Les cantaron las 40

Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 14 Septiembre 2012
Y un día el descontento se despertó de una larga siesta. Las plazas públicas dejaron de ser las naves insignias del oficialismo para convertirse en el epicentro de la queja ciudadana. Es verdad, no es toda la sociedad pero, ¿cuántas veces antes los ciudadanos salieron espontáneamente a la calle a gritarle al gobierno de turno que no están de acuerdo con las políticas que aplican? Es un llamado de atención; uno de los más fuertes en la era kirchnerista. No fue elitista. También hubo clamor popular.

La presidenta Cristina Fernández y su imagen local, José Alperovich, deben tomar nota de este asunto. La inseguridad se está colando cada vez más en los hogares argentinos. Los consumidores saben que no pueden comer con $ 6 diarios. Hay personas que quieren conservar sus ahorros o viajar al exterior y que están imposibilitados por la sencilla razón de que el Estado no les permite adquirirlos. Ojo, vale la pena aclarar que también entre estas personas se ocultan los especuladores; esos que lucran con la necesidad de aquellos que quieren que sus hijos viajen a otros países a cumplir un sueño (sea de estudio o de diversión). Hubo casos de padres que lloraron porque, después de tantos meses de organizar rifas, festivales y tantos otros eventos para que sus hijos pongan el broche de oro a sus estudios con un viaje a EEUU, se toparon de frente con el cepo oficial. Los pesos recolectados no les sirvieron para canjearlos por dólares. La desilusión es la moneda que recibieron a cambio.

Tal vez desde la Casa Rosada o desde la sede del Ejecutivo tucumano, allí donde miles de ciudadanos se congregaron anoche, argumenten que fue una movilización politizada. Si es así, entonces los gobernantes se quedaron en el tiempo. No ingresan a Facebook o a Twitter, las redes sociales que -como sucedió en Medio Oriente- fue mostrando la evolución del malestar en los grandes aglomerados urbanos de la Argentina.

Está claro que la agenda pública pasa por los problemas cotidianos de la sociedad. No por la necesidad de los gobernantes de perpetuarse en el poder. Tampoco por las nocturnas jornadas de debate de reformas constitucionales y de armado de listas de candidatos para las elecciones que se vienen.

Nadie puede capitalizar políticamente semejante e inesperada concentración ciudadana. Ninguna fuerza política; sólo la reacción natural de argentinos que piensan distinto de la Casa Rosada. La oposición, tan atomizada, no ha sido capaz de reunir militantes para gritarle en la cara al Gobierno las 40.

"Nerviosa no me voy a poner ni me van a poner", exclamó desde San Juan la propia presidenta de la Nación, que seguramente no esperaba tal convocatoria contra su gestión. Mucho menos, luego de anunciar el aumento de las asignaciones familiares. Más allá de los planteos sindicales, los asalariados de la cuarta categoría esperan, de una vez por todas, que el Ejecutivo suba el mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias. Y que -de una vez por todas- se reconozca que la inflación es mucho más profunda de la que dibuja mensualmente el Indec.

Algo está cambiando en el país. Salvo durante el conflicto con el campo, pocas veces se ha recordado que tantos argentinos hayan salido a la calle a reclamar un cambio de políticas. No se trata de destituyentes, sino de aquellos que una noche de septiembre dijeron ¡basta!

Antes de pensar en renovar los mandatos, los gobernantes de turno deberían poner las barbas en remojo. Hay problemas de fondo que necesitan ser atendidos. Y no con técnicas de primeros auxilios.

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