¡Y otra vez el agua! Nadie advirtió en qué momento los nubarrones taparon las estrellas. Las 10.000 sillas de plástico blanco se habían ocupado desde las seis de la tarde. Cuando llegó la noche del sábado, después de un rosario comunitario matizado con canciones, testimonios de milagros y anécdotas de Bernardita, la niña a quien la Virgen se le apareció en Lourdes, el corazón de los fieles estaba abierto de par en par. No cabía un alfiler en el inmenso predio ubicado a la entrada de San Pedro de Colalao. La multitud vibró de emoción: se iniciaba la solemne bajada de la Virgen desde la gruta, en procesión por la ruta, precedida por el propio arzobispo y una fila de sotanas blancas. Los fieles aplaudieron de pie, emocionados. Eran las 20.55 cuando monseñor Alfredo Horacio Zecca se paró en el altar elevado y tomó el micrófono para iniciar la misa... que nunca alcanzó a oficiar. Los nubarrones por fin explotaron y dejaron caer pesadas cortinas de lluvia. El aguacero obligó a salir corriendo a la multitud. El predio quedó vacío en cuestión de segundos, y la imagen resguardada a un costado.
El diluvio duró 20 minutos exactos, y paró tan de golpe como había comenzado. Poco a poco los fieles fueron sacando la cabezas de sus escondites. Los técnicos se arriesgaron a recuperar los cables hundidos en el barro. Algunas luces volvieron a prenderse y de pronto, un "hola, hola, hola..." daba señales de que el micrófono había resucitado.
"Después de esta lluvia, que nos manda la Señora, seguimos aquí porque hemos venido a verla a Ella. ¡Vuelvan queridos peregrinos!", anunció Silvia de Pérez, la guionista de "El Mensaje de Lourdes". "La misa pasará para mañana (domingo) y en un momento damos inicio a la escenificación", prometió. Y así fue.
La obra codirigida por Carlos Kanán y Graciela Weiss subió a escena en su edición número 14. San Pedro de Colalao, el pueblo elegido por los padres franceses para construir su casa de retiro porque tanto les recordaba a su tierra, volvió a transformarse en Lourdes. Todos retrocedimos en el tiempo hasta 1858. 11 de febrero, el día en que la Virgen María se le presentó por primera vez a Bernardita en la gruta de Messabielle, a orillas del Gave, mientras la niña de 14 años juntaba leña junto a su hermana y a una amiga.
La escena vuelve a repetirse ante los ojos de 15.000 fieles, todavía con el pelo mojado. Más de 300 personajes y una veintena de caballos se desplazan por un escenario natural de 10.000 metros cuadrados recreando el latido cotidiano del pueblo elegido por la Virgen.
¡Acción!
Una voz potentísima -la del propio Kanán, con una vasta experiencia en el radioteatro- pone el dramatismo necesario para conmover a la marea de público, que escucha en silencio. Cuatro escenarios se alternan para mostrar los distintos pasajes de la vida de Bernardita, desde cómo vivía con su familia en la extrema pobreza, hasta los momentos cruciales de las distintas apariciones, en una gruta escenográfica (la misma que se ve, levantando la mirada, subiendo por el camino a Hualinchay). Esta última, como un espejo, reproduce la gruta original de Lourdes.
Luces de colores que se prenden en el cerro, sonidos, voces en off y máquinas de humo crean una atmósfera de misterio. Son el soporte técnico de un autosacramental utilizado como catequesis vivencial por el Grupo Lourdes y el Arzobispado de Tucumán para explicar las 18 apariciones de la Virgen.
El público vibra de emoción en cada escena. Fátima Castaño saca un pañuelo y enjuga las lágrimas que le han empezado a mojar las mejillas. "Me habían dicho que era linda la obra, pero no que me iba a emocionar tanto", dice abrazando a su hija Camila. Ella, con la remera empapada, tiritaba de frío. Pero no corre viento. Eso hace que la temperatura sea soportable. Las estrellas, olvidándose del fuerte chaparrón, sonríen en el cielo.
Por detrás de los árboles, a un costado del kilométrico escenario, emerge una luz que no es un reflector. Es la luna, que ha salido a sumarse al Signo de la Luz con el que termina toda la obra. Cuando la Virgen aparece flotando por los aires, como un deux ex maccina medieval, dejando volar su larguísimo manto blanco, la luna ya está en lo alto también, casi completa, pero no alcanza a ser luna llena. Todos prenden sus antorchas al mismo tiempo, público y actores. Velas y celulares con su reflejo azul inundan la noche como millares de luciérnagas.
