Domingo al mediodía en un hipermercado. En la zona de las frutas y verduras se oye un grito que suena a insulto: "¡qué inútil que sos!". Y sigue: "¡abrí la bolsa, inútil!". Recién entonces me atrevo a mirar. Es una mujer alta, robusta, que se dirige de esa violenta manera a una niña de no más de 10 años, delgadita, demasiado encorvada para su edad, y silenciosa. Alrededor todos callan. Por lo general no se denuncia el maltrato hacia los niños, menos si proviene de quienes, se supone, pueden ser sus padres. Si no hay golpes, pareciera que no existió la agresión. Aunque hubiera ocurrido en un lugar donde concurre mucho público. Este hecho, muy real por cierto, es uno de los modos en los que se va naturalizando la violencia en la sociedad. Hasta que estalla en las formas más groseras -cuando no trágicas- en la escuela. Entonces salta a las páginas de los diarios y a Internet. Y aparece la indignación. Y, lamentablemente, con la indignación, se realimenta la violencia por medio de las voces que condenan al supuesto victimario. La semana pasada fue un alumno que le pegó una trompada a la maestra. Pero también podría haber sido un docente que castigó a un alumno. Un padre que enfrentó a un maestro. Si hay golpes, hubo violencia y se denunció. Nada se dice, en cambio, de la violencia que circula en la escuela disfrazada de chismes entre docentes, de burlas entre compañeros, de normas institucionales impuestas por las autoridades, de resoluciones ministeriales que afectan la tarea de los maestros o los derechos de los chicos, de conceptos y prácticas pedagógicas inapropiadas para el mundo actual, o de obligación de callar lo que pudiera ser inconveniente para la imagen institucional. Como ese día en el hipermercado, la violencia se exhibe pero, como queda en familia, es como si no existiera.







