Mientras el mundo se pregunta si el faro de Estados Unidos estará acaso apagándose, el demócrata Barack Obama y el republicano Mitt Romney -y sus respectivas usinas electorales- se preparan para disputarse el control del timón del crucero imperial durante los próximos cuatro años. No será una navegación placentera sino todo lo contrario: el cuadragésimo quinto jefe de Estado deberá hacer maniobras decisivas para demostrar que las dificultades que aquejan a su país son una mera coyuntura desfavorable y no el repliegue de la otrora primera potencia planetaria.
Ambos líderes contemplan el futuro inmediato de Washington a través del mismo catalejo. "Nadie que diga que estamos en declive sabe de lo que está hablando", afirma el Presidente que busca la reelección apelando a la decepcionada sensibilidad progresista. "Este será un siglo estadounidense", postula, a su vez, el ex gobernador de Massachusetts y representante del pensamiento de derechas.
EEUU genera un cuarto del producto bruto mundial y su presupuesto de defensa supera al del conjunto de sus rivales. Enfrentados real o ficticiamente en todo lo demás, Obama y Romney coinciden en aferrarse a estos datos para negar la realidad -cada vez más tangible- de un planeta multipolar. Un orden internacional que el profesor de la Universidad de Georgetown, Charles Kupchan, describió recientemente en un comentario publicado en The New York Times: "China y los países emergentes desafían el modelo de democracia, capitalismo y secularismo que EEUU exportó una y otra vez justificando los medios por los fines. Este siglo será el primero en la historia de la humanidad en que múltiples versiones de organización social y modernidad coexisten en un mundo interconectado: Occidente ya no revestirá la condición de único gestor de la globalización".
Principio
EEUU comenzó a tambalearse hace 10 años, cuando un grupo de extremistas islámicos ejecutó en Nueva York y Washington la serie lacerante de atentados conocidos por la sigla 11-S. Tras aquella trompada en la mandíbula, el Gobierno se entregó, por un lado, a la guerra preventiva y trillonaria en Oriente Próximo y Medio -con victorias de más que dudosa calidad-, y, por el otro, a la tarea de restringir libertades individuales y derechos humanos en nombre de la seguridad nacional. Entretanto, los amos de Wall Street fundieron el sistema hipotecario y el país entró histéricamente en una crisis económica aún vigente.
Los calamitosos ocho años de George Bush junior prepararon el terreno para el inédito aterrizaje en la Casa Blanca de un político negro que disimuló sus escasas credenciales con las altas expectativas contenidas en el discurso del "Yes we can" ("Sí podemos"). Obama arrolló a sus contrincantes (los experimentados Hillary Clinton -en las primarias- y John McCain -en las presidenciales-), pero el brillo de su estrella duró lo que un suspiro: en los comicios de medio término de 2010, el electorado castigó a los demócratas concediendo a los republicanos la mayoría en el Congreso de la Nación. Y, desde entonces, la distribución pareja del poder entre los dos grandes partidos ha bloqueado la discusión de las reformas trascendentes y, en consecuencia, favorecido el mantenimiento del statu quo.
Nudo
El idilio de la Administración Obama con sus votantes se resquebrajó cuando unos y otros concluyeron que los cambios prometidos excedían las posibilidades del Gobierno. Para comenzar, y pese al premio Nobel que el Presidente ganó nueve meses después de asumir el cargo, la política militar giró tímida y no radicalmente hacia la paz. La intención de cerrar la prisión de Guantánamo pasó a un inquietante cuarto intermedio y la lógica opaca de la guerra continuó rigiendo las operaciones de descabezamiento de la cúpula de Al Qaeda. Obama, además, inauguró la era del controvertido uso intensivo de ataques aéreos con aviones no tripulados.
Tampoco hubo reforma inmigratoria ni iniciativa agresiva en materia de calentamiento global. Y si bien en el ámbito diplomático Obama logró mejorar las deterioradas relaciones bilaterales que heredó de Bush (filtraciones de Wikileaks mediante), no cedió ni un centímetro en la posición conservadora de su antecesor respecto del conflicto entre Israel y Palestina, y la cuestionada política antidrogas para el continente americano.
Puertas adentro, el gran logro de su gestión está todavía por verse. Ocurre que la Corte Suprema de Estados Unidos decidirá en junio la suerte de la enmienda al crítico sistema de salud. Una sentencia eventualmente adversa a la nueva ley terminará con el propósito de mejorar la cobertura en general e incorporar en el seguro sanitario a más de 40 millones de ciudadanos con bajos ingresos.
Desenlace
"At the end, it's all about the economy" ("pero al final, todo lo que importa es la economía"). Las cuestiones mencionadas devienen secundarias frente a la convicción de que la mayor parte de los estadounidenses vota con el bolsillo. Por eso la campaña (cuyo tramo final comienza en septiembre, tras la unción de los candidatos) gravita alrededor de la creación de empleos, el estímulo a la inversión, los recortes presupuestarios, el déficit de las cuentas públicas y la política tributaria.
