Es como si los 300 empleados de la Policía Vial y los 300 de la Dirección de Transporte jugaran a las escondidas con los automovilistas: tras la tragedia de hace un mes en la avenida Perón de Yerba Buena, la Vial hace controles vehiculares en esa avenida, pero ayer a la madrugada hubo choques en otras partes, como el accidente de Maipú y San Martín, en la capital.
Con casi una década de trabajo de estas reparticiones en las rutas y las calles, no se sabe cuáles son las causas de los accidentes, ni se puede explicar por qué ni siquiera el Cesvi (el centro que hace estadísticas nacionales de accidentes para las compañías de seguros) tiene datos claros de lo que pasa en Tucumán. Hace tres meses el director de la Policía Vial, Rodolfo Cheín, decía que había menos choques gracias a las campañas y la folletería. Pero en 90 días la realidad se desencadenó. ¿Qué dijeron los funcionarios? Que están desbordados y con una situación "desenfrenada" (palabra usada por Cheín). Que no pueden abarcar todos los lugares de riesgo. Que no pueden erradicar las rastras cañeras (el director de Transporte, Roberto Viaña, dice que para 2014 quieren mandarlas a caminos alternativos, pero esos caminos no existen). Que hay muchas picadas y que ellos hacen operativos, pero no hay un solo conductor sancionado. Que sólo están registrados 1.200 autos rurales aunque circulan 3.000 por las rutas del interior y que nunca se hicieron las cooperativas que debían crearse por la ley de 2005. Que desde que se iniciaron los controles de alcoholemia en 2007 se secuestraron unos 8.000 vehículos, pero cada vez hay más infractores borrachos.
Los agentes de estas dos reparticiones parecen fantasmas: aparecen de repente en los caminos haciendo operativos según la emergencia, pero su tarea no tiene fuerza para cambiar la realidad. ¿Alguien se preguntará alguna vez cuál es el sentido de esta política vial?







