El que espera a los señores de las cajas

Por Álvaro José Aurane 07 Agosto 2012
Prefiere el frío. Es el mejor momento para esperar a los hombres de las cajas. Los aguarda de noche. Encandilado. Llega justo cuando ellos están apagando las computadoras y los monitores con formas de caja, y salen de sus oficinas que parecen cajas y se van a sus casas como cajas en sus autos-caja. Y se les aproxima.

A menudo, los hombres de las cajas no lo ven venir: están entrenados para no ver a los que son como él. Cuando se acercan los que no tienen ninguna caja, muchos ocupantes de cajas móviles actúan como si las ventanillas estuvieran de más. Como si quisieran que la caja rodante fuera más caja de lo que es. Pero a él no pueden evitar mirarlo. Su presentación es... irresistible.

El semáforo de la cruel ironía detiene a las cajas, en fila, en la zona de La Maternidad. Y el niño abandona la platabanda descalzo. Y ensaya una medialuna en la Mate de Luna. Y otra. Con el torso desnudo. Y otra más. Con el pantalón azul que parece un trapito. Y se incorpora. Ante los ojos de las madres con las pupilas congeladas de ver las caras de sus hijos en el rostro de ese pequeño. Él se acerca a la puerta del conductor acalorado por la calefacción que lo avergüenza. Y dice, entonces, todo lo que tiene para decir a los señores de las cajas. "Moneda". Ni "una". Ni "por favor". "Moneda".

Algunas cajas se mantienen imperturbables. Otras activan un segundo motor y el cristal desciende y la moneda aparece. Y el pequeño, de ojitos rojos por todos los faros traseros encendidos, de labios morados por todas las personas que no se ponen coloradas, sonríe. Y se va brincando en su liviana infancia. Con el billete de mi culpa.

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