Por eso uno de los caballos de batalla de Obama es el proyecto que pretende aumentar los impuestos a los contribuyentes de altos ingresos (propuesta conocida con el nombre de su promotor, el billonario Warren Buffett) y por eso el opositor Romney, que por cierto juega en el club de los ricos de EEUU con una fortuna personal de más de U$S 300 millones, se vende a sí mismo como un hombre que entiende de empresas, mercados y puestos de trabajo.
Aunque la economía ha mostrado signos de recuperación, el índice de desempleo sigue siendo alto (8,1% según la medición oficial de abril). La crisis, además, ha expuesto un fenómeno de inequidad y concentración de la riqueza de dimensiones alarmantes. En paralelo, el adelgazamiento de la clase media amenaza la promesa de movilidad que caracterizó sempiternamente a Estados Unidos. El malhumor social está a la orden del día, como ha puesto de relieve la versión vernácula del movimiento de los indignados llamada Occupy Wall Street.
La primera paradoja es que tanto Obama como Romney necesitan el voto de los sectores medios para ganar las elecciones. En un país donde el sufragio no es obligatorio, la campaña de seducción tiende a concentrarse en los llamados swing States o Estados que, al menos en principio, no se definen ni como demócratas ni como republicanos (Florida, Ohio, North Carolina, Virginia, Colorado, Nevada, Iowa y New Hampshire, entre ellos). La segunda paradoja es que, para conquistar a ese votante independiente y oscilante, los partidos deben antes salir victoriosos de la carrera de recaudación de fondos de donantes privados.
El volumen de donaciones conseguidas funciona, a su vez, como un barómetro de popularidad. El candidato que recibe más dinero tiene históricamente mejores posibilidades de ganar. Las comparaciones son odiosas: en 2008, Obama registró un récord de U$S 750 millones; a esta altura de las primarias, había obtenido U$S 234 millones, es decir, U$S 38 millones más que en el presente.
"It's all about the economy… and money". La necesidad voraz de sumar fondos entrampa a los candidatos en un torbellino de relaciones con los lobbies que representan intereses particulares. Eventualmente, esas deudas terminan condicionando la gestión del ganador de los comicios, que debe gobernar para sus votantes y donantes. Así planteado, el sistema ahoga los cambios drásticos, y diluye las supuestas diferencias entre demócratas y republicanos. A ese extremo llega la previsibilidad que Estados Unidos ha acuñado como cualidad de referencia del mundo desarrollado.
Ambos líderes contemplan el futuro inmediato de Washington a través del mismo catalejo. "Nadie que diga que estamos en declive sabe de lo que está hablando", afirma el Presidente que busca la reelección apelando a la decepcionada sensibilidad progresista. "Este será un siglo estadounidense", postula, a su vez, el ex gobernador de Massachusetts y representante del pensamiento de derechas.
EEUU genera un cuarto del producto bruto mundial y su presupuesto de defensa supera al del conjunto de sus rivales. Enfrentados real o ficticiamente en todo lo demás, Obama y Romney coinciden en aferrarse a estos datos para negar la realidad -cada vez más tangible- de un planeta multipolar. Un orden internacional que el profesor de la Universidad de Georgetown, Charles Kupchan, describió recientemente en un comentario publicado en The New York Times: "China y los países emergentes desafían el modelo de democracia, capitalismo y secularismo que EEUU exportó una y otra vez justificando los medios por los fines. Este siglo será el primero en la historia de la humanidad en que múltiples versiones de organización social y modernidad coexisten en un mundo interconectado: Occidente ya no revestirá la condición de único gestor de la globalización".
Principio
EEUU comenzó a tambalearse hace 10 años, cuando un grupo de extremistas islámicos ejecutó en Nueva York y Washington la serie lacerante de atentados conocidos por la sigla 11-S. Tras aquella trompada en la mandíbula, el Gobierno se entregó, por un lado, a la guerra preventiva y trillonaria en Oriente Próximo y Medio -con victorias de más que dudosa calidad-, y, por el otro, a la tarea de restringir libertades individuales y derechos humanos en nombre de la seguridad nacional. Entretanto, los amos de Wall Street fundieron el sistema hipotecario y el país entró histéricamente en una crisis económica aún vigente.
