31 Diciembre 2011 Seguir en 
ALEJANDRO MAGNO
Cuentan que Alejandro Magno, rey de Macedonia (336 A.C.), sucedió a su padre asesinado, Filipo II, y con apenas veinte años emprendió la hazaña de conquistar el mundo, empresa que se vio interrumpida por su muerte a la temprana edad de 33 años. Encontrándose al borde de la muerte, convocó a sus generales para comunicar sus tres últimos deseos: Primero, que su ataúd fuese llevado en hombros por los mejores médicos de la época. Segundo: que los tesoros que había conquistado fueran esparcidos por el camino hasta su tumba y tercero: que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd y a la vista de todos. Al consultarle las razones, Alejandro explicó: quiero que los eminentes médicos carguen mi ataúd para así demostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar. Segundo: quiero que el cielo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen. Tercero: quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro, el tiempo. Ruego que el último deseo de Alejandro Magno, sirva de ejemplo a nuestros gobernantes contemporáneos.
Norberto Abregú
norbertoabregu@hotmail.com
Cuentan que Alejandro Magno, rey de Macedonia (336 A.C.), sucedió a su padre asesinado, Filipo II, y con apenas veinte años emprendió la hazaña de conquistar el mundo, empresa que se vio interrumpida por su muerte a la temprana edad de 33 años. Encontrándose al borde de la muerte, convocó a sus generales para comunicar sus tres últimos deseos: Primero, que su ataúd fuese llevado en hombros por los mejores médicos de la época. Segundo: que los tesoros que había conquistado fueran esparcidos por el camino hasta su tumba y tercero: que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd y a la vista de todos. Al consultarle las razones, Alejandro explicó: quiero que los eminentes médicos carguen mi ataúd para así demostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar. Segundo: quiero que el cielo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen. Tercero: quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro, el tiempo. Ruego que el último deseo de Alejandro Magno, sirva de ejemplo a nuestros gobernantes contemporáneos.
Norberto Abregú
norbertoabregu@hotmail.com







