Es mentira que el gobierno combate la quema ilegal de cañaverales: la fomenta desde la inacción en favor de los intereses de unos pocos y en perjuicio de una mayoría que soporta cada año, según la propia Defensoría del Pueblo, mayor contaminación del aire, más enfermedades respiratorias, destrucción del tendido eléctrico, más mugre y accidentes de tránsito.
Es mentira que las industrias han disminuido su aporte al envenenamiento de los cursos naturales de agua, según consta en informes técnicos locales -no oficiales- y de las provincias de Santiago del Estero y de Córdoba.
Es mentira que se controla al transporte ilegal, cuyo apogeo al amparo de la corrupción en la capital sigue en alza a seis años de la creación de una pantomima llamada Sutrapa, y en el interior los taxis rurales sin papeles y los colectivos truchos circulan con tanta libertad que hasta son rentados para arriar tropa a los actos políticos.
Es mentira que existe una lucha contra el comercio ilegal, que ya ostenta el récord de casi 600 puestos de venta informal en la provincia, sin contar a miles de vendedores ambulantes que coparon los centros comerciales de la capital y del Gran Tucumán, pese a las numerosas promesas preelectorales del gobernador Alperovich. Se trata de un gran negocio montado sobre el empleo en negro, la evasión, el contrabando de mercadería y la coima al por mayor, que pone a Tucumán en el sexto lugar en comercio ilegal del país, según la CAME.
Es mentira que con la ley "Prostíbulos Cero" se vaya a combatir la trata de personas y la explotación sexual, cuando desde hace años existen herramientas legales federales, provinciales y municipales contra el proxenetismo y nunca se hizo nada, ya que es un negocio que involucra directamente a la Policía y a los tres poderes republicanos, según denuncian las propias prostitutas y las organizaciones de derechos humanos.
Es mentira que la desocupación en la provincia es del 3,8 % como dice el gobernador y que durante su gestión se crearon 300.000 puestos de trabajo. Según el Indec -un organismo que sólo sabe dibujar optimismo- en Tucumán hay 283.000 personas ocupadas, 163.000 en el sector privado y 120.000 empleados del Estado. A ello deben sumarse 150.000 que reciben planes sociales, medio millón que son menores de 18 años, 210.000 jubilados y pensionados, y 115.000 estudiantes que en teoría no trabajan. Esto suma aproximadamente 1,258 millón de personas, sobre un total de 1,5 millón de habitantes. Hay casi un cuarto de millón de personas que no trabajan o trabajan en negro que no figuran en los guarismos del gobernador y bastante más que los 14.000 desocupados que dice que hay Alperovich.
Es mentira que el escándalo por millonarios sobreprecios en obras de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo es un caso aislado que empieza y termina en ese organismo y el silencio de su ex titular Miguel Angel Brito bien vale su nombramiento como asesor del senador Sergio Mansilla en el Congreso de la Nación.
Es mentira que la inseguridad es una sensación amplificada por los medios de comunicación, cuando ya casi no queda un ciudadano que no haya sido víctima de algún delito.
Lo que sí es verdad es que la ciudadanía está cada vez más acostumbrada a convivir con la mentira y a aceptarla como algo natural. Los funcionarios disparan cualquier dislate y nadie se escandaliza ni asombra. Todo da lo mismo y a nadie le importa. Y el poder sabe esto mejor que nadie. Antes a los muertos los tapaban con diarios, hoy los cubren con billetes.
Es mentira que las industrias han disminuido su aporte al envenenamiento de los cursos naturales de agua, según consta en informes técnicos locales -no oficiales- y de las provincias de Santiago del Estero y de Córdoba.
Es mentira que se controla al transporte ilegal, cuyo apogeo al amparo de la corrupción en la capital sigue en alza a seis años de la creación de una pantomima llamada Sutrapa, y en el interior los taxis rurales sin papeles y los colectivos truchos circulan con tanta libertad que hasta son rentados para arriar tropa a los actos políticos.
Es mentira que existe una lucha contra el comercio ilegal, que ya ostenta el récord de casi 600 puestos de venta informal en la provincia, sin contar a miles de vendedores ambulantes que coparon los centros comerciales de la capital y del Gran Tucumán, pese a las numerosas promesas preelectorales del gobernador Alperovich. Se trata de un gran negocio montado sobre el empleo en negro, la evasión, el contrabando de mercadería y la coima al por mayor, que pone a Tucumán en el sexto lugar en comercio ilegal del país, según la CAME.
Es mentira que con la ley "Prostíbulos Cero" se vaya a combatir la trata de personas y la explotación sexual, cuando desde hace años existen herramientas legales federales, provinciales y municipales contra el proxenetismo y nunca se hizo nada, ya que es un negocio que involucra directamente a la Policía y a los tres poderes republicanos, según denuncian las propias prostitutas y las organizaciones de derechos humanos.
Es mentira que la desocupación en la provincia es del 3,8 % como dice el gobernador y que durante su gestión se crearon 300.000 puestos de trabajo. Según el Indec -un organismo que sólo sabe dibujar optimismo- en Tucumán hay 283.000 personas ocupadas, 163.000 en el sector privado y 120.000 empleados del Estado. A ello deben sumarse 150.000 que reciben planes sociales, medio millón que son menores de 18 años, 210.000 jubilados y pensionados, y 115.000 estudiantes que en teoría no trabajan. Esto suma aproximadamente 1,258 millón de personas, sobre un total de 1,5 millón de habitantes. Hay casi un cuarto de millón de personas que no trabajan o trabajan en negro que no figuran en los guarismos del gobernador y bastante más que los 14.000 desocupados que dice que hay Alperovich.
Es mentira que el escándalo por millonarios sobreprecios en obras de la Dirección de Arquitectura y Urbanismo es un caso aislado que empieza y termina en ese organismo y el silencio de su ex titular Miguel Angel Brito bien vale su nombramiento como asesor del senador Sergio Mansilla en el Congreso de la Nación.
Es mentira que la inseguridad es una sensación amplificada por los medios de comunicación, cuando ya casi no queda un ciudadano que no haya sido víctima de algún delito.
Lo que sí es verdad es que la ciudadanía está cada vez más acostumbrada a convivir con la mentira y a aceptarla como algo natural. Los funcionarios disparan cualquier dislate y nadie se escandaliza ni asombra. Todo da lo mismo y a nadie le importa. Y el poder sabe esto mejor que nadie. Antes a los muertos los tapaban con diarios, hoy los cubren con billetes.