En San Pedro de Colalao, así como en Lourdes, el agua, que significa purificación y limpieza, deja paso al signo de la luz, que es lo que nos permite "ver" con los ojos físicos y con los ojos del alma. La gruta -todas las grutas- están llenas de barro, sea por el manantial milagroso o por la lluvia. Muchos, como Patricio de Angeli, lo interpretaron así: "es agua bendita".
El diluvio duró 20 minutos exactos, y paró tan de golpe como había comenzado. Poco a poco los fieles fueron sacando la cabezas de sus escondites. Los técnicos se arriesgaron a recuperar los cables hundidos en el barro. Algunas luces volvieron a prenderse y de pronto, un "hola, hola, hola..." daba señales de que el micrófono había resucitado.
"Después de esta lluvia, que nos manda la Señora, seguimos aquí porque hemos venido a verla a Ella. ¡Vuelvan queridos peregrinos!", anunció Silvia de Pérez, la guionista de "El Mensaje de Lourdes". "La misa pasará para mañana (domingo) y en un momento damos inicio a la escenificación", prometió. Y así fue.
La obra codirigida por Carlos Kanán y Graciela Weiss subió a escena en su edición número 14. San Pedro de Colalao, el pueblo elegido por los padres franceses para construir su casa de retiro porque tanto les recordaba a su tierra, volvió a transformarse en Lourdes. Todos retrocedimos en el tiempo hasta 1858. 11 de febrero, el día en que la Virgen María se le presentó por primera vez a Bernardita en la gruta de Messabielle, a orillas del Gave, mientras la niña de 14 años juntaba leña junto a su hermana y a una amiga.
La escena vuelve a repetirse ante los ojos de 15.000 fieles, todavía con el pelo mojado. Más de 300 personajes y una veintena de caballos se desplazan por un escenario natural de 10.000 metros cuadrados recreando el latido cotidiano del pueblo elegido por la Virgen.
¡Acción!
Una voz potentísima -la del propio Kanán, con una vasta experiencia en el radioteatro- pone el dramatismo necesario para conmover a la marea de público, que escucha en silencio. Cuatro escenarios se alternan para mostrar los distintos pasajes de la vida de Bernardita, desde cómo vivía con su familia en la extrema pobreza, hasta los momentos cruciales de las distintas apariciones, en una gruta escenográfica (la misma que se ve, levantando la mirada, subiendo por el camino a Hualinchay). Esta última, como un espejo, reproduce la gruta original de Lourdes.
Luces de colores que se prenden en el cerro, sonidos, voces en off y máquinas de humo crean una atmósfera de misterio. Son el soporte técnico de un autosacramental utilizado como catequesis vivencial por el Grupo Lourdes y el Arzobispado de Tucumán para explicar las 18 apariciones de la Virgen.
El público vibra de emoción en cada escena. Fátima Castaño saca un pañuelo y enjuga las lágrimas que le han empezado a mojar las mejillas. "Me habían dicho que era linda la obra, pero no que me iba a emocionar tanto", dice abrazando a su hija Camila. Ella, con la remera empapada, tiritaba de frío. Pero no corre viento. Eso hace que la temperatura sea soportable. Las estrellas, olvidándose del fuerte chaparrón, sonríen en el cielo.
Por detrás de los árboles, a un costado del kilométrico escenario, emerge una luz que no es un reflector. Es la luna, que ha salido a sumarse al Signo de la Luz con el que termina toda la obra. Cuando la Virgen aparece flotando por los aires, como un deux ex maccina medieval, dejando volar su larguísimo manto blanco, la luna ya está en lo alto también, casi completa, pero no alcanza a ser luna llena. Todos prenden sus antorchas al mismo tiempo, público y actores. Velas y celulares con su reflejo azul inundan la noche como millares de luciérnagas.
En San Pedro de Colalao, así como en Lourdes, el agua, que significa purificación y limpieza, deja paso al signo de la luz, que es lo que nos permite "ver" con los ojos físicos y con los ojos del alma. La gruta -todas las grutas- están llenas de barro, sea por el manantial milagroso o por la lluvia. Muchos, como Patricio de Angeli, lo interpretaron así: "es agua bendita".







