Una interna partidaria, en la organización política que sea, posiciona al partido ante la opinión pública; ya sea para ganar o perder simpatías, para reafirmar valores propios o bien para traicionar su historia. En ese marco, la forma en que finalmente se dirimen los espacios de poder termina delineando una imagen que catapulta o hunde en las preferencias electorales a una agrupación política. Y las formas se reducen a dos: con sufragios que legitiman victorias o con arreglos de cúpulas que dejan una larga lista de heridos. Que haya disputas entre dirigentes en las urnas es lo más sano para la democracia interna, ya sea peronista, radical, democristiana, bussista o de izquierda, porque las representatividades primarias que se obtienen con los votos son las que revalorizan a los electos, hacia dentro de la organización, pero indirectamente también fronteras afuera, porque pintan al partido, sus intenciones, sus objetivos y las calidades de la dirigencia política.
Hoy, la UCR está en la mira, su proceso interno es seguido por sus afiliados, pero también es observado por electores que tal vez están buscando alternativas al alperovichismo para 2013, o para 2015. ¿Ofrece el radicalismo esa alternativa con el desarrollo electoral interno? Es una pregunta a hacerse, más allá de las lecturas políticas que se efectúen puertas adentro del centenario partido. ¿Es la forma en que la UCR tucumana será mirada como opción? Si no se aspira a superar los 100.000 sufragios que en promedio vienen sacando en los últimos comicios y si están convencidos que ese es el techo electoral, entonces hay gente que no está pensando en grande ni con vocación de poder. Sólo están tratando de resguardar los pocos espacios que han obtenido. Algo así como defender la quintita. Es lo que se ve desde afuera. No se descubre a un gran partido detrás de las conductas humanas; las debilidades de la dirigencia son las que afectan las chances futuras. Es verdad que a veces es mejor un arreglo -siempre en "aras de la unidad"- que una disputa interna sin sentido, especialmente cuando se sabe quién va a ganar. En el PJ tucumano, después de la victoria de la senadora Beatriz Rojkés sobre Fernando Juri en 2007 -por los cargos partidarios-, la mayoría peronista sabe quién maneja los hilos y a quién no hay que enfrentarse. Las cosas están claras. En la UCR, sin embargo, no se sabe hoy cuánto "calzan" electoralmente algunos de los suyos. En ese sentido, da la impresión que los acuerdos son, precisamente, para no descubrirlo. Como si formalizar una lista de unidad fuera garantía de un poder tácito; cuando al poder sólo lo dan los votos; así haya una lista única.
¿No quieren mostrar que no pueden movilizar el partido?, ¿temen que vayan pocos afiliados a sufragar en una elección? En vez de convertir a la interna en una vidriera para atraer electores independientes que tal vez estén pensando en un cambio después de tanta hegemonía alperovichista, los radicales se han empecinado en arruinar sus propias chances. No se puede menos que concluir en una antigua afirmación, propia del folclore político: allí donde hay dos radicales, hay una disputa interna. Podrán finalmente ponerse de acuerdo, podrán sobrevenir renuncias por la forma en que se está desarrollando este proceso electoral, podrá haber arrepentimientos y un nuevo juego; pero lo que es seguro es que hay una mirada corta; y vale tanto para los que sellan pactos con buenos argumentos como los que encuentran motivos para oponerse con razones sólidas. Los que pierden no son ellos, ni los unos ni los otros, es la UCR. Los de afuera sonríen. En 2013, Tucumán renueva cuatro bancas de diputados nacionales, y el cuarto necesitará -según los últimas votaciones-, más de 100.000 sufragios.
Hoy, la UCR está en la mira, su proceso interno es seguido por sus afiliados, pero también es observado por electores que tal vez están buscando alternativas al alperovichismo para 2013, o para 2015. ¿Ofrece el radicalismo esa alternativa con el desarrollo electoral interno? Es una pregunta a hacerse, más allá de las lecturas políticas que se efectúen puertas adentro del centenario partido. ¿Es la forma en que la UCR tucumana será mirada como opción? Si no se aspira a superar los 100.000 sufragios que en promedio vienen sacando en los últimos comicios y si están convencidos que ese es el techo electoral, entonces hay gente que no está pensando en grande ni con vocación de poder. Sólo están tratando de resguardar los pocos espacios que han obtenido. Algo así como defender la quintita. Es lo que se ve desde afuera. No se descubre a un gran partido detrás de las conductas humanas; las debilidades de la dirigencia son las que afectan las chances futuras. Es verdad que a veces es mejor un arreglo -siempre en "aras de la unidad"- que una disputa interna sin sentido, especialmente cuando se sabe quién va a ganar. En el PJ tucumano, después de la victoria de la senadora Beatriz Rojkés sobre Fernando Juri en 2007 -por los cargos partidarios-, la mayoría peronista sabe quién maneja los hilos y a quién no hay que enfrentarse. Las cosas están claras. En la UCR, sin embargo, no se sabe hoy cuánto "calzan" electoralmente algunos de los suyos. En ese sentido, da la impresión que los acuerdos son, precisamente, para no descubrirlo. Como si formalizar una lista de unidad fuera garantía de un poder tácito; cuando al poder sólo lo dan los votos; así haya una lista única.
¿No quieren mostrar que no pueden movilizar el partido?, ¿temen que vayan pocos afiliados a sufragar en una elección? En vez de convertir a la interna en una vidriera para atraer electores independientes que tal vez estén pensando en un cambio después de tanta hegemonía alperovichista, los radicales se han empecinado en arruinar sus propias chances. No se puede menos que concluir en una antigua afirmación, propia del folclore político: allí donde hay dos radicales, hay una disputa interna. Podrán finalmente ponerse de acuerdo, podrán sobrevenir renuncias por la forma en que se está desarrollando este proceso electoral, podrá haber arrepentimientos y un nuevo juego; pero lo que es seguro es que hay una mirada corta; y vale tanto para los que sellan pactos con buenos argumentos como los que encuentran motivos para oponerse con razones sólidas. Los que pierden no son ellos, ni los unos ni los otros, es la UCR. Los de afuera sonríen. En 2013, Tucumán renueva cuatro bancas de diputados nacionales, y el cuarto necesitará -según los últimas votaciones-, más de 100.000 sufragios.







