08 Agosto 2012 Seguir en 
El analfabetismo, el desempleo, la inequidad social, la desigualdad de oportunidades, la crisis de valores que es una consecuencia de la falta de educación, entre otros aspectos, han contribuido en los últimos lustros a un incremento inquietante de la marginalidad, de la delincuencia, de la drogadicción, de la violencia. Ciertamente, Tucumán no es una excepción en este panorama. Hay zonas, llamadas calientes o rojas, bien identificadas en la capital provincial como "La Bombilla", "El Sifón", Trulalá, El Chivero o La Costanera, integrada por una decena de asentamientos.
En nuestra edición del lunes dedicamos un amplio espacio a "La Ciudad de Dios", un barrio de nueve manzanas, rodeado por los tres primeros, donde los ómnibus no ingresan, tampoco los taxistas porque corren el riesgo de ser asaltados. Sus habitantes admiten la inseguridad. "Los delincuentes son de todas las edades; de acá no se puede salir porque si dejás un rato la casa sola, volvés y la encontrás vacía", reveló una mujer, a quien le rompieron la puerta hace dos meses y balearon su vivienda para robarle. Otra vecina contó que en la esquina de Juan José Paso y Tagle, se reúnen los drogadictos todas las tardes. Un hombre expuso su práctica de la desconfianza ("no hay que meterse en nada ni andar discutiendo para evitar problemas", refiriéndose a su comportamiento cuando ve a chicos de 12 años asaltando a las mujeres).
La inseguridad se ha extendido, por cierto, al resto de la ciudad. Hay sectores de probada peligrosidad como Villa 9 de Julio y los barrios Piedrabuena y Centenario, donde los vecinos padecen a diario las acciones de los delincuentes, en especial, de los motoarrebatadores. Hace pocos días dimos cuenta de una familia que vive en el pasaje Gardel y que puso en venta su casa, harta de los robos. Los habitantes de Barrio Sur también han comenzado a sentir los estragos de los malhechores y han reclamado mayor seguridad a la Policía.
Estas no son, por cierto, realidades desconocidas por la clase dirigente. En el caso de las llamadas zonas rojas, perfectamente delimitadas en el ejido, si se deseara avanzar hacia la integración, la contención social, el Estado debería enviar a una legión de asistentes sociales o voluntarios para que hicieran un diagnóstico de las necesidades y carencias. Debería haber alfabetizadores que recorran las villas, en busca no sólo de niños y jóvenes analfabetos, sino también adultos. Podría tal vez implementar en cada barriada una actividad deportiva sostenida; entusiasmarlos a los chicos, por ejemplo, no sólo en el fútbol o básquet, sino en el atletismo. Implementar talleres culturales (teatro, artes plásticas, escritura, danzas, periodismo) y de enseñanza de oficios.
No se entiende que en todos estos años el Estado no haya podido diseñar una política interdisciplinaria que surja de un debate en el que participen las áreas de Salud, Educación, Deportes y Cultura, como especialistas de las cuatro universidades, de ONGs que trabajen en el tema de las adicciones, de instituciones civiles, representantes de centros vecinales. Si la realidad así lo indicara, se debería alfabetizar in situ, en particular, a los adultos, no esperar que ellos vayan a la escuela. La marginalidad no se soluciona con planes paliativos, sino con educación. ¿Qué hará falta para que la clase dirigente se anime a tomar el toro por las astas y a trabajar con toda la sociedad para contribuir a dignificar a estos ciudadanos?
En nuestra edición del lunes dedicamos un amplio espacio a "La Ciudad de Dios", un barrio de nueve manzanas, rodeado por los tres primeros, donde los ómnibus no ingresan, tampoco los taxistas porque corren el riesgo de ser asaltados. Sus habitantes admiten la inseguridad. "Los delincuentes son de todas las edades; de acá no se puede salir porque si dejás un rato la casa sola, volvés y la encontrás vacía", reveló una mujer, a quien le rompieron la puerta hace dos meses y balearon su vivienda para robarle. Otra vecina contó que en la esquina de Juan José Paso y Tagle, se reúnen los drogadictos todas las tardes. Un hombre expuso su práctica de la desconfianza ("no hay que meterse en nada ni andar discutiendo para evitar problemas", refiriéndose a su comportamiento cuando ve a chicos de 12 años asaltando a las mujeres).
La inseguridad se ha extendido, por cierto, al resto de la ciudad. Hay sectores de probada peligrosidad como Villa 9 de Julio y los barrios Piedrabuena y Centenario, donde los vecinos padecen a diario las acciones de los delincuentes, en especial, de los motoarrebatadores. Hace pocos días dimos cuenta de una familia que vive en el pasaje Gardel y que puso en venta su casa, harta de los robos. Los habitantes de Barrio Sur también han comenzado a sentir los estragos de los malhechores y han reclamado mayor seguridad a la Policía.
Estas no son, por cierto, realidades desconocidas por la clase dirigente. En el caso de las llamadas zonas rojas, perfectamente delimitadas en el ejido, si se deseara avanzar hacia la integración, la contención social, el Estado debería enviar a una legión de asistentes sociales o voluntarios para que hicieran un diagnóstico de las necesidades y carencias. Debería haber alfabetizadores que recorran las villas, en busca no sólo de niños y jóvenes analfabetos, sino también adultos. Podría tal vez implementar en cada barriada una actividad deportiva sostenida; entusiasmarlos a los chicos, por ejemplo, no sólo en el fútbol o básquet, sino en el atletismo. Implementar talleres culturales (teatro, artes plásticas, escritura, danzas, periodismo) y de enseñanza de oficios.
No se entiende que en todos estos años el Estado no haya podido diseñar una política interdisciplinaria que surja de un debate en el que participen las áreas de Salud, Educación, Deportes y Cultura, como especialistas de las cuatro universidades, de ONGs que trabajen en el tema de las adicciones, de instituciones civiles, representantes de centros vecinales. Si la realidad así lo indicara, se debería alfabetizar in situ, en particular, a los adultos, no esperar que ellos vayan a la escuela. La marginalidad no se soluciona con planes paliativos, sino con educación. ¿Qué hará falta para que la clase dirigente se anime a tomar el toro por las astas y a trabajar con toda la sociedad para contribuir a dignificar a estos ciudadanos?







