El primero. Indiscutible. El primer hombre que dominó el fuego. El primero que entendió el concepto de la rueda. Y lo utilizó. La historia está colmada de héroes anónimos, precursores que bucearon en la naturaleza o en la tecnología, adelantados sin diplomas ni medallas. No es el caso de Neil Armstrong. Él supo muy bien qué es eso de ser el primero. En su caso, nada menos que de poner un pie en la Luna. No fue sencillo para Armstrong convivir con ese momento sublime durante más de 40 años. Porque ser el primero es pura magia, pero también implica una carga de responsabilidad -eso de estar a la altura- tan o más difícil que la hazaña misma. Armstrong fue un pionero decididamente humano. El hombre justo, en el momento justo, con la actitud justa. Es lo que debe esperarse del primero. Ni más ni menos.






