"Me quitaron el caramelo. Y sabés qué, lloré, lloré pero no de cagón, ¿eh?"
. Aquel primer descargo de Jorge Perrone, en la tibia noche de paz del descanso en Arica del Dakar 2011, fue algo así como el principio del fin de este veterano de 10.000 batallas. Por cuestiones burocráticas, le sacaron la roja. Sentenciaron su sueño de completar la carrera más complicada del planeta. Camioneta tenía, fuerzas dentro de ese cuerpo curtido de 74 años, aseguraba, había por docena.
Esa tibia noche de relax en Arica terminó siendo un tormento para el más viejo de todos los pilotos. Le costó recuperarse de aquel gancho al hígado. Le costó volver a la realidad, a entender que el Dakar era parte de su pasado no de un presente en el que él anhelaba verse surcando la rampa de llegada en La Rural, de Buenos Aires. Perrone y su equipo regresaron a casa por la puerta de atrás, con demasiada pena como para sacarle algo de jugo a la gloria de haber sido parte de un show extremadamente hostil y ajeno para los no amantes de los fierros. Antes del último abrazo, Jorge avisó: "quiero revancha".
Pero la vendetta le tiró un caño este año; lo dejó tirado al costado de la ruta. "Me faltó presupuesto. No llegué a juntar la guita para correr", le cuenta hoy a LA GACETA este soldado con título de "Bisabuelo del Dakar". Quiere serlo. Paga por serlo, como también afirmó que haría lo propio por ser tucumano. "Ahora necesito su ayuda. Necesito una mano de mi Tucumán querido", implora sin desarmarse por completo. Perrone está ahí de cruzar la línea de largada de Lima (Perú). "Me falta plata, 100 lucas gringas", reconoce, aunque por un lado respira, ya que ya recaudó U$S 100.000. Le falta la mitad de la torta. "Sabés, desde mi última participación a ésta que se viene pasaron muchas cosas. Fui bisabuelo, je", se alegra el tucumano por adopción. Sin embargo, por lo bajo se sincera. "Me preguntan para qué reniego con esto o por qué no me quedo en casa disfrutando de los nietos y la familia. Es simple: no puedo. Me siento atado de pies y manos. Soy un bicho amante de los fierros, del volante. Aparte, siento que soy un pibe todavía", ríe a sabiendas de que en noviembre los 76 años le estarán tocando la puerta de su casa.
"Y qué, estoy pleno. La cabeza es lo que vale. Ahí me siento un nene y eso es lo que realmente importa. Me entreno como siempre, hago mi rutina. Lo único que cambió en mí son los años, nada más".
¿ Y Violeta? "Bueno, no le gusta mucho la idea, pero a la vez entiende que es lo mío, que ahí soy feliz. Aparte, tengo el antecedente de la última carrera. Me pidió que me cuide y le hice caso. Si me dan la oportunidad de volver también le voy a hacer caso", aclara por las dudas. A su mujer, su amor de toda la vida jamás le fallará. Con ella parece haber nacido y con ella seguirá por los siglos de los siglos. Violeta es su musa inspiradora, su ángel de la guarda en esta loca ilusión de meterse en la conversación con su Hilux.
"No voy a ganar, voy a dar la vuelta. Ni loco tengo con qué pelearle a los equipos de primera. Lo mío pasa por otro lado. Pasa por sentir en carne propia la rudeza de un camino hecho a la medida de una pesadilla; pasa por estar donde me gusta; pasa por estar fino en el volante cuidando cada detalle", describe Perrone la bitácora del Dakar de los equipos chicos.
"No cualquiera puede estar. Ser dakariano es algo especial. Si no estuviste, quizás no lo vas a entender jamás", explica.
Cada segundo cuenta como horas; cada día como meses; cada mes como un siglo. "La fecha se acerca. El 5 de enero, para mí, es ya. Por eso la voy seguir luchando hasta reunir todo el dinero necesario. Sé y confío en que los tucumanos no me van a dar la espalda. Tucumán, mi provincia querida, me alojó de pibe, me trató muy bien de grande y ruego, que ahora de viejo, las cosas no hayan cambiado". Perrone, el Perrone auténtico de siempre, necesita una mano.








