Sus ojos verdes y su voz, muy tímida, me asaltan el pensamiento. Y lo recuerdo ahí, encadenado a una silla, con la mirada perdida en la nada, con sus manos aferradas a una cadena de la que cuelga una cruz. Cuando lo conocí, en agosto, José Palavecino se mostraba rendido a su destino, el mismo destino que parecen tener muchos de los jóvenes en La Costanera: entregar sus vidas a las drogas.
Tenía 16 años. Había dejado la escuela. Pero soñaba con retomar los estudios algún día. "¿Estás bien?", le pregunté. "Sí... y bueno, así no estoy en peligro", me contestó. Su mamá lo miraba angustiada. Había decidido, con culpa, mantenerlo atado. Temía que le podía pasar lo peor, que una madrugada cualquiera alguien golpearía la puerta de su desvencijada casilla para avisarle que su hijo había muerto. Y pasó.
Ni ella ni nadie lo pudieron evitar. ¿Por qué? Es la pregunta que resuena en medio del dolor. ¿Cuánto vale la vida de un adicto? "Nada. A nadie le importa", responden las madres de los chicos consumidores. Y cuentan de a decenas los casos de adolescentes que murieron desde que estalló el drama de La Costanera, en 2008, también con el crimen de un joven: Walter Santana.
Los funcionarios dirán que sí les importa. Y mostrarán las planillas del Siprosa: $ 540 le cuesta por mes al Estado darle una asistencia ambulatoria a un adicto, y $ 1.600 si van a una casa de día. Si están internados, las cifras se duplican y hasta se triplican.
También pueden retrucar los efectivos policiales cuando las madres exigen más control de las narcofamilias, un negocio que se extiende por los pasillos inundados de basura y líquidos cloacales. Son los propios vecinos, desempleados y a veces también adictos, los que han encontrado en la venta del "paco" una "salida laboral". La Policía ha incrementado los allanamientos y las detenciones de dealers en la zona. Pero, de la mano de la desocupación, cada día más "transas" inauguran sus quiosquitos.
Desde que las madres de La Costanera decidieron vencer el miedo y salieron a pedir ayuda, por ahora, muy pocas cosas han cambiado en estos 12 barrios que bordean las márgenes del río Salí. La exclusión, la pobreza y el "paco" redoblan su apuesta cada día y ganan más espacios. En esta batalla que se muestra como perdida, se siguen atacando desde hace cuatro años los mismos frentes: la venta de droga y la asistencia de adictos. Sin desmerecer estos trabajos, basta revisar las estadísticas para entender que son insuficientes: sólo el 20% de los pacientes logra recuperarse después de volver a sus casas y reencontrarse con su entorno.
Nos falta entender -a los funcionarios, a los vecinos, a la sociedad- que la lucha tiene que ser más intensa. La guerra contra los narcos será siempre en vano mientras haya exclusión, mientras haya un joven con demasiado tiempo libre, sin educación y sin un proyecto a futuro. Son demasiados blancos para atacar. Hay que pelearla para que se abran centros de capacitación y cooperativas que enseñen oficios, para que haya clubes, para que aparezcan oportunidades laborales, para que llegue el asfalto y la iluminación, para que no haya más pupitres vacíos en las escuelas. ¿Y si abren un centro de rehabilitación de adictos en el corazón de La Costanera, para que todos -y no sólo los que tienen plata para el boleto y la decisión de recuperarse- puedan buscar ayuda cuando por sus cuerpos corre la desesperación para consumir más drogas? Ya sé, puede sonar descabellado, imposible. Mejor es el silencio, ¿verdad?... ese que otorga la peor respuesta cuando todos nos preguntamos ¿cuánto vale la vida de un adicto?
Tenía 16 años. Había dejado la escuela. Pero soñaba con retomar los estudios algún día. "¿Estás bien?", le pregunté. "Sí... y bueno, así no estoy en peligro", me contestó. Su mamá lo miraba angustiada. Había decidido, con culpa, mantenerlo atado. Temía que le podía pasar lo peor, que una madrugada cualquiera alguien golpearía la puerta de su desvencijada casilla para avisarle que su hijo había muerto. Y pasó.
Ni ella ni nadie lo pudieron evitar. ¿Por qué? Es la pregunta que resuena en medio del dolor. ¿Cuánto vale la vida de un adicto? "Nada. A nadie le importa", responden las madres de los chicos consumidores. Y cuentan de a decenas los casos de adolescentes que murieron desde que estalló el drama de La Costanera, en 2008, también con el crimen de un joven: Walter Santana.
Los funcionarios dirán que sí les importa. Y mostrarán las planillas del Siprosa: $ 540 le cuesta por mes al Estado darle una asistencia ambulatoria a un adicto, y $ 1.600 si van a una casa de día. Si están internados, las cifras se duplican y hasta se triplican.
También pueden retrucar los efectivos policiales cuando las madres exigen más control de las narcofamilias, un negocio que se extiende por los pasillos inundados de basura y líquidos cloacales. Son los propios vecinos, desempleados y a veces también adictos, los que han encontrado en la venta del "paco" una "salida laboral". La Policía ha incrementado los allanamientos y las detenciones de dealers en la zona. Pero, de la mano de la desocupación, cada día más "transas" inauguran sus quiosquitos.
Desde que las madres de La Costanera decidieron vencer el miedo y salieron a pedir ayuda, por ahora, muy pocas cosas han cambiado en estos 12 barrios que bordean las márgenes del río Salí. La exclusión, la pobreza y el "paco" redoblan su apuesta cada día y ganan más espacios. En esta batalla que se muestra como perdida, se siguen atacando desde hace cuatro años los mismos frentes: la venta de droga y la asistencia de adictos. Sin desmerecer estos trabajos, basta revisar las estadísticas para entender que son insuficientes: sólo el 20% de los pacientes logra recuperarse después de volver a sus casas y reencontrarse con su entorno.
Nos falta entender -a los funcionarios, a los vecinos, a la sociedad- que la lucha tiene que ser más intensa. La guerra contra los narcos será siempre en vano mientras haya exclusión, mientras haya un joven con demasiado tiempo libre, sin educación y sin un proyecto a futuro. Son demasiados blancos para atacar. Hay que pelearla para que se abran centros de capacitación y cooperativas que enseñen oficios, para que haya clubes, para que aparezcan oportunidades laborales, para que llegue el asfalto y la iluminación, para que no haya más pupitres vacíos en las escuelas. ¿Y si abren un centro de rehabilitación de adictos en el corazón de La Costanera, para que todos -y no sólo los que tienen plata para el boleto y la decisión de recuperarse- puedan buscar ayuda cuando por sus cuerpos corre la desesperación para consumir más drogas? Ya sé, puede sonar descabellado, imposible. Mejor es el silencio, ¿verdad?... ese que otorga la peor respuesta cuando todos nos preguntamos ¿cuánto vale la vida de un adicto?







