Gatos sin cascabel

Juan Manuel Montero
Por Juan Manuel Montero 10 Agosto 2012
Pasaron 15 años. Y el número es el mejor indicador. Fueron tres gobiernos, cada uno con características distintas. Pero con los mismos resultados. Ni Antonio Bussi, ni Julio Miranda, ni José Alperovich supieron qué hacer. Y hoy el problema está allí. Sin solución. Y después de tanto tiempo de engaños, de sinrazones, de pretender vivir mejor y no lograrlo, los vecinos del barrio Obispo Piedrabuena se hartaron. Y se van.

A simple vista se trata de una barriada que tiene todo para ser ideal. Está a pocas cuadras del parque 9 de Julio, por lo que la dosis de buen oxígeno está garantizada. Pero hoy los vecinos se sienten asfixiados. El barrio es hermoso, lleno de casas bajas y bien cuidadas. Pero hoy quienes viven allí sienten que los espían las 24 horas. Está a menos de 10 minutos del centro, pero en ese tiempo los pueden asaltar cinco veces en el camino. Las calles están pavimentadas y, en una época, los chicos podían jugar sin problemas en la vereda. Pero, hoy su nombre es uno de los sinónimos de infierno.

¿Cuál es la diferencia entre el barrio Obispo Piedrabuena y otros de Tucumán que sufren tanto o más por la inseguridad? Que hace 15 años, cuando los ladrones ya se habían adueñado de la zona, los vecinos decidieron enfrentarlos. Y fueron los primeros que se unieron, que crearon una Asociación Civil ya que, dijeron, si no estaban juntos en su patriada, nadie haría nada por ellos. Y recorrieron oficinas de funcionarios, y hablaron con los policías, y entregaron dinero y hasta compraron un vehículo, y pusieron más luces en las cuadras, y se pasaron los teléfonos para estar todo el tiempo comunicados por si algo malo pasaba, y mostraron sus acciones en todos los medios para que los otros, los malos, supieron que no se iban a dejar vencer tan fácilmente.

Pero... En el medio hasta hubo casos de corrupción (nunca aclarados), desaparecieron los implementos que se habían comprado para la Policía y los vecinos hasta dejaron de tener contacto con quienes presumiblemente debían cuidarlos. Pasó el tiempo y el sueño mutó en pesadilla.

En Tucumán los ladrones ganan. Se encuentran con una policía desguazada, cuya función de prevención quedó en manos de dependencias que no están acostumbradas a ello, como las comisarías. Ya casi nada queda del Comando Radioeléctrico, o de las Patrullas Motorizada o Urbana. ¿Qué pasó con el no tan viejo plan, anunciado con bombos y platillos por el Ministerio de Seguridad, de poner patrulleros (autos o motos) monitoreados por GPS en cuadrillas para tener una respuesta más rápida? La vieja e insoportable muletilla de "no tenemos nafta para el móvil" sigue vigente y eso, siempre y cuando los uniformados se dignen a contestar el teléfono, tanto celular como fijo.

Los vecinos, hastiados, siempre apostarán a vivir en un lugar mejor. Por eso es para aplaudir la iniciativa de quienes viven en calle Coronel Zelaya al 400, en Barrio Floresta, quienes con intervenciones personales lograron reducir a cero el índice delictivo. Tal vez sin saberlo, tomaron el ejemplo de quienes hace 15 años vivían en el Obispo Piedrabuena. Sería bueno que supieran lo que pasó luego con esa misma experiencia. Mientras tanto, los funcionarios aún discuten si la inseguridad es una sensación. Dan grandes discursos y se sacan fotos apoyando los reclamos vecinales. Y en una escuela del sur de la capital, los asaltantes dan otra muestra, en medio de los alumnos, de quienes son los que verdaderamente están organizados. Nada les importó y, por suerte, el ataque no terminó en desgracia. Todo debe tener un límite. ¿Quién le pondrá el cascabel al gato?

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