El riesgo de la trampa "por pasarla bien"

Por Redacción Política 07 Abril 2012

Por Arturo Gómez López - Lic. en psicología, sexólogo y psicoterapauta

Si nos fijamos en una libreta de casamiento que tenga unos cuantos años, se consideraba allí el incumplimiento del débito conyugal como causal objetiva de divorcio; lo que supone que la mujer tenía el deber de acceder al pedido de relaciones sexuales de su marido. Supongo que la figura del adulterio (cuya comprobación desde lo legal siempre fue difícil) también era causal objetiva. 

Eliminando el débito conyugal (que las mujeres ya eliminaron hace rato, en tanto hoy son sujetos activos de la sexualidad y acceden por consenso o por deseo propio) y eliminando la figura de la infidelidad (cuya connotación moral negativa ha decaído notoriamente en ambos sexos), creo que divorciarse será, en unos años, un trámite de horas. Las reacciones frente a la infidelidad han ido cambiando. Mientras la sociocultura conservaba un marcado tinte machista, la infidelidad masculina debía ser soportada por la mujer y hasta legitimada. Y la infidelidad femenina era condenada. Eso ha cambiado. Ha cambiado la división del poder entre los sexos, lo que también se aplica, obviamente, a las parejas.

Creo que estamos frente a un momento en el cual todo está igualmente permitido y prohibido para ambos sexos. Como toda construcción cultural, tiene ventajas, desventajas y contradicciones, intrínsecas a la naturaleza humana. Pero es lo que permite la evolución y el cambio de paradigmas.

La reacción frente a la infidelidad ha cambiado porque se ha instalado el supuesto de que puede cometerla cualquiera de los dos. Es un fenómeno de etiología compleja, a veces sintomático. Por ende, podría servir como un disparador fuerte para la reestructuración del vínculo. Aunque a veces responde simplemente al deseo personal de "sentirse y pasarla bien". Creo que deberíamos empezar a estudiar un poco más la estructura de este último caso, pues es probable que, de extenderse, las personas vayan perdiendo la capacidad de empatía (la capacidad de ponerse en el lugar del otro); y que la intencionalidad de la conducta sólo tenga en cuenta los intereses personales, sin importar el efecto que eso tenga en el otro.

Si lo pensamos a escala social, es probable que casi todos los grupos (incluido el familiar) pierdan cohesión por la disminución de la capacidad de amor, de donación y de dolor por el dolor del otro, y la duración de los grupos en el tiempo dependa de mecanismos de regulación estructurados en base a otras variables que generen las necesidad de ciertos premios y el miedo a ciertos castigos.

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