Aplausos sospechosos

Por Juan Manuel Asis 23 Agosto 2012
En esta época no sorprende que la oposición critique y denuncie, que haya corrupción en el poder político, que las iniciativas oficiales escondan mensajes mafiosos más que buenas intenciones y que aumente la "sensación" de inseguridad. No es incorrecto que los opositores cuestionen al poder de turno; es el rol al que quedan reducidos después de los comicios: ser los ojos de las minorías y contralor de las autoridades del Gobierno para evitar los abusos. Pero las irregularidades siempre dicen presente en este país, y no importa la ideología de los que cometen ilícitos. Ahí está Ciccone y Amado Boudou, el ex presidente radical Fernando de la Rúa en un juicio por sobornos en el Senado para aprobar una ley, y el funcionario de la DAU cuestionado por manejar discrecionalmente dineros públicos.

Sin embargo, a esta altura de la vida institucional, no importan tanto los nombres, sino que al Estado le encontraron la vuelta -o le descubrieron sus debilidades- para abusar de él. Llama a preguntar: ¿aquellos son los únicos o hay más corruptos? ¿Son efectivos los controles estatales para con sus funcionarios? La impresión es que aquí se investiga lo que se quiere y lo que no se quiere, no. Depende de la influencia del poderoso de turno. Por ejemplo, la ley "Prostíbulos cero" dejó en claro que en Tucumán nada se hace sin la aprobación del gobernador, José Alperovich. Nadie puede tener iniciativas propias, y si las tiene, debe consensuarlas con el jefe, porque es el único que manda. Verticalismo consensuado, pactado, impuesto o convenido tácitamente. Lo que sea. Uno arriba, el resto abajo. Es el modelo de conducción impuesto en estos tiempos.

En ese marco, con nueve años de alperovichismo -o de kirchnerismo, da igual- es hasta normal que le hallen falencias al sistema y que le saquen provecho desde el lugar en que se encuentren. Es que el poder tienta a alterar la realidad, a modificarla para mejorar la vida social. Claro que para unos cuantos que ocupan espacios privilegiados sólo se trata de cambiarla para beneficio propio, o de los amigos, o de los familiares. Después se pensará en la comunidad. Esta especie, para la que la política es un medio de vida y no una vocación con espíritu de servicio, es la que primero percibe las debilidades del Estado y halla los resquicios por los cuales puede sacar ventajas.

Sin embargo, tanto tiempo en el poder hace que se cometan errores y que haya investigaciones, aunque algunos puedan ocultar sus abusos. Además de la corrupción que puede generarse al amparo de un largo período de gestión, tanta permanencia tiene contraindicaciones políticas para sus ocasionales dueños. Se torna contraproducente para el conductor porque llega a creer que sigue mandando cuando, en realidad, los aplausos de los de abajo ya no son de aduladores falsos sino de gente que quiere seguir explotando privilegios y sacarle prebendas al sistema. El patrón los deja hacer, convencido de que son aplaudidores desinteresados. Pues, a sospechar entonces cuando los de abajo empiecen a exigir re-reelección o reformas constitucionales para garantizar la continuidad del exitoso modelo. Si al jefe lo quieren como jefe es porque le conviene a otros que siga conduciendo. Con el movimiento kirchnerista pro-reforma de la Carta Magna para habilitar a Cristina para un tercer mandato pasa algo similar: los que están beneficiándose con los alcances del "modelo" hacen palmas y piden la eternidad, pero no para la jefa de Estado, sino para sus privilegios. Con los alperovichistas empezó a suceder otro tanto. Que continúe implica ventajas para otros, por más que el ego político tiente a seguir. Es el último modelo político: astucia de los privilegiados de abajo, soberbia ingenua de los supuestos beneficiados de arriba. Bronce para unos, plata para otros. Sin ironías, claro.

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