Despertar sobresaltado creyendo que se te hizo tarde y descubrir que aún faltan dos horas para que suene el despertador. Hacer un café y que, sin habértelo propuesto, salga con mucha espuma. Acordarte de un momento gracioso y sonreír solo por la calle. Buscar algo que hace mucho no ves y encontrarlo en el primer lugar en que creías que estaría. Entrar a un local y que el vendedor te atienda con sensato interés. Olvidarte de la satisfacción de haber comprado algo nuevo y entretenerte reventando las burbujitas del plástico protector. Abrir un frasco de mermelada en el primer movimiento. Que un bebé te apriete el dedo índice con toda la fuerza de su manito. Ver fotos viejas y escandalizarte de las telas y los peinados de antes. Prender la radio en el auto y que justo esté empezando esa canción que te hace gritar la letra (en mi caso, "Shiny happy people", de REM). Prender la radio en tu casa, que justo esté empezando esa canción y que tengas el espacio para bailarla ridículamente (también funciona "Modern love", de Bowie). Descalzarte en cuanto atravesás la puerta de tu casa. Meter la mano dentro de una bolsa de semillas. Hallar una carta añosa de una amistad o un amor perdido. Escuchar al voleo una cita o una estrofa y saber a qué autor pertenece. Ese cosquilleo en la panza cuando el vehículo en el que vas agarra una bajadita repentina. Poder enumerar tu propia lista de pequeñas alegrías y que sea más larga que esta. Saber que las satisfacciones cotidianas, esas que a ojos de muchos pueden parecer insignificantes, también encuentran su espacio en la prensa local.







