertencia que, sin embargo, se tiene muy poco en cuenta, sobre todo en la Argentina, donde las contradicciones se multiplican como espejos enfrentados. De hecho, hace tiempo que nuestro país se ha convertido en una suerte de colonia cultural. Cualquier costumbre, cualquier festividad, cualquier tradición foránea es adoptada como si fuera una verdad revelada. Todo gracias a la tarea efectiva, punzante y dirigida de la televisión, el cine e internet. Así, en los últimos 20 años, se han adoptado conductas que no tienen nada que ver con nuestro pasado. O que incluso están en flagrante contradicción con él. Por ejemplo, si alguien le pregunta a un nene por qué le gusta la Navidad, seguramente contestará: "porque es la época en la que viene Santa". 

Algo similar ocurre con la festividad de Halloween o Noche de Brujas, que se celebrará en todo el mundo el miércoles. Se trata de una celebración celta, que en Estados Unidos tiene tanta categoría como el Día de Acción de Gracias. La consigna es que los niños recorran las casas en busca de golosinas tras la frase "trick or treat" (truco o trato) y que los grandes se embarquen en fiestas de disfraces, hogueras, bromas, lecturas y películas de terror entre otras tenebrosas actividades. Hasta hace unos años atrás, la Noche de Brujas aún era una fiesta que los tucumanos sólo veían en la televisión o el cine. Hoy es una actividad casi obligatoria. A tal punto que muchos colegios de esta bendita provincia ya están preparando eventos que incluyen desfiles de brujas, caravanas de zombis y carrera de fantasmas, entre otras actividades con espectros diversos. Hay incluso algunas escuelas que se animaron a organizar las visitas a los vecinos para recolectar dulces, tal como se ven en las películas de Steven Spielberg o de Robert Zemeckis. Incluso los canales de televisión vienen preparando el terreno desde hace casi un mes con programaciones especiales dedicadas al terror y al miedo.

Hasta aquí, todo bien. Cada uno es libre de festejar lo que se le antoje. Vivimos -vale decirlo- en un país donde es posible expresarse de la manera en que uno quiera sin tener que esperar ningún permiso. Pero lo que verdaderamente no se puede entender es el desprecio por las tradiciones que nos definen como nación. Hace poco recordamos el Día del Respeto a la Diversidad Cultural (antes conocido como Día de la Raza) con tan poco fervor como los aniversarios de la muerte de San Martín o Belgrano.

Para los especialistas, la adopción de estas celebraciones se vincula a un proceso de aculturación que se está produciendo en occidente de la mano de la globalización. Y aunque muchos aseguran que forman parte de una moda que, tarde o temprano, tendrá su correspondiente ocaso, lo cierto es que mientras este ocaso llega, se van perdiendo también nuestras fiestas más tradicionales. Hoy se celebra más a San Valentín que a la Pachamama. Y la Fiesta de San Patricio (patrono de los irlandeses) está tan arraigada en Buenos Aires y Córdoba como el carnaval en el norte.

Va siendo tiempo entonces de que pongamos las cosas en su lugar. No se trata de no festejar. Se trata de no abandonar aquello que nos da identidad como país, como argentinos. Ni más. Ni menos.

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