05 Febrero 2012 Seguir en 
En este domingo vemos a Jesús curando a los enfermos, expulsando demonios e intercediendo por los hombres en la oración al Padre. En Jesucristo, Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca en toda sus situaciones, pero sobre todo en el dolor que es un misterio impenetrable para él.
En la primera lectura del libro de Job (7, 1-4. 6-7) se encuentra escrita la situación del hombre: "mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza" (JB 7,6).
Este fragmento del discurso de Job es un eco de todos los corazones humanos: "recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán mas la felicidad".
De modo especial, el misterio del dolor quedará iluminado por la doctrina de Cristo y sobre todo de su pasión y su muerte.
El Evangelio nos presenta a Jesús que se compadece del sufrimiento. La suegra de Simón se encontraba en cama con fiebre; Jesús la tomó de la mano y la hizo levantar.
Pero Él no sólo cura a los amigos sino que gasta su jornada en aliviar el sufrimiento curando a muchos enfermos.
Luego Jesús se dirige a orar a un descampado, y este es el aspecto clave para entender en sentido cristiano el misterio del dolor: la oración de Jesús. El Hijo encarnado ora porque así vive su auténtica dimensión filial en constante relación, y dependencia del Padre. Para Él, como para nosotros, la problemática de la vida con sus incertidumbres y congojas queda en manos del Padre. Y la oración era para Jesús luz y vigor, encuentro y aceptación de la Voluntad del Padre.
Reflexionemos
Debemos aprender que para ser cristianos es necesario ser hombres de oración, porque si no pasaremos indiferentes frente al sufrimiento y el dolor y las necesidades de los otros. Porque la vorágine de los días y de las cosas nos envolverán arrastrándonos hacia la superficialidad y el vacío interior. Con la oración penetramos en el corazón de Dios, y eso nos capacita para comprender el sufrimiento propio y ajeno.
En la primera lectura del libro de Job (7, 1-4. 6-7) se encuentra escrita la situación del hombre: "mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza" (JB 7,6).
Este fragmento del discurso de Job es un eco de todos los corazones humanos: "recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán mas la felicidad".
De modo especial, el misterio del dolor quedará iluminado por la doctrina de Cristo y sobre todo de su pasión y su muerte.
El Evangelio nos presenta a Jesús que se compadece del sufrimiento. La suegra de Simón se encontraba en cama con fiebre; Jesús la tomó de la mano y la hizo levantar.
Pero Él no sólo cura a los amigos sino que gasta su jornada en aliviar el sufrimiento curando a muchos enfermos.
Luego Jesús se dirige a orar a un descampado, y este es el aspecto clave para entender en sentido cristiano el misterio del dolor: la oración de Jesús. El Hijo encarnado ora porque así vive su auténtica dimensión filial en constante relación, y dependencia del Padre. Para Él, como para nosotros, la problemática de la vida con sus incertidumbres y congojas queda en manos del Padre. Y la oración era para Jesús luz y vigor, encuentro y aceptación de la Voluntad del Padre.
Reflexionemos
Debemos aprender que para ser cristianos es necesario ser hombres de oración, porque si no pasaremos indiferentes frente al sufrimiento y el dolor y las necesidades de los otros. Porque la vorágine de los días y de las cosas nos envolverán arrastrándonos hacia la superficialidad y el vacío interior. Con la oración penetramos en el corazón de Dios, y eso nos capacita para comprender el sufrimiento propio y ajeno.