Los calamitosos ocho años de George Bush junior prepararon el terreno para el inédito aterrizaje en la Casa Blanca de un político negro que disimuló sus escasas credenciales con las altas expectativas contenidas en el discurso del "Yes we can" ("Sí podemos"). Obama arrolló a sus contrincantes (los experimentados Hillary Clinton -en las primarias- y John McCain -en las presidenciales-), pero el brillo de su estrella duró lo que un suspiro: en los comicios de medio término de 2010, el electorado castigó a los demócratas concediendo a los republicanos la mayoría en el Congreso de la Nación. Y, desde entonces, la distribución pareja del poder entre los dos grandes partidos ha bloqueado la discusión de las reformas trascendentes y, en consecuencia, favorecido el mantenimiento del statu quo.
Nudo
El idilio de la Administración Obama con sus votantes se resquebrajó cuando unos y otros concluyeron que los cambios prometidos excedían las posibilidades del Gobierno. Para comenzar, y pese al premio Nobel que el Presidente ganó nueve meses después de asumir el cargo, la política militar giró tímida y no radicalmente hacia la paz. La intención de cerrar la prisión de Guantánamo pasó a un inquietante cuarto intermedio y la lógica opaca de la guerra continuó rigiendo las operaciones de descabezamiento de la cúpula de Al Qaeda. Obama, además, inauguró la era del controvertido uso intensivo de ataques aéreos con aviones no tripulados.
Tampoco hubo reforma inmigratoria ni iniciativa agresiva en materia de calentamiento global. Y si bien en el ámbito diplomático Obama logró mejorar las deterioradas relaciones bilaterales que heredó de Bush (filtraciones de Wikileaks mediante), no cedió ni un centímetro en la posición conservadora de su antecesor respecto del conflicto entre Israel y Palestina, y la cuestionada política antidrogas para el continente americano.
Puertas adentro, el gran logro de su gestión está todavía por verse. Ocurre que la Corte Suprema de Estados Unidos decidirá en junio la suerte de la enmienda al crítico sistema de salud. Una sentencia eventualmente adversa a la nueva ley terminará con el propósito de mejorar la cobertura en general e incorporar en el seguro sanitario a más de 40 millones de ciudadanos con bajos ingresos.
Desenlace
"At the end, it's all about the economy" ("pero al final, todo lo que importa es la economía"). Las cuestiones mencionadas devienen secundarias frente a la convicción de que la mayor parte de los estadounidenses vota con el bolsillo. Por eso la campaña (cuyo tramo final comienza en septiembre, tras la unción de los candidatos) gravita alrededor de la creación de empleos, el estímulo a la inversión, los recortes presupuestarios, el déficit de las cuentas públicas y la política tributaria.
Por eso uno de los caballos de batalla de Obama es el proyecto que pretende aumentar los impuestos a los contribuyentes de altos ingresos (propuesta conocida con el nombre de su promotor, el billonario Warren Buffett) y por eso el opositor Romney, que por cierto juega en el club de los ricos de EEUU con una fortuna personal de más de U$S 300 millones, se vende a sí mismo como un hombre que entiende de empresas, mercados y puestos de trabajo.
Aunque la economía ha mostrado signos de recuperación, el índice de desempleo sigue siendo alto (8,1% según la medición oficial de abril). La crisis, además, ha expuesto un fenómeno de inequidad y concentración de la riqueza de dimensiones alarmantes. En paralelo, el adelgazamiento de la clase media amenaza la promesa de movilidad que caracterizó sempiternamente a Estados Unidos. El malhumor social está a la orden del día, como ha puesto de relieve la versión vernácula del movimiento de los indignados llamada Occupy Wall Street.
La primera paradoja es que tanto Obama como Romney necesitan el voto de los sectores medios para ganar las elecciones. En un país donde el sufragio no es obligatorio, la campaña de seducción tiende a concentrarse en los llamados swing States o Estados que, al menos en principio, no se definen ni como demócratas ni como republicanos (Florida, Ohio, North Carolina, Virginia, Colorado, Nevada, Iowa y New Hampshire, entre ellos). La segunda paradoja es que, para conquistar a ese votante independiente y oscilante, los partidos deben antes salir victoriosos de la carrera de recaudación de fondos de donantes privados.
El volumen de donaciones conseguidas funciona, a su vez, como un barómetro de popularidad. El candidato que recibe más dinero tiene históricamente mejores posibilidades de ganar. Las comparaciones son odiosas: en 2008, Obama registró un récord de U$S 750 millones; a esta altura de las primarias, había obtenido U$S 234 millones, es decir, U$S 38 millones más que en el presente.
"It's all about the economy… and money". La necesidad voraz de sumar fondos entrampa a los candidatos en un torbellino de relaciones con los lobbies que representan intereses particulares. Eventualmente, esas deudas terminan condicionando la gestión del ganador de los comicios, que debe gobernar para sus votantes y donantes. Así planteado, el sistema ahoga los cambios drásticos, y diluye las supuestas diferencias entre demócratas y republicanos. A ese extremo llega la previsibilidad que Estados Unidos ha acuñado como cualidad de referencia del mundo desarrollado.







