01 Octubre 2012 Seguir en 
Se la suele definir como el estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. La esperanza es la que lleva al ser humano a superarse, a vencer las dificultades o, al menos, a no dejarse derrotar por ellas. Esta creencia, así como su compromiso social, han impulsado a tres monjas a meterse en el corazón de La Costanera, ubicada en las márgenes del río Salí, para luchar junto a la gente contra la miseria, la drogadicción, la marginalidad.
Las hermanas, dos de ellas italianas, pertenecen a la congregación de Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio. Sus tareas son diversas, tales como llevar a los niños al médico, visitar enfermos, tramitar DNI, acompañar al CAPS a los ancianos, intervenir en problemas de violencia familiar, acompañar a hacer gestiones en las fiscalías y llevar a chicos y madres al psicólogo, además de dar apoyo espiritual. "Tenemos muchos enfermos epiléticos, como 10, entre chicos y grandes, y otros con cáncer", contó una de ellas.
Apuntalan a madres desesperadas. "Ya no sé qué hacer con mi hijo. Mire lo que es la pieza de él, todo ha vendido ... ¡hasta la cama! La mujer se le ha ido con la bebé de dos años porque él seguía consumiendo esa porquería... anda juntando botellas para vender y comprar droga", le dijo una de ellas a una periodista de nuestro diario. Otra vecina duerme con su marido y cinco hijos en una cama y su suegro enfermo yace en la restante. Otra mujer recibe una ayuda del gobierno de $ 280 para ella y sus seis hijos. "Tres días a la semana voy a cuidar autos a la avenida para poder comprar los remedios de la diabetes y del corazón", dijo.
La labor social de estas religiosas, a la que le dedicamos un amplio espacio, despertó la solidaridad de los lectores. Una señora dejó en forma anónima en nuestra recepción una donación de $1.000. Las monjas anticiparon que invertirán el dinero en la fabricación de bloques para levantar viviendas. Señalaron que en La Costanera todas las familias viven en extrema situación de pobreza; la mayoría tiene siete u ocho hijos, por eso consideran que lo primordial es construir viviendas para ellos. La nota de LA GACETA despertó la solidaridad de muchos tucumanos que les ofrecieron su ayuda; les llevaron ropa y zapatillas para los chicos del barrio.
"La mayoría de los jóvenes consume paco. Hay gente que se los regala para que se vuelvan adictos. Muchos caen en este flagelo porque tienen un vacío muy grande en sus vidas, por la pobreza, y porque además no tienen nada más que hacer, no hay trabajo ni posibilidades de algo diferente. Además les cuesta mucho ir al centro, por eso cuando terminan la primaria no siguen el secundario. Haría falta un colegio secundario en la zona", contó una de las hermanas.
Es desde todo de punto de vista loable el trabajo espiritual y social de estas religiosas. Desde hace varios años se conoce el estado de marginación en que vive este sector de la población, cuyos niños y jóvenes son víctimas del flagelo de la droga. Si bien hay algunas ONGs que también llevan adelante una labor humanitaria, no sé entiende por qué el Estado no tiene allí una presencia determinante a través de programas de educación, de salud, de deportes, de empleo que dignifiquen la vida de esos comprovincianos. ¿Qué hará falta para que aparezca finalmente la tan mentada voluntad política? Estas religiosas, por cierto, son un ejemplo de que se puede pasar de las palabras a los hechos.
Las hermanas, dos de ellas italianas, pertenecen a la congregación de Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio. Sus tareas son diversas, tales como llevar a los niños al médico, visitar enfermos, tramitar DNI, acompañar al CAPS a los ancianos, intervenir en problemas de violencia familiar, acompañar a hacer gestiones en las fiscalías y llevar a chicos y madres al psicólogo, además de dar apoyo espiritual. "Tenemos muchos enfermos epiléticos, como 10, entre chicos y grandes, y otros con cáncer", contó una de ellas.
Apuntalan a madres desesperadas. "Ya no sé qué hacer con mi hijo. Mire lo que es la pieza de él, todo ha vendido ... ¡hasta la cama! La mujer se le ha ido con la bebé de dos años porque él seguía consumiendo esa porquería... anda juntando botellas para vender y comprar droga", le dijo una de ellas a una periodista de nuestro diario. Otra vecina duerme con su marido y cinco hijos en una cama y su suegro enfermo yace en la restante. Otra mujer recibe una ayuda del gobierno de $ 280 para ella y sus seis hijos. "Tres días a la semana voy a cuidar autos a la avenida para poder comprar los remedios de la diabetes y del corazón", dijo.
La labor social de estas religiosas, a la que le dedicamos un amplio espacio, despertó la solidaridad de los lectores. Una señora dejó en forma anónima en nuestra recepción una donación de $1.000. Las monjas anticiparon que invertirán el dinero en la fabricación de bloques para levantar viviendas. Señalaron que en La Costanera todas las familias viven en extrema situación de pobreza; la mayoría tiene siete u ocho hijos, por eso consideran que lo primordial es construir viviendas para ellos. La nota de LA GACETA despertó la solidaridad de muchos tucumanos que les ofrecieron su ayuda; les llevaron ropa y zapatillas para los chicos del barrio.
"La mayoría de los jóvenes consume paco. Hay gente que se los regala para que se vuelvan adictos. Muchos caen en este flagelo porque tienen un vacío muy grande en sus vidas, por la pobreza, y porque además no tienen nada más que hacer, no hay trabajo ni posibilidades de algo diferente. Además les cuesta mucho ir al centro, por eso cuando terminan la primaria no siguen el secundario. Haría falta un colegio secundario en la zona", contó una de las hermanas.
Es desde todo de punto de vista loable el trabajo espiritual y social de estas religiosas. Desde hace varios años se conoce el estado de marginación en que vive este sector de la población, cuyos niños y jóvenes son víctimas del flagelo de la droga. Si bien hay algunas ONGs que también llevan adelante una labor humanitaria, no sé entiende por qué el Estado no tiene allí una presencia determinante a través de programas de educación, de salud, de deportes, de empleo que dignifiquen la vida de esos comprovincianos. ¿Qué hará falta para que aparezca finalmente la tan mentada voluntad política? Estas religiosas, por cierto, son un ejemplo de que se puede pasar de las palabras a los hechos.







