31 Diciembre 2011 Seguir en 
Es una fecha que algunos desean con fervor que llegue, otros la evitan con el mismo énfasis y están aquellos que se hacen los distraídos o sencillamente permanecen indiferentes. El 31 de diciembre arriba en medio de regalos, comidas, bebidas y postres. Para unos, es sinónimo de alegría, para otros, de tristeza. Son horas en que se suele recordar a los seres queridos que ya no están en nuestra vida: muertes, amores concluidos. Si bien, es inevitable hacer un repaso de lo vivido durante los anteriores 364 días, sería importante que este no fuera despiadado.
Se necesita, por cierto, una buena dosis de sinceridad consigo mismo para ejercitar la autocrítica, que si llega a buen puerto nos ayudará a cambiar lo que no se hizo bien. Atribuirles los errores a las circunstancias, al destino o culpabilizar a los otros de los yerros cometidos es algo así como tirar la tierra bajo la alfombra. Creer que los demás sólo se equivocan y uno no, es caer en un acto de soberbia, de omnipotencia, así como creerse dueño de la verdad o con el poder de juzgar las acciones de los demás. Pareciera que la queja y la mala costumbre de culpabilizar a los otros de las desgracias, de las adversidades son genes con ciudadanía argentina. Aquel que nunca se compromete en nada suele ser justamente el que más reprueba a los que tratan de construir. Ello habla de la necesidad de que haya una mayor participación en las cosas públicas, que nos competen a todos. Cada uno debería intentar ser generador del cambio que desea y no sentarse a esperar que lo hagan los otros.
Sería positivo si en el año que comienza mañana surgen las soluciones -y se las pone en práctica- para problemas crónicos de la provincia y se logren encaminar otros. La inseguridad, la venta, el tráfico y el consumo de drogas que involucra también a los niños, y las transgresiones viales que constituyen la puerta a la muerte de muchos tucumanos, especialmente los motociclistas, son algunos de los temas que más preocupan. Hay otros asuntos irresueltos referidos a la ciudad como la ubicación de los vendedores ambulantes, la organización del tránsito que es cada vez más caótico, la apertura de las calles Mendoza y Córdoba, la protección real y la conservación del patrimonio arquitectónico, la descentralización de la administración pública, la concreción de la peatonal Mendoza y otros interprovinciales, como la contaminación de la cuenca Salí-Dulce por parte de los industriales tucumanos.
Hay otras asignaturas sin concretar como el federalismo tan declamado, una mayor justicia social, la distribución de la riqueza, la dignificación de nuestros viejos con jubilaciones que les permitan vivir con dignidad, que no estén por debajo del salario mínimo que es de $1.840, como sucede con más del 70% de ellos que cobra $1.479,29.
En 2011, se ha aludido con mucha frecuencia a la imperiosa necesidad de que una buena parte de la clase dirigente trabaje para el "bien común" y no para sus intereses personales, usufructuando de los privilegios del poder. Sería positivo que efectivamente cumpliera con la misión para la cual han sido electos. Sería bueno que esta noche los adultos reflexionáramos acerca de la sociedad que les estamos dejando a nuestros hijos, que pensáramos qué podríamos hacer para mejorarla desde el lugar de cada uno, que aprendiéramos a pedir perdón por los errores y a perdonarnos. Sería auspicioso si abandonáramos un poco los discursos y las retóricas políticas e hiciésemos realidad el antiguo adagio latino "res non verba" (hechos no palabras). Hace ya muchas décadas, observando nuestra tendencia a la verborragia, el pensador español José Ortega y Gasset que vino a Tucumán en 1916, nos dijo: "Argentinos, a las cosas".
Se necesita, por cierto, una buena dosis de sinceridad consigo mismo para ejercitar la autocrítica, que si llega a buen puerto nos ayudará a cambiar lo que no se hizo bien. Atribuirles los errores a las circunstancias, al destino o culpabilizar a los otros de los yerros cometidos es algo así como tirar la tierra bajo la alfombra. Creer que los demás sólo se equivocan y uno no, es caer en un acto de soberbia, de omnipotencia, así como creerse dueño de la verdad o con el poder de juzgar las acciones de los demás. Pareciera que la queja y la mala costumbre de culpabilizar a los otros de las desgracias, de las adversidades son genes con ciudadanía argentina. Aquel que nunca se compromete en nada suele ser justamente el que más reprueba a los que tratan de construir. Ello habla de la necesidad de que haya una mayor participación en las cosas públicas, que nos competen a todos. Cada uno debería intentar ser generador del cambio que desea y no sentarse a esperar que lo hagan los otros.
Sería positivo si en el año que comienza mañana surgen las soluciones -y se las pone en práctica- para problemas crónicos de la provincia y se logren encaminar otros. La inseguridad, la venta, el tráfico y el consumo de drogas que involucra también a los niños, y las transgresiones viales que constituyen la puerta a la muerte de muchos tucumanos, especialmente los motociclistas, son algunos de los temas que más preocupan. Hay otros asuntos irresueltos referidos a la ciudad como la ubicación de los vendedores ambulantes, la organización del tránsito que es cada vez más caótico, la apertura de las calles Mendoza y Córdoba, la protección real y la conservación del patrimonio arquitectónico, la descentralización de la administración pública, la concreción de la peatonal Mendoza y otros interprovinciales, como la contaminación de la cuenca Salí-Dulce por parte de los industriales tucumanos.
Hay otras asignaturas sin concretar como el federalismo tan declamado, una mayor justicia social, la distribución de la riqueza, la dignificación de nuestros viejos con jubilaciones que les permitan vivir con dignidad, que no estén por debajo del salario mínimo que es de $1.840, como sucede con más del 70% de ellos que cobra $1.479,29.
En 2011, se ha aludido con mucha frecuencia a la imperiosa necesidad de que una buena parte de la clase dirigente trabaje para el "bien común" y no para sus intereses personales, usufructuando de los privilegios del poder. Sería positivo que efectivamente cumpliera con la misión para la cual han sido electos. Sería bueno que esta noche los adultos reflexionáramos acerca de la sociedad que les estamos dejando a nuestros hijos, que pensáramos qué podríamos hacer para mejorarla desde el lugar de cada uno, que aprendiéramos a pedir perdón por los errores y a perdonarnos. Sería auspicioso si abandonáramos un poco los discursos y las retóricas políticas e hiciésemos realidad el antiguo adagio latino "res non verba" (hechos no palabras). Hace ya muchas décadas, observando nuestra tendencia a la verborragia, el pensador español José Ortega y Gasset que vino a Tucumán en 1916, nos dijo: "Argentinos, a las cosas".







