16 Septiembre 2012 Seguir en 
Los efectos y repercusiones de las amplias y multitudinarias manifestaciones populares de protestas contra el Gobierno Nacional desarrolladas el jueves a la noche en las principales ciudades del país continúan latentes hoy en los distintos espacios de la opinión pública y entre los sectores políticos, institucionales y sociales. La convocatoria que fue realizada a través de las redes sociales y al margen de los partidos políticos legalmente constituidos llenó con sus reclamos las plazas y calles a lo largo de buena parte de la geografía, a tal punto que provocó un impacto político de inusual magnitud, desde la recuperación del sistema democrático en 1983. A diferencias de otras movilizaciones contra una determinada medida del Gobierno, como las encabezadas por la dirigencia de las organizaciones agrarias, en 2008, los manifestantes que protagonizaron las marchas del jueves no respondieron a un llamado ni a un liderazgo sectorial. Su participación fue básicamente espontánea, lo que en si mismo se trató de un hecho sociológico y de masas que debe ser cabalmente interpretado.
Quedó evidenciado que el reclamo de esas concentraciones fue un ramillete de quejas y molestias con medidas del Gobierno y actitudes de la propia Presidenta de la Nación. Tuvieron influencia precisa los graves problemas de inseguridad que se viven en muchos lugares, pero igualmente, el progresivo aumento del costo de vida y la negación a reconocer su gravedad por parte de las principales autoridades.
También, el anunciado interés del oficialismo en promover una reforma a la Constitución Nacional para facilitar la re-reelección presidencial, los hechos de corrupción denunciados que involucran a altas autoridades, el cepo cambiario impuesto para limitar la compra de dólares y otras monedas extranjeras, las actitudes de autoritarismo y de intolerancia que muestran las principales figuras del oficialismo que podrían representarse en varias medidas oficiales y en esa frase sugestiva que realizó la señora Cristina Fernández de Kirchner, cuando planteó: "hay que temerle a Dios y... un poquitito a mi". Puede colegirse que este hecho de rebeldía de una parte importante de la sociedad argentina surgió -en gran medida- por el desencanto, la impotencia o la frustración que esos sectores sintieron con el Gobierno y el modelo de gestión que encarna la jefa de Estado. Pero, esta fenomenal reacción ocurrió a menos de un año del rotundo triunfo electoral obtenido justamente por Cristina Fernández de Kirchner, en un contexto de ilusión y simpatía con su imagen -que contrasta con esta realidad de rechazo y molestia- y ante la fragmentación de las huestes opositoras. Las reacciones del oficialismo desacreditando la importancia y la magnitud del "cacerolazo" no parecen estar a la altura de los acontecimientos y de lo que buena parte de la gente que participó en las protestas esperaban. La versión de que quienes participaron en esas movilizaciones" no votaron a la Presidenta" o que "están más preocupados por lo que pasa en Miami que por lo que pasa en San Juan" parece ser una muestra de desinterés por indagar en las causas profunda del malestar colectivo expresado en las calles y otra evidencia de la falta de autocrítica que expresa esta administración. El arco opositor no ha mostrado evidencias de reacomodamiento, toda vez que la inorganicidad del movimiento contestario los marginó del protagonismo político. Y podría ocurrir lo mismo ante la anunciada nueva protesta que ya se organiza para el próximo 28. Pero, lo que se espera es que las principales autoridades -también los políticos- asuman con grandeza y humildad el mensaje de hartazgo y que la soberbia deje paso al respeto y a la búsqueda de consenso para que la unidad sea el estandarte que cobije a todos y no una mera declamación política.
Quedó evidenciado que el reclamo de esas concentraciones fue un ramillete de quejas y molestias con medidas del Gobierno y actitudes de la propia Presidenta de la Nación. Tuvieron influencia precisa los graves problemas de inseguridad que se viven en muchos lugares, pero igualmente, el progresivo aumento del costo de vida y la negación a reconocer su gravedad por parte de las principales autoridades.
También, el anunciado interés del oficialismo en promover una reforma a la Constitución Nacional para facilitar la re-reelección presidencial, los hechos de corrupción denunciados que involucran a altas autoridades, el cepo cambiario impuesto para limitar la compra de dólares y otras monedas extranjeras, las actitudes de autoritarismo y de intolerancia que muestran las principales figuras del oficialismo que podrían representarse en varias medidas oficiales y en esa frase sugestiva que realizó la señora Cristina Fernández de Kirchner, cuando planteó: "hay que temerle a Dios y... un poquitito a mi". Puede colegirse que este hecho de rebeldía de una parte importante de la sociedad argentina surgió -en gran medida- por el desencanto, la impotencia o la frustración que esos sectores sintieron con el Gobierno y el modelo de gestión que encarna la jefa de Estado. Pero, esta fenomenal reacción ocurrió a menos de un año del rotundo triunfo electoral obtenido justamente por Cristina Fernández de Kirchner, en un contexto de ilusión y simpatía con su imagen -que contrasta con esta realidad de rechazo y molestia- y ante la fragmentación de las huestes opositoras. Las reacciones del oficialismo desacreditando la importancia y la magnitud del "cacerolazo" no parecen estar a la altura de los acontecimientos y de lo que buena parte de la gente que participó en las protestas esperaban. La versión de que quienes participaron en esas movilizaciones" no votaron a la Presidenta" o que "están más preocupados por lo que pasa en Miami que por lo que pasa en San Juan" parece ser una muestra de desinterés por indagar en las causas profunda del malestar colectivo expresado en las calles y otra evidencia de la falta de autocrítica que expresa esta administración. El arco opositor no ha mostrado evidencias de reacomodamiento, toda vez que la inorganicidad del movimiento contestario los marginó del protagonismo político. Y podría ocurrir lo mismo ante la anunciada nueva protesta que ya se organiza para el próximo 28. Pero, lo que se espera es que las principales autoridades -también los políticos- asuman con grandeza y humildad el mensaje de hartazgo y que la soberbia deje paso al respeto y a la búsqueda de consenso para que la unidad sea el estandarte que cobije a todos y no una mera declamación política.






