Nacieron a fines de la década del 70. Algunas corrientes seudocientíficas del último milenio acostumbran a identificarlos con un color. Son los llamados niños índigo. Y según esta línea de pensamiento -la new age- forman parte de la evolución de la especie humana. Sostienen que los homo videns de fines del siglo XX alcanzaron un avance superlativo en lo espiritual, lo ético y lo mental. En definitiva, argumentan que son más sensibles ante el mundo, viven apegados a lo que les marca la moral y son más inteligentes que sus antecesores.
Pero al inicio de la década pasada, Tucumán también vio nacer a otros niños especiales. Fue cuando los parámetros de la seguridad mundial se vieron convulsionados a raíz del 11-S. El aumento de la delincuencia en las calles y el fracaso de los gobiernos para solucionar el problema generó un nuevo tipo de infantes: los "niños del balcón"; los que descubrieron el mundo de manera virtual, a través de una consola de videojuegos.
Producto del excesivo temor de sus padres, los niños del balcón viven refugiados en sus casas o departamentos durante todo el día. Solo salen para ir a la escuela. En pocas ocasiones respiran el verde de alguna plaza o parque. Los niños del balcón no saben andar en bicicleta hasta después de los ocho años. Tampoco juegan a la pelota en la calle ni pudieron cumplir el sueño de la casa propia, edificada sobre las ramas de un árbol. Los niños del balcón nunca oyeron el zumbido de la piedra cuando es lanzada con una honda. Nunca pescaron cangrejos de un arroyo, ni tampoco se ensuciaron las manos levantando etiquetas de cigarrillos del piso. Los niños del balcón son los hijos de una sociedad desbordada por el miedo.
Pero al inicio de la década pasada, Tucumán también vio nacer a otros niños especiales. Fue cuando los parámetros de la seguridad mundial se vieron convulsionados a raíz del 11-S. El aumento de la delincuencia en las calles y el fracaso de los gobiernos para solucionar el problema generó un nuevo tipo de infantes: los "niños del balcón"; los que descubrieron el mundo de manera virtual, a través de una consola de videojuegos.
Producto del excesivo temor de sus padres, los niños del balcón viven refugiados en sus casas o departamentos durante todo el día. Solo salen para ir a la escuela. En pocas ocasiones respiran el verde de alguna plaza o parque. Los niños del balcón no saben andar en bicicleta hasta después de los ocho años. Tampoco juegan a la pelota en la calle ni pudieron cumplir el sueño de la casa propia, edificada sobre las ramas de un árbol. Los niños del balcón nunca oyeron el zumbido de la piedra cuando es lanzada con una honda. Nunca pescaron cangrejos de un arroyo, ni tampoco se ensuciaron las manos levantando etiquetas de cigarrillos del piso. Los niños del balcón son los hijos de una sociedad desbordada por el miedo.